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4.El Gatopardo, una novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa.
Novela para un autor:
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| El autor, Lampedusa. |
Esta vez voy a hablar más de la novela que del autor; y es que por primera vez, cobra más importancia su obra —que no deja de ser su legado, para mí—. Y por otro lado, también de la película. Sé que algunos han tomado de referencia la novela; tienen motivos; aun así, creo que yo tengo otros; más que una frase y el cinismo, me quedo más con el fondo y lo que han, más bien, creído leer de fondo, no del todo acertadamente. Quizás pudiera coincidir con las líneas principales, pero no del todo.
Sinceramente, a
diferencia de otros “personajes” —alguno del panorama actual político—, casi no
sé nada de él: que era noble y tenía una vida cínica y básicamente apartada (de
la que me han hablado muy de refilón). Y de eso he podido sacar alguna
conclusión; pero, por eso mismo, creo que es muy superficial; también, que me
ha hecho leer la novela como representación
que como creación, que tienen
sentidos diferentes, y que quieren decir dos cosas totalmente diferentes: en la
primera, uno se recrea en lo que cree
ver; en la segunda, ve cómo el autor fijó el pincel y
realizó las pinceladas. Lo bueno de lo primero es que permite llegar al sentido; lo segundo, a la razón del todo. Uno podría hacer un
recorrido por ella, como haría algún “sabiondo” erudito, para llegar al fondo
de todo: yo hago algo a medias de eso… —¿Qué se le va a hacer?
La novela:
Yo denominaría al Gatopardo
de dos maneras: como la muerte (sentimental) en «la tristeza del orgullo», y
por tal, también, la de la familia y ende la nobleza dos-siciliana o
simplemente siciliana; y por otra parte, una doble muerte, la física del
protagonista central, el verdadero Gatopardo, que con la suya, muere
simbólicamente el verdadero linaje de los Salinas, en el que se extingue su patrimonio, con unas últimas páginas con
una Concetta infeliz y amargada en el pasado representado por el perro disecado
de «Bendicó». Este decaer de la familia noble siciliana hace desaparecer, o va
haciendo desaparecer, el residuo feudal, y sus restos imbricándose, pero, a su
vez, retirando poco a poco todo ese pasado, de un mundo, donde el simbolismo de
ser el príncipe Salina es algo más que un título y que tierras: aquí hay que
recordar la mentalidad nobiliaria del recuerdo a los antepasados. Va muriéndose
en el aire de sopor siciliano que representó igualmente Pirandello; en el que
la esencia del Gatopardo y por tanto la gatopardesca,
se diluye en el propio sueño de la muerte. El mundo de la nobleza, del amor
cortés (es decir, a través del “travieso” Tancredi), y la del poder envuelto en
cinismo y fórmulas, de hipócrita elegancia y superioridad intelectual (como se
muestra en la Angélica plebeya, que adapta estas “sutilezas”), se disipa en ese
mismo arenal siciliano donde continuará el Progreso (el mostrado con más
profundidad por Pirandello, con sus obreros y los conflictos eclesiásticos,
entre el pasado y el presente). —No; Sicilia continúa con las grandes líneas de
su ser, esencia, pero cambia
(¿para seguir igual?).
| La novela |
Todo cambiará para seguir igual: sí, pero no. Es verdad; las
familias sicilianas conseguirán mantener poder, pero no de la misma forma,
mantenido hasta ahora por los hilos del absolutismo en un nebuloso aire feudal;
seguirá su desmoronamiento, ya convertida en «burguesía» (palabra para su
desprecio noble, desaparecido el «linaje»). La frase usada con cinismo por
algunos en base a la novela muestra que no han leído bien del todo, al menos
entrelíneas, ésta: no es un cambio para mantener el poder sin más; es una
pequeña victoria en la derrota. Hay que entenderlo así. Es una estocada en la
base de la esencia napolitana, de la nobleza (élite de su momento) y del
territorio isleño. Lo trastoca. Así, el mal siciliano de cambiar nada, de la
desidia, muy castellano también, se rompe no a gusto del ideal del Salina, del
Gatopardo intelectual y residuo de una ilustración nobiliaria rancia pero
inteligente, la que es despreciada en el fondo y sólo es amada desde lejos; y
lo odiado en el idealismo respirado en la novela de una decadente nobleza no es
sustituido por otra, sino por lo que parece otro decadente mundo: no hay que
olvidar que el final de la novela está casi tocando 1914, punto de inflexión
del mundo burgués, liberal y decimonónico. En un tiempo en el que, más en el
mundo mediterráneo del idealismo católico y aristocrático, resurgen los
idealismos revividos del Antiguo Régimen. Tras la caída del fascismo cuando se
realiza la novela —el que tenía, se había nutrido, mucho del ideal creado por ella
(en Italia, España o Francia por ejemplo)—, parece que se derrumbara
definitivamente, para siempre, y sólo es un espejismo del recuerdo; y la incertidumbre
es enorme para aquéllos que, continuando el escepticismo de Entreguerras, no
caminan hacia adelante. La decadencia dos-siciliana parece manar junto a todos
unos ideales fósiles.
El Gatopardo es
una novela con estilo claramente decimonónico. Usa la escritura como si fuera
un Pirandello mucho más arcaico, muy apegado al mundo nobiliario; mas, aunque
fuera un noble de «rancio abolengo» (que se diría), sorprende al escribir casi
cien años después de esa manera todavía; pero, también, uno comprende, al fin, que todo
ello se debe al legado con su pasado, una cárcel y un oasis lleno de espejismos
cínicos y a la vez hermosos, que lo envuelve igual de dulcemente que Concetta a
«Bendicó» hasta que decide tirarlo a la calle. Un personaje educado en un
ambiente como ése no podría ser menos: la tradición para con nunca olvidar,
ornándolo, apegado al pasado con cierta “morriña”. —Eso me recuerda mucho a
Valle-Inclán, aunque el personaje me parece sicológicamente más cercano a
alguno de Baroja en el que se autorretratara…—.
Es una descripción que funde la tradición de Balzac con retratos de una
clase como la noble, la denigración zoliana, las pasiones de Stendhal; podría
hacerse igual que con ellos, un análisis social de la clase nobiliaria, desde
sus muestras de poder, su ostentación artística, su simbolismo, sus vestidos,
su riqueza, etc., como también sus lazos de poder: su administración, sus lazos
de dependencias con miembros con los que tiene absoluto poder, su ya precaria y
disoluta economía, etc.
Pero es más: es simbolismo. El gatopardo es un leopardo jaspeado, un animal exótico, extraño
incluso entre los suyos; fiero y a la vez inteligente; es decir, como su
personaje. Éste, central en la obra, nos muestra cómo es ser un príncipe
territorial en una Corona absolutista y ya anacrónica (como la del Felón en
España a principios del siglo). Es un ser cínico y que, a pesar de su enorme
poder y su egolatría, se nos hace simpático; empatizamos con él, nos gusta, le
cogemos cariño como a un gatito… Es más, ese matiz “compuesto” nos conquista si
nos descuidamos, cuando observamos que se acerca la ruina, su muerte, y eso
tiene algo de romántico, una
hermosura como la que dicen tienen las flores marchitas; pero no deja de ser
todo un señor, con todo lo que
conlleva; mas, es como esa fiera que representa, que lleva dentro, y que
oculta; y no deja de ser ese parásito que ha llegado al poder vía seminal, es
decir, por los fluidos de diferentes familias nobiliarias, de la herencia, del
«linaje» y la «Casa», con el que ostenta el poder y lo protege bajo ese vínculo
con los otros de los suyos, encerrados como lapas, como dioses. («Soy un exponente
de la vieja clase, inevitablemente comprometido con el régimen borbónico, y
ligado a él por vínculos de decencia a falta de los de afecto. Pertenezco a una
generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, y que
se encuentra a disgusto con unos y con otros.»)
«Il Gattopardo no es una novela histórica pero
permite hacer una reflexión sobre el Risorgimento, porque expresa
una posición polémica respecto a los resultados del proceso de unificación
nacional. Desde el nacimiento de una Italia unida, en el Sur y,
en particular, en Sicilia, diversos autores como Federico De Roberto, Giovanni Verga o Luigi Pirandello denunciaron
los límites del proceso de unificación, expresando su decepción frente a la
incapacidad del nuevo estado para resolver los problemas del Sur, y
demuestran que fue un proceso político sólo aparente.»[1]
Aunque, por un momento, olvidemos esto. Pues, tampoco no
deja de ser un ser humano, y un personaje: es decir, una construcción
humana bajo la sombra de la realidad, la cual no crea seres horriblemente
destinados por un papel social, histórico, como hubiera apuntado el materialismo histórico. Y esa sombra
humana, que habría despreciado Platón por encubrir la realidad, a pesar de
ella, recubierta en la literatura, es muy hermosa: una verdadera sombra de un Gatopardo y del declive de la nobleza
palerminiana. Un barro que recrea una feria de una nobleza que no sabe, idiota,
incompetente, que debe adaptarse o morir; y que si lo hace, a pesar de ello,
perderá ganando (ante la Iglesia, ante su gleba, pero no con los noritalianos
—casi, o no, una potencia imperialista— y la burguesía naciente), lo que
contempla sin remedio el astuto y último y verdadero Gatopardo, aprovechando el momento aunque no sirva para mucho
lamentablemente, mientras los otros “bailan”
sus “cantares”. —Como si estuvieran cantando sus propias egos como sirenas,
engatusándolas como Narcisos, sobre su ser divino de clase social aristócrata.
No es sólo el retrato de una clase social, o de un ser en
relación a ésta. Es la muestra del declive del poder mismo y también de la
vida: el cambio generacional, en concreto dos generaciones —como se podía ver
en el propio Gatopardo en la cita anterior, aunque es sobre todo con las
referencias de éste sobre la joven pareja Angélica-Tancredi, en la que expende
todas sus deseos e imaginaciones (a costa de su hija, véase la crueldad de la
indiferencia, del ego del propio Gatopardo):
el poder de expandirse en los placeres y el ser de otros—. Y en él, en este
proceso, la transformación de una Sicilia adormitada: dice el Gatopardo que es
el ambiente y Sicilia —como lo hubiera dicho un Zola naturalista o un
determinista Baroja—. De una juventud que no duerme, que se adapta como
Tancredi, o que se revuelve sólo con palabras como el hijo del Gatopardo; de
unas niñas que juegan a ser princesas (que lo son, y seguirán siendo —lo que
las hará no cambiar convirtiéndose en eternas princesitas, en medio de la
nebulosa y decrépita nobleza, de forma peripatética—), y a veces en medio de
amores pícaros pero corteses como el de Concetta, que será la figura
sacrificada para cumplir la “gracia” del pater
familias. Aquí vemos algunos tópicos de la juventud y de los efectos de la
Revolución, visto de una forma cínica, sí, pero realista, desde la forma de
verla de un noble que cambia todo para no cambiar nada, y que con ello se ve,
también, transformar su propia forma de vida: la destrucción de su ser,
sacrificando a hijas y hasta la hacienda.
Es cómo un hombre es más que su clase, su poder, e incluso
sus vicios (como las mujeres, yendo de «picos pardos»); un personaje, que
observa a las estrellas, averiguando qué mecanismo, como en la vida, tienen; y
a pesar de no dudar, siente cómo su mundano ser va a ir perdiendo su/esa
esencia (noble, gatopardesca): esa esencia sempiterna del Medievo, iluminada
por la Divinidad, en contacto con lo pasajero haciéndolo de su onírica
eternidad, pero que incluso la eternidad corpórea no lo es tanto para poder
destruirse en la propia empírica materialidad que él estudia. Ese ser que
envidia a los jóvenes y, a una forma nietzscheana, vive la vida alegremente. Que
también empieza a temer, y fríamente desprecia a los inútiles que danzan
alegremente cuando les persigue la miseria. Y es que el desosiego y la
sensación de muerte, de cárcel que se cierra sobre sí para destruirse, que es
el cuerpo moribundo, así como un agujero negro sobre la luz, es igual de
espectral.
Una de las mejores partes de la novela es la que, realmente,
representa su final, aunque no la de la narración: su muerte. Es el cierre
anticipado, aunque el último capítulo es como un epílogo. Con el final del
Príncipe Gatopardo, acaba algo más:
es toda una forma de vida. Y es esa nostalgia, belleza, cinismo, a partes
iguales, las que engalana Lampedusa con su novela; la de «Bendicó» con la
anciana Concetta, que ha perdido su oportunidad de ser feliz en la vida (pues
posiblemente no haya más vida), y por ello se despide sin tapujos del perro
disecado y lo tira a la calle y vuela de una forma que narra el autor de forma
espléndida. La nostalgia de un mundo que levita en sueños, pero que a pesar de
todo, a pesar de lo que se diga, la vida cambia en él, quizás, el paisaje no
(como desearía el emisario del norte), pero sí los terrenos hombres que la
habitan. Al menos, eso creo.
La película:
Una película historicista. En este caso, también al director
lo pasaré por alto: no soy muy cinéfilo, y menos del cine italiano; sea para
bien como para mal… He de afirmar que sea una película histórica permite que la
película se represente con cierta fidelidad —salvo detalles, debido a la propia
circunstancia de la filmación; actriz de Angélica morena, un tanto desmesurada
incluso físicamente; diálogos que fueron en la obra monólogos…; no hay remedio
y se hace de forma correcta salvo esto— y que la hace fidedigna. Otros
elementos sí que me disgustan.
| Cartel de la película |
La verdad es que la película se inicia exactamente como en
la obra, de una forma bastante cogida como en la obra, aunque mi mente le
hubiera dado un carácter mucho más solemne, más crudo; pero, la verdad, es una
escena perfecta, exacta, como hubiera gustado a un lector de la obra. Quizás
luego se acelera, pero en lo narrativo es exacto; no tanto, eso sí, visualmente
como yo creo que se hubiera representado. Como he dicho, es una película
historicista, y como tal tiene ese aire de éstas (al menos de la época), seria
y “dramática”; un tono con algunos tópicos para alimentos de sus espectadores:
unos protagonistas con sensualidad, dramáticos, heroicos, o malignos a partes
iguales… Con tópicos: un escenario del sur europeo. Nacionalismo italiano… Eso
no me cuadra con la obra. Tópicos, tópicos, que como hombre de otro tiempo,
quizás me parece pasado, a pesar de
historiador, por gustos que no comparto con ese pasado, una estética y no un pensamiento
como es la Historia —y que me hace
extrapolar, el sentido histórico y
literario, a la obra y no a la película—. Quizás lo que sé leer en el Gatopardo como obra histórica,
que son palabras, representaciones,
lo cual deja a interpretación por mi imaginación, no lo sé hacer con ésta. —Quizás,
ya digo, no tengo la misma forma de ver
cine que leer una obra.
Posiblemente, lo mejor es ver, repetida como lo hubiera
hecho Víctor Hugo, la escena de los garibaldianos, a imagen del carácter de los
que vieron las revoluciones decimonónicas —no como los hoy actuales, cínicos,
hombres que las despreciamos—, que no estaba en la obra, lo que aparece en los
diálogos: la rabia y, aun en batallas un tanto edulcoradas, la desesperación de
una guerra que parece y es de verdad pero que para los señores no lo es y, de fondo, sí que lo es (en la obra)… Un
escenario de guerra. Un escenario de desesperación. Eso me gusta. Va a
cambiarlo todo para seguir igual: al menos ellos, creo, toman a pies juntillas
el tema y así se ve en cómo lo representan en la propia película. Pero, además
de tener una interpretación de la obra diferente, es que el haberla leído me ha
influido mucho más que eso: ver a un padre de Angélica tan torpe y estúpido;
una Angélica casi secundariamente sin carácter, pura cara bonita, a veces
malvada como una arpía —que era, pero no de esa forma patética—; más lo
anterior, me hicieron poco a poco aburrirme e ir pasando de la película. Fui
perdiendo matices, y lo que mejor me parece es el diálogo privado del hombre
traído a Villa Salina para hablar del (no) posible cargo de senador del Gatopardo; el discurso es increíblemente
calcado a como me lo hubiera imaginado, e incluso mejor, porque la verdad es
que el discurso determinista, naturalista, tan barojiano, me cansó un poco en
la obra, aunque pueda compartirlo.
| Escena en la que Angélica y Tancreti se conocen en la película |
El final es inconexo con relación con la obra, y así me
parece la película, cuando dura casi tres horas. Creo que, con sinceridad, no
por ser novela ésta, la película no le llega a la altura. La narración, la
potencia narrativa, que posiblemente no era posible en la película, es mucho
más poderosa, atrapante, gustosa, al menos personalmente, que un film como
éste. Quizás sea yo, que no sepa de cine…, pero, ¿qué se le va a hacer?, la
película me aburrió y no el libro: para quienes desprecian los libros, o dicen
que ya verán la película con estupidez…, pues nunca disfrutarán de poder
saborear el Gatopardo; quizás, porque
no sepan de literatura, y demasiado de Cine (o no). —Cierta es una máxima: cada
cosa en su sitio. Y aquí, el Cine no ha podido con una literatura de estilo
decimonónico (aunque del siglo pasado, es decir, el suyo) que tiene una
capacidad descriptiva, filosófica, histórica, etc., etc., la cual no podría
captarse fácilmente y no pudo tenerse acá. Será una buena película de su
tiempo, no lo sé; pero la novela es una perlita con la que Lampedusa nos adornó
a la humanidad para siempre, a pesar de los tópicos de esta afirmación tan
cacareada de ser un hombre de una sola novela y todas esas cosas que dicen los
críticos… —que no me van, pero ¡por eso son tópicos!
![]() |
| El Gatopardo y uno de sus hombres cazando. |
[1] http://www.cine-de-literatura.com/2014/04/el-gatopardo-il-gattopardo-de-giuseppe.html.
Aunque quizás sí que tenga de novela
histórica, recomiendo leer este análisis con el que me he informado para
escribir esto.



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