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3. Yukio Mishima y Confesiones de una Máscara:
Sobre el autor:
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| Yukio Mishima, abajo. |
Mishima…
¿Qué decir, de un personaje —quizás, mejor, como él dice, una máscara—, que
puede provocar impulsos contrarios y contradictorios —que son, aun así,
«naturales», que diría Mishima, al menos el que escribió esta novela, si
hubiera reflexionado un poquito sobre los sentimientos y pudiera compartirlo
con nosotros—?
Nacido en plena Entreguerras, que vivió la guerra, y cuya
novela es prácticamente el joven Mishima. Más que un personaje que hace sombra
al autor, quizás para saber de él, como en casi todos los autores, pero me da a
mí, especialmente en éste, sin conocer mucho de él, ya que es mi primera novela
que leo de él, es mejor conocerlo leyéndolo directamente: ¡leerlo, para
comprender esto y comprenderlo a él mismo! —os grito como el sapere aude de Kant—. En su contradicción,
y ¿en su hipocresía? ¿En su contradicción estúpida —no ya la contradicción como
«mala», «errónea», etc., de forma marxiana[1],
en un sicoanálisis de bajo estofa—? Homosexual, fascista, nacionalista,
rompe-tabúes… No es raro que Murakami le critique de forma tan mordaz, a pesar
de que, después de leer a Mishima, tan sincero, quizás también cierto autor,
que ha tenido que beber de su literatura, debería mirarse en su propio espejo
de cristales deformados y diversos (como decía Valle-Inclán).
La verdad, de Mishima ya sabía algo, y me parecía un tipo
interesante; pero no leí nada de él en su momento, al menos directamente.
Después supe de él por Murakami, autor que a pesar de mi inicial entusiasmo,
como con las novelas y los autores adolescentes —no tanto como con la narrativa
de Baroja; de eso se salvó ésta, no tanto como él—, ya no tengo esa cierta
adoración (en mi sempiescepticismo —usando un neologismo—) debido a su gran
escritura, como ahora descubro en Mishima, y es que fue ahí donde empezaron mis
prejuicios que, por otro lado, entre la negación de éstos, propio de los
ilustrados empiristas, como en la aprobación de Nietzsche de los instintos, ni
estaban del todo acertados ni tampoco mal dirigidos. Pero, también, dentro de
ir aceptando que escribía genialmente (no siempre, eso sí) cuanto más avanzaba
en la lectura de esta semana: esa genialidad de su escritura. —Siempre está
antes ese principio «objetivo», empírico, más allá de los «subjetivo»; pero, lo
segundo, nietzscheanamente, me mantiene «humano» como no lo hacía al
protagonista de la mascarada—. Mis sentimientos contrarios, han ido
acercándose; pero, no por eso, no continúa mi escepticismo. La «empatía» no
significa que eso sea «aceptación», o mucho menos «devoción».
La primera sensación que tuve, incluso leyéndolo, fue la
extrañeza; en algunos momentos de una lectura impresionantemente sincera,
limpia; en otros, de locura, como en la escena de “masturbación” —la que
aparece encubierta por un lenguaje metafórico u obscurecido…— viendo un cuadro
de San Sebastián muriendo. Desde ese momento, lo etiqueté como un «loco», o al
menos: un «perturbado». Pero uno, curioso. Esa alabanza a la muerte y al código
caballeresco, típico del fascismo, romántico pero que en ese sentido creo que
idiota en no pocas ocasiones, aun cuando sé que al fin y al cabo también
conservo algo de romanticismo —sea dicho de paso, sin mascaradas— y que es ese
romanticismo de lo que bebe y da consistencia también a la novela… Pero… Su
limpidez te va conquistando. Pero mucho más: su sinceridad, su introspección,
su sensibilidad… Y dejas al irreverente Mishima, para conocer al joven y al difícil
Mishima; al encarcelado japonés, al travestido incluso, un no occidental pero
igual de reprimido en el Japón de principios del s. XX, frente al Japón que se
inicia al final de la obra…
Buscando cosas sobre Mishima, he encontrado un artículo de
Filosofía interesante que gustara a quien le interese Mishima y la Filosofía: http://www.filosofia.net/materiales/num/num17/Res-Mishima.htm.
Quizás no sea la mejor crítica a su obra, pero es lo que he ido leyendo, y ahí
os lo dejo.
Sobre la obra:
Creo que hablando sobre el autor casi me he comido un poco
de la novela. Pero creo que la ficción
se confunde con la realidad, no que
se coman, se fundan; mas, la máscara hace más real lo que es, a priori, irreal.
Más que confesiones, que lo son, es un diario de confesiones, de vivencia con
las que hace confesión; da cabida a los más ulteriores problemas de una vida
contradictoria; y es en ese mundo nebulosamente oscuro, entre la frialdad, la
máscara, los sentimientos, y una personalidad turbada por esto, más bien
«corrompida» como habría dicho él, es de donde saldrá el futuro Mishima. Creo
que he hecho bien en leerla: todo lo que fue él, nace de esta raíz, de esta
«mascarada» en donde salen a flote las mayores malas espinas de un campo mal
cuidado, alrededor de una “filosofía samurái, zen”, de estúpida virilidad y
fanatismo (véase el Japón imperialista de influencia fascista, aunque no del
todo fascista, al que luego acusará Mishima de esas falsedades, las cuales aun
así anidan como algodón, pero, dentro, como con una simiente podrida en él).
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| La obra del País. |
La novela comienza, como una novela «de aprendizaje» o como
quiera llamársela —tipo El Camino de
Delibes, o a la que más vinculo, El
Guardián entre el Centeno, ambas novelas cuyo estilo creo que se asemejan a
ésta, aun cuando es clara la influencia oriental—, cuando es un niño y afirma
con una rareza extrema pero «natural» y muy, hilarantemente, inocente, en la que
el autor acomete como si desde el primer momento hubiera sido excluido de la
sociedad rechazando su rara personalidad, que había visto su nacimiento, y
nadie se creía esa “mistificación”: parece como si así pudiera decirse que
conociendo su propia génesis sabría de dónde era y adónde iba. Pero no lo
sabía: y la pregunta va más allá, si uno lee. El Destino… Va pasando por su
mente, y nunca es conocido y ni se hace realidad. ¿Qué va a pasar? Como el
final: está abierto, así como la vida. Se desconoce el nacimiento, y la muerte…
La puedes elegir a la última, como Mishima, pero aparte de que no sabemos nada
del Más Allá (o Más Acá o Más Para Nada), no solemos conocer qué propósito,
siquiera, tiene la Vida y la Muerte (como una sola cosa), y a veces ninguna de
las dos cosas sabemos. ¿Qué nos place, qué vamos a hacer…? Y eso en medio de
todos los ojos de los demás: que esperan,
que piden, a los que esperas, pides… Pero tampoco sabes realmente qué piensan éstos, sobre esto
mismo... —El hombre sólo se conoce a sí mismo, tiene que haber dicho alguno de estos
sabios de la época clásica que sirven para nuestras citas y refranes.
Nuestro protagonista, al igual que Mishima, es en principio
de una constitución débil, al que apartan de su madre para vivir con una
hipocondriaca e hipócrita abuela. Vive dentro de una primera cárcel
anti-tóxica, que es en verdad lo que envenena la salud mental del protagonista.
Vive incluso un poco apartado de su familia, la cual se expande con sus dos
hermanos nuevos. Está claro que esto es muy importante en ese temor y en esa máscara, en esa debilidad
y falsedad que preside todo el “sistema” mental —en todo su valor: él ha creado
un sistema según parece decirnos— cuyo
espejo es un ser ambivalente y que actúa bajo la norma de la «normalidad», es
decir, no más que el canon de lo «normal», si es que alguna vez ha existido más
que en lo «social», lo «antropológico». Este ser así, se forja de la lectura en
ese templo antiséptico, entre las ilustraciones de caballeros y de cuadros que
perturban, como digo, su mente con imágenes aún más oscuras. Allí aparece el deseo de muerte, el Thanatos. Junto al
deseo: la masturbación “mental”. En su mente siempre está acariciándole como a
esos efebos que tanto tiene miedo de tocar. Desea, pero no lo hace; y se oprime
a intentar tocar el ideal belleza —que va a mostrar su poder con la cita inicial
de Dostoievski— de la que será su propia némesis (si es que se la puede definir
así, con una personaje como ésta que luego presentaré). E incluso repudia,
dice, la intelectualidad en sus amados, aunque pasa de largo con su “amada” (o
falsa amada, da igual, puesto que amor
—¿en qué sentido?, ¿en qué valor?— sí que podría sentir, aunque no desea). Esa extraña búsqueda… ¿del amor?
—¿sólo?
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La muerte de San Sebastián que provoca la masturbación del
protagonista.
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Este personaje, cuyo nombre podría ser el del propio
Mishima, por poner uno ya que creo que no aparece en ningún momento, crece y
empieza a percatarse, en algunos momentos con una perspicacia de adulto, quizás
confundida la del niño con la del propio adulto, de su «pecado» y éste va
atormentándole, comiéndole su ser
verdadero. Hay algunas citas propias de su creación infantil —del
protagonista-autor— que no quiero ni reseñar porque no me gustaron demasiado:
sí que tienen ese toque infantil, pero no del todo, y son algo absurdas, en
comparación a la matriz de la lectura del relato. En un momento, se enamora de
uno de los “gamberros”, un solitario y rebelde como si se tratase de El Guardián entre el Centeno, Omi. Así,
éste se convierte en su «modelo»:
antintelectual, fuerte, rebelde… Va creciendo y es educado en un ambiente
militarista que, aun conociendo al futuro Mishima, a este joven Mishima no le
parece ilusionar demasiado. Él, Mishima o el protagonista, tiene un origen
aristocrático y se nota; pero, también, se nota que ese «pecado» lo vuelve
fuera de aquellas esferas. No obstante, el ambiente aristocrático, de clase
“alta”, es claro: no esperes crítica social, puesto que la novela es más bien
pura introspección y sicología (y en eso, Mishima es un grande en ella):
«Cuando un
muchacho de catorce o quince años descubre que es más dado a la introspección y
a la conciencia de sí mismo que la mayoría de los chicos de su misma edad, incurre
fácilmente en el error de creer que ello se debe a que ha alcanzado una madurez
superior a la de sus compañeros. Ciertamente, yo cometí ese error. En realidad,
aquella tendencia a la introspección se debía, en mi caso, a que yo tenía mayor
necesidad que los demás de comprenderme a mí mismo. Ellos podían comportarse de
acuerdo con su natural manera de ser, mientras que yo debía interpretar un
papel, lo que exigía notable compresión y estudio de mí mismo. En consecuencia,
no se debía a madurez, sino a una sensación de incertidumbre, de incomodidad,
que era lo que me obligaba a tener pleno conocimiento de mí. Esa conciencia era
un puente que me llevaba a la aberración, y entonces mi manera de pensar tenía
que limitarse a la incertidumbre, a la formulación de hipótesis.» (Pag. 110, El
País, Madrid.)
Un párrafo que comprendo tremendamente, a pesar de que yo no
cometía aquel «pecado». Yo, para bien o para mal, tengo como primer imagen
“romántica”, como él sus idílicas muertes de samuráis, a una muchachita vallisoletana,
S., que me mira, en una etérea Valladolid, en las Moreras, y a la que deseo
pero tengo un miedo terrible. Como al autor: esas imágenes de la infancia, que
vienen entremezcladas con el idealismo, hablan mucho, sicoanalíticamente,
simbólicamente, de sus autores. Ese vacío que da no sentir cosas que hacen «los normales», en mi caso por mi “enfemerdad”-síndrome,
es un ejemplo. Es claro que ha influido mi primera infancia católica, aunque
también mi “enfermedad” —yo tampoco tengo “ese” miedo de llamarla como tal, se
llama Asperger, pero que algunos no quieren llamar como tal porque realmente
tampoco es «enfermedad» en un sentido médico pero yo creo que es tal…—, y si
extrapoló eso con él la empatía es enorme; no tanto, con la homosexualidad: me
lo han dicho mucho por ser como soy,
pero igual que él con las mujeres no tengo los mismos deseos, ni con hombres,
ni con figuraciones tales... La duda ofende, dicen; yo, en cambio, no tengo
problema: aunque esa imagen-deseo que tengo fuera falsa, no como Mishima, la
aceptaría. Mentirse a cierta edad, al menos para mí, resultaría fatal. —Hay
mentiras o mistificaciones creadas
por mí que realmente me afectan, y no son ésas—. Como Mishima, llega ese
momento de la vida, la reflexión, sobre los porqués de tu vida y qué has hecho
con ella. En este caso, con las mujeres. En general, con el amor. —Cosa que no
son solamente puros sentimientos, lo
que te provoca, sino cómo se actúa con respecto a él…
Igual que yo a esa edad, frente a la amenaza lupina, tenemos,
todos los que padecemos algún tipo de trance parecido, que construir algo que
se erija como una fortaleza. —En mi caso, no fue fuerte: fue, como le hice
describir a Cristóbal de mi «Silva Infinita», un castillo de arena—. Es entre
esas 110 y pico páginas cuando se nos va enseñando la construcción de una personalidad, de una máscara, cuyo difícil
pegamento no deja ver la ficción y la
realidad: «mistificaciones de la vida» como me hubiera gustado decir yo,
usando una jerga medio barojiana. Yo, en cambio, es verdad que siempre he sido
una persona muy sincera; pero, también, que le cuesta hablar de su más íntima
sique y de los valores profundos que esconde, su filosofía, su forma de amar;
sólo, quizás, no como Mishima, la conocen ciertas personas de mi más cercano
entorno, amigos a los que no se les puede esconder la máscara como ellos a mí tampoco: éstos podrían, al menos,
reconstruir ese espejo difícil de pegar, aunque quedara no muy entero ni como
yo creo que sería… —Quizás mi propia introspección me haga mistificar de mi vida sobre una ficción,
una mistificación: la vida no se
puede explicar sin más vida, como la muerte no se puede explicar sin muertes—. En mi caso, mi mente es más
una clara conciencia que no sabe explicarse al mundo que encuentro caótico, y
lo intenta en sus letras; Mishima es un caos incognoscible por entre su ficción y su vida (o el contacto con la vida).
Cruzamos pendientes paralelas que en este momento se han
tocado. Hasta aquí el parecido, la empatía; luego, las decisiones que desea
tomar no son las mismas que yo. Mismamente, yo hubiera elegido a la ideal
chiquita que se enamora de él intentando ser un patán libertino. Eso, y su
homosexualidad, son sentimientos ajenos a mí, junto a su(s) objeto(s) de deseo como he ido diciendo.
Quizás eso sea la raíz de «lo raro», aunque no lo perturbado, no soy para nada
homofobo, sino sus deseos flagelantes en un poco el camino tortuoso de La soledad de los números primos (Paolo
Giordano) y su adolescente protagonista —que toca, quizás lo es, el Asperger
como yo—, en una novela igual, creo, de personal como la de Mishima. La
sicología es lo mejor en estos puntos: explican el porqué, junto al ambiente. —Hay gente que el ambiente no le gusta:
bueno…, da esencia a toda la novela y a un personaje.
A pesar de todo, es la evolución posadolescente lo que da
mejor sentido y remata la obra: es decir, las últimas cien, cincuenta páginas.
Donde se desarrolla el «romanticismo» (si es que se le puede llamar así) y la
gran complejidad síquica del protagonista. Donde llega a su apogeo. Y toca a su
némesis-ideal: Sonoko, a la que parece perder en una misma espiral de oscuridad
como en la ya citada de Paolo Giordano o la de Kokoro con el amigo del protagonista que finalmente se suicida. —El
suicidio… Japón y el suicidio es algo impresionantemente interrelacionado por
alguna extraña y lúgubre amistad que no encuentro su porqué—. Es allí,
parafraseando a Mishima, donde encuentra finalmente que la puerta del armario
—y no es ninguna alusión a la homosexualidad— de la adultez se ha abierto, esa
frialdad y ese marcado dolor de la realidad adulta donde ambos, el Mishima de
24 y este lector, se encuentran, como la pobre Sonoko. Esa mujer ya casada que
no sabe el porqué de toda esa escena final, donde mana su deseo de estar con
él, mientras él lo sabe aunque tampoco sabe adónde dirigirse, entre el cinismo
salvaje y la crispación de que todo se va a romperse —en el momento en el que
un lector, como yo, espera que se sincere con una protagonista que no se merece
caer sobre un abismo que parece que va a caer a cambio de nada—. El Destino,
pero no como uno espera, desea, cree. Pero el Destino juega con nosotros, batalla. Un mundo de
máscaras no es el mejor mundo, salvo cuando uno se sube al escenario: cuando ha
de bajarse, debe quitársela… Una pena que es cuando se la quita cuando sube a
escena a sus protagonistas de su propio teatro. —Ahí, ambos somos Confesiones de una Máscara.
[1] El artículo que expongo
abajo creo que intenta orientarlo de esa manera, así que estas líneas no van
por esos lares.





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