EL SOL AZUL
POR SAMUEL BENITO DE
LA FUENTE
El soldado P. estaba en el puesto de
vigilancia. Ese día le tocaba, otra vez
más, guardia, y, personalmente, le era una tarea del todo insípida, porque para
la vigilancia ni podía poner la televisión para ver un programa vía interestelar. Estaba de mal humor, la verdad; que te toque
guardia el día de tu cumpleaños no agrada a nadie.
Desde la ventana de aquel recinto, vio el despertar
del día; se podía ver asomar a uno de los soles, con una profunda luz que
desentonaba, porque era algo extremadamente contradictorio, fovista e
insoportable como bello y espectacular al ver el albor anaranjado, como la
Tierra, y la azulada esencia del sol primero, que se veía en aquel instante. A
su lado estaban esas dos lunas, bastante alejadas de éstos, que ya se podían
ver: una verde y, otra, amarilla; la primera tenía un cuerpo de Jade congelado,
un completo mar de jade, y la segunda era de oropimente, u oro real, un tipo de
sulfuro, que estaba muy cotizado, por lo que se planteaba plantar en un futuro una
mina.
Por debajo del promontorio, pudo ver un inmenso
centenar de árboles de colores rojos y negros. ¿Quién dijo que no había árboles
rojos? Que vengan, esos científicos del S.XXI, a ver que existen seres
vegetales rojos. Tenían ese componente rojo por el mismo que algunas flores, la
Pulquérrima, por los altos componentes de hierro y carbón de ese planeta. El
negro era por la misma razón, el carbón. Las plantas, por alguna razón extraña,
asimilaban esos materiales para hacer la fotosíntesis.
El planeta tenía una esencia extraña y muy
sanguínea. Por lo tanto, hay quienes no tienen dudas de que ha influido en que
sea un planeta con bastante agresividad, sobre todo, animal; nada que ver con
que el ser humano haya cazado, eliminado y maltratado a miles de especies.
Entonces, vino el compañero a sustituirlo; lo
reclamaban en la sala de reunión. Formaba la élite de los soldados del ejército
hispano, concretamente de línea europea. Había sido de los primeros en venir
allí, de sobrevivir, de haberse quejado a sus más altos cargos por la conducta
de los soldados y de ser retirado, poco a poco, de las posiciones de alto
mando, aunque era un veterano y éstos tenían ocupaciones altas. La guerra, más
bien, el safari, en aquel planeta podía sugerir que se parecía a la Guerra de
Marruecos con Abd der-Krim.
Pasó por la muralla, que estaba llena de alambres y
un sistema eléctrico, que servía para disuadir a cualquiera, y se adentró, por
la zona este, al edificio principal.
Durante las reparticiones y uniones territoriales de
la Tierra, se había creado un conflicto, muy parecido al de la Guerra Fría, que
había enfrentado a las principales naciones; entre las más problemáticas y la más
dudosa, estaba Iberia, un estado de recién creación en una serie de
revoluciones globales del S.XXI que había establecido un sistema federal y
autonómico, unión del sistema federal y, dentro de los estados, las autonomías,
las cuales sólo tenían ciertos poderes administrativos, algunos económicos,
pero no legislativos, ya que las cortes se celebraban en el estado Federal.
Este estado había sido unos de los primeros países mediterráneos en adaptar el
sistema escandinavo y de la socialdemocracia neoKeynista.
El principal problema era a quién apoyar: por una
parte, como europeo, deseaba apoyar a países como Francia e Italia en aunar
fuerza en torno a Europa, también, quería el sistema anglosajón de un estado
global o el de los alemanes de una confederación en que repartirse planetas
según los grupos culturales, con lo que
se aunaría con la propia Hispanoamérica, que se acercaba cada vez más a una
unificación y veía su espejo en la paternal Iberia, pero que tenía sus dudas,
por buen botón que hizo éste mismo padre con su amada madre tierra.
Ante su neutralidad, tuvo un aumento considerable de
influencias y de mejoras económicas, pero estaba claro que apoyar a Europa y a
un estado Hispanoamericano, o iberoamericano, era imposible; sólo quedó una
unión con la América “Ibérica”, y que siguiera Iberia, por otra parte, con una
federación bilateral con Europa, al igual que en el Sacro Imperio Romano
Germánico. Por tanto, se convirtió en un estado tapón entre Europa y la América
“latina”. Los lazos entre Francia e Italia también tenían grandes estrechas
influencias coloniales allí y consiguieron
unir al resto de países no anglosajones al grupo, por la confederación
cultural, que ganaba peso en Europa. Pronto, como toda naturaleza histórica, se
bipolarizó el mundo: el Mundo Anglosajón, antiguo potencia, y los viejos
Latinos y otros estados indoeuropeos.
Pero las potencias asiáticas entraron al poder,
mientras la India se mostraba favorable a los estados anglosajones, China, que
había tenido su propia revolución democrática favorecida desde Taiwán, y Japón entablaban una alianza junto con la
recién unificada Corea. Esto enfrentaba también a Rusia. Un enemigo potencial.
Por otro lado, los países árabes también empezaban a despertar, pero con dos
posturas, que coincidían en toda África también, la que apostaba la unión África
o la árabe (en Asia) y otra musulmana.
Por no hablar de Sudáfrica, que apoyaba al bando anglosajón, o los
países de influencia francesa, italiana o hispana, como Argel, Marruecos y el
Sahara, Libia o casi todo el Magreb que tenía una triple incógnita : la Unión
bereber o magrebí, la musulmana o la africana.
Ya no eran dos frentes sólo, eran cuatro, pero que,
excepto los países árabes, apoyaban la confederación por parte de los
“latinos-europeos”, aunque tuvieran entre ellos disputas como la de
Rusia-Lejano Oriente. Además de las
luchas internas, el nacionalismo unilateral, que no quería unificaciones, el
nacionalismo panculturalista y los movimientos panreligiosos. Ese periodo fue
oscuro: todo el final del S. XXI fue algo polémico. Pero salió victoriosa la
confederación. De ésta, la repartición del planeta Sol Eterno, por alusión al
Imperio Español, fue para la confederación hispana.
Allí estaba el Coronel General, Landero, que era de
origen gallego y tenía un tono de voz que recordaba a un viejo dictador de
mediados del s. XX que se había establecido en la no unificada España. Cuando
entró, le vio con cara de Rottweiler. No le debía de gustar lo que le iba a
decirle, y eso debía ser bueno para él; le tenía manía, le odiaba y, también,
en parte, le envidiaba por su gran cerebro militar. Una vez le indicó una maniobra
para un combate, la cual había realizado un tal Rojo Llunch, pero éste se
desentendió y le increpó por no obedecer sus órdenes: ir al mismo infierno, al
Tártaro sin dudar.
El Coronel General tiene muchas calaveras en la
espalda, pegadas a las cavernas, totalmente a oscuras, de su mente y su
corazón. Cuando, esporádicamente, sangraba, era culpa de una acumulación, y
tenía que excretar unas cuantas. Landero había tenido ciento una derrotas, en
frente de una victoria, pero que sólo se le recordaba por esa misma victoria
pírrica en la que un ejército extraterrestre, que superaba en número al nuestro
y que era casi primitivo, fue derrotado con una maniobra de libro de ataque a
distancia y huida para rematar con un
ejercicio de tenaza a lo Aníbal Barca. Y, por ello, había llegado a ese puesto;
era el Franco de la época, un hombre de las guerras de Marruecos. Aunque fiel a
la Tierra, a Hispania (o España, o Iberia —ya que estos términos le daban
igual, ya que era mucho más ambiguo y algo más flexivo que los generales del s.
XX reaccionarios, fascistas o totalitarios—).
-
Tenéis misión —Dijo con un tono militar
y en segunda persona que denotaba el alejamiento lingüístico-emocional con él—.
Hay que cazar a un bicho. —Continuó, ahora, más personal. Como intentando
contener su odio contra P. — Es una especie de perro gigante que, creíamos,
estaba extinguido y que es muy peligroso. Mira —Ordenó, como militar que era; sin decir
nada más que eso, le señaló una foto ilustrativa.
P. miró la foto. Sí, parecía un perro; pero no lo
era, sino más bien era como un perro pantera rojo, o negro —Según la zona, le
explico Landero—, que tenía dos mandíbulas y unas patas enormes con garras como
garfios. Sus ojos eran de color verde, como la Luna terciaria, ya que en el
planeta hay otra más, que en ese momento se escondía. Su cuerpo podía pesar
unos 300 kilos a poco y medir de largo unos 3 o 4 metros.
Había sido un animal cazado, cuando el planeta era
un lugar donde todo ricachón que se lo permitiera venía por su amplia aventura
en ese lugar, punto de los mayores y mejores cazadores, como de los idiotas más
integrales, que morían al poco al no aguantar un clima tan cambiante. Porque la
zona en la que estaba era la caliente, ya que en la fría había árboles de color
verde donde las bajas temperaturas chocaban con el calor del norte-sur. Por
alguna razón, el norte y el sur les llegaba la luz solar con más intensidad que
en el centro, donde los casquetes de hielo se acumulaban, con un gran lago
donde confluían todos los ríos del planeta, los cuales nacían en las zonas
calientes.
Al descubrir al animal, se habían sorprendido. No
porque no estuviera muerto, sino por su mortandad; cuando llegaron, aunque por
su tamaño era un animal terrorífico ,al mirarlo, era más bien pacífico. Y tenía algo que les encantó a los
cazadores “furtivos”, que no eran tan “furtivos”. Éstos animales producían una
excelente carne, además de espectáculo, y una sustancia parecida al petróleo,
por lo que se podría producir plásticos increíbles, pues el petróleo había sido
dejado como combustible hace tiempo. Además, muchos animales habían sido
extinguidos, o estaban a punto de serlo.
Menos mal que no había llegado ni la industria ni la urbanización del
planeta; de haber sido así, lo que le faltaba para que el planeta cayera en la
miseria, siendo un planeta magnífico para los naturalistas como para los amantes
de la naturaleza o de la belleza.
La patrulla
encargada de esa caza se preparó para ello. Eran tres hombres, incluido P., y
dos mujeres. De los hombres, el más fuerte aparentemente era Jorge Piedra, que
era un musculado y estúpido mastodonte que no creía en los planes, además de
Carlos, un tipo flojillo, tirillas y que siempre estaba a disposición de Jorge;
entre las mujeres, estaban Carla, una feminista que nunca aceptaba ninguna idea
o asunto que no fuera suya y menos una opinión masculina, e Irina, la más
joven, jovial e inteligente, la que mejor le caía a Jorge. Aunque, a excepción
de Irina, no le caía bien el grupo, iba por obligación. No era plato de gusto,
eso seguro.
***
Salimos por las puertas del recinto de
seguridad Sagasta. Sin más, sin ninguna despedida. Estilo militar. Ni una
floritura. Mejor. Pantomimas las justas. Eso para los héroes, o superhéroes de
las películas. Nosotros somos de carne y hueso.
Las puertas grandes y chirriantes se
cierran con nuestra salida. A sus lados las murallas, decoradas por miles de
cables de alambres conectadas a un sistema eléctrico, con los extremos acabados en atalayas de
hormigón y hierro. Estilo funcional, al tipo estoico del s. XX, que todavía se
mantiene.
Delante continúa la vista de un inmenso
bosque, más bien selva, de árboles exóticos de color rojo, con pigmentos negros
e incluso algunos totalmente de ese color. La mayoría tienen formas curvas con
hojas redondas del mismo color; sus troncos tienen un color rojizo, aunque
también como en la tierra son algo marrones.
Desde allí, no se ven ni los dos soles ni
las otras dos lunas. Aquí hay tres días y tres anocheceres, aunque dos son muy
cortos: de 9 a 12 de la mañana y 5 a 8 de la tarde. El resto de la noche es
normal, dentro de lo que cabe, ya que es algo más corta. Pero eso es en la época de “lunas”, cuando se
pueden ver a las otras dos “menores”; en el periodo de “soles” hay poca noche y
las lunas “menores” no son apreciables. Se van turnando cada día.
Es un periodo de lunas, y hay que tener
cuidado con los horarios. Pero acaba de anochecer por primera vez. Hay suficiente tiempo.
Caminamos por la senda. Jorge dice que tiene que ir a mear; lo
esperamos un buen rato, ya que el “Marques” es picha delicáa. Carla se molesta,
nos suelta unas tonterías feministas y se pelean “el marques” y “la
corta-pollas”. Irina pasa del tema, y Carlos asiente a todo lo que dice Jorge cada
vez que argumenta con un “tengo toda la razón, ¿a qué sí?, y el perro-Carlos da
la razón—la poca que tiene.
Llevamos unas ametralladoras Hojarasca 3
Garand. Su nombre viene de la novela de Márquez, ya que su creador era un
admirador, lo cual es bastante siniestro; Garand es porque está basada en la
famosísima M1 Garand americana de la II Guerra Mundial. Aunque las llevamos,
creo que parecemos más unos niños de infantil o de guardería que unos militares
profesionales. Lo raro es que ellos estén vivos; menos mal que son muy buenos.
La supervivencia. La maldita y evolutiva supervivencia. Todo parásito intenta
crear copias idénticas de su propia existencia, hasta el infinito, o hasta que
le dejan, claro.
De repente, al caminar, siento un calambre
cerebral, y todo se metamorfea: los árboles rojos tornan a verdes pinos, mis compañeros
desaparecen y un humo industrial se vislumbrar por entre el manto de árboles.
Camino con una cesta de setas. Hacer paseos por los bosques en busca de setas
me apasiona. Una afición de toda la vida.
Al
final, se encuentra Penélope con el coche al lado. Me conoce cómo para saber
dónde estaba; mi rutina es estar ahí, pues conoce mi gusto a la naturaleza, al
paseo sin esas chorradas del futin (footing) y la caza, aunque no el matar por
matar. Está muy guapa, muy sexy; el deseo me corroe el cuerpo sólo con verla.
De nuevas, todo vuelve a desaparecer, y
mis compañeros reaparecen, los árboles rojos y ese planeta vuelve a ser como
era.
No parece que haya nada; todo es silencio,
que a decir verdad es muy incómodo, una neblina, que rodea los árboles, y los
nervios. Mantengo el arma en alto; puede haber un enemigo en cualquier sitio,
puede intentar atacarnos, puede pillarnos despistados y matarnos sin
miramientos, y no sería nada extraño. Los demás están precavidos, pero parece
como si todo eso fuera de otro lugar; es como si estuvieran en otro lugar,
posiblemente, la tierra. Como antes yo.
Es lo que tiene; a veces, nuestros cuerpos
traspasan el espacio-tiempo sin querer. Vuelvo a sentir ese cosquilleo; todo
vuelve a cambiar. Estoy montado en el coche con Penélope. La radio está puesta;
hay un grupo de esos “modernos” que más que música parece que te van a volar la
cabeza. A ella tampoco la gusta, pero es indiferente. Los compases, si es que
los tienes, son una imitación barata de un corazón; en él, se repite el mismo
“zumbido” grave, que revienta tímpanos, y, luego, sale un estrambótico coro
para cantar “la fiesta y la vida”.
Me mira. Sonríe y vuelve a mirar adelante.
La lluvia cae fuera, mientras las gotas chocan por el coche, que las hace
deslizar por todo el armatoste de engranajes. Es un coche viejo, de los de
anticuario, y que echa humo por el tubo de escape. Si no supiera que el coche
es seguro, hubiera pensado que esa lluvia iba a establecer la cuenta atrás de
un mecanismo que había explotar el coche, con nosotros dentro incluidos.
Muertos como sardinas enlatadas.
Quita la radio. Mejor. Me pregunta que qué
tal. Y yo digo que no hay casi níscalos ni na` de na`. La contaminación ha
destrozado casi todas las áreas de bosques. Hasta la lluvia, que caía por fuera
e iba quitando la tapicería del coche, lo estaba; el ácido corroía el vehículo,
y, como muchos coches viejos, habría que cambiarles más de la mitad de sus
componentes pronto. Llover, en el s. XXII, es una mierda, un chumino inmenso.
Ella asiente con resignación. No queda
otra; si es así, habrá que vivir con que la tierra se pudrirá, al igual que
envejece una madre por culpa de sus hijos, los cuales ya se van de casa, o,
mejor dicho, de fiesta. No quiere hablar
de mucho más. ¿Qué decir? Se me cortan las palabras que querría poderla decir;
así son las cosas, van pudriéndote el cuerpo, como ese ácido que caía por la
lluvia contaminada.
Hay un silencio profundo. Hace daño a
nuestras mentes, y se va estirando, creciendo y expandiendo en nuestros
corazones; no sabemos qué decir ni hacer.
La digo que me tengo que ir; ella deja en
silencio su respuesta durante un tiempo largo e incómodo. Un rato después me
dice: “No quiero que vayas”. “¿Cuándo vas a volver?” Y la digo: “¿Quién sabe?”
“Cuándo digan los de arriba…” “Ellos mandan; por mucho que les votemos, hacen
lo que se les antoja.”
Ella sigue conduciendo. No dice más. Lo va
rumiando. Piensa, más bien, duda. Espera qué sacar, mediante su mente, sobre
tal contestación. Minuto tras minuto, se agolpan éstos sin que ella diga nada.
De pronto me mira a la cara; su rostro es inexpresivo, pero sé, como la
conozco, que está angustiada.
Los árboles rojos vuelven a estar ante mis
ojos. Los compañeros están tensos; Jorge ha oído algo y Carlos le ha parecido
que se movía algo entre los matorrales. Sea lo que ronda ese lugar es grande.
“Es esa cosa”. Seguro.
Todos apuntamos, cada uno a diferente
punto. Es una táctica de combate; más bien, una lógica aplastante para
discernir de dónde te van a atacar. Aquí, en la jungla, matas o te matan. Y, encima, hay que tener cuidado con tus
compañeros, ya que en la jungla sólo hay anarquía; en un descuido, sin mucha
metafísica ni ética, puedes acabar muerto, como una rata para ser catada por la
carroña de este planeta.
Esperamos, pero nada. No pasa nada. Carlos
se destensa y deja de apuntar. Dice: “Ja. Aquí no hay nada”. De pronto, el
bicho sale de su escondite y, al vuelo, lo coge por la boca; lo mata sin más,
sin comérselo, pues no es ese su objetivo, no, su objetivo es matarnos. Está
claro, ese bicho no desea comida. Estamos invadiendo su hogar, y lo está defendiendo.
Se vuelve a esconder, pero cuando vuelve a
asaltar a por Jorge, éste lo esquiva, mientras le clava su cuchillo. Es inútil.
Aunque esté descubierto, lo arrolla y se lo lleva sin que ninguno pueda hacer
nada, ni disparar. A pocos metros se oye como crujen los huesos de Jorge; para
el animal parece como una golosina. Tiene buena mandíbula…
Carla nos cubre las espaldas. Está
esperando. Pero, de pronto, se vuelve hacia nosotros y dice: “¿Pero dónde
está?” En ese momento, la boca con dos series de dientes, tanto en la parte inferior
como superior, aparece en las sombras. Ella se da la vuelta. Casi chilla de
terror, y empieza a disparar a su garganta. El animal no parece serle difícil
esquivarla. No apunta bien porque está aterrada como nunca. No parece una
veterana.
Cojo la mano de Irina y la hago salir
corriendo hacia el norte; no vemos que la sucede a Carla. Continuamos corriendo
los dos juntos. Estamos aterrados. Aunque había cazado animales de todo tipo,
esa cosa, aun habiéndola vista en una imagen, era algo que no habíamos visto
jamás.
Parece que damos vueltas sin ningún orden
aparente. Paramos en un lugar donde hay un claro de luz; hay poca luz. Va a
anochecer, y eso no es bueno. Deberán ser entre las 4:30 y las 4:45.
***
P. e Irina estaban frente al claro. Ha anochecido y
se habían cobijado juntos. Estaban echados en un tronco de un árbol, más
robusto que el resto, y se habían abrazado.
P. hacía tiempo que no estaba junto a una mujer en
mucho tiempo; se le erizaron los pelos del cuerpo, sintió la anomalía de la
situación con nerviosismo y, aunque era un momento de riesgo, pudo sentir el
deseo. No podía evitarlo. Era muy hermosa. Casi no veían a lo lejos, pero,
entre ellos, se miraban. Su melena pelirroja acariciaba su piel. Ella tenía
miedo, pero, al paso del tiempo, notó esa sensación que él sentía. No era ni
demasiado guapo ni horrible, mas parecía un punto intermedio, pero, si se debía
definir, le atraía.
Tragó saliva. Era un momento incómodo. No podía, y
no sólo por la situación; sabía que le esperaban en la tierra, y si hacía
aquello que deseaba su cuerpo, irrefrenablemente, haría crearle un secreto que
no podría ocultar. Era mejor no dejarse llevar. Además, hacer el amor con un
ser así pululando por ahí no era buena idea.
De pronto, empezó a llover. Sus cuerpos se mojaron
mientras una tormenta “tropical”, o lo que fuera, descargaba por encima de sus
cabezas, porque la mayoría del agua, mediante un sistema de riego natural que
iba distribuyéndose por los árboles, caía por las copas de los árboles e iban
deslizándose hacia abajo. Aunque, aun así, se mojaron; sus cuerpos estaban
calados.
P. pensó: “Y encima esto. Calados, con un animal
furioso y sanguinario suelto por ahí y con una posible erección en situación de
levantar todo su sistema sexual en estado de posible cópula. Lo mejor para un Sábado por la tarde. Lo
tercero no estaría tan mal si él no estuviera casado y no estuvieran en tal situación,
pero en el contexto es una putada del copón. Una mierda. Una gran cagada.”
El agua dejo de caer y la tormenta se fue
deshaciendo. Además, los soles fueron apareciendo; la luna menor segunda ya
había acabado su ciclo, pero quedaban pocas horas de luz. Pensó: “¿Por qué no nos
habrán dado linternas?” “Hasta para esto son unos inútiles, unos jilipollas
integrales.” Entonces, sintieron el despertar del gigante. Ella le miró a los
ojos. Esbozó una sonrisa.
Ella dijo, “No pasa nada”. No sabía que estaba
casado, pero era una situación muy… muy extraña —y en un lugar caliente, pero
esa tormenta y esa jungla congelaban todo sentimiento.
Siguió sonriéndole. Lo besó. Él no pudo hacer más
que aceptar el beso. Negó con la cabeza. No estaba bien; claro que no estaba
bien, pues tenía a años luz su hogar, que era muy lejos, pero, aun así, estaba claro
que pronto volvería. No podía. “Estoy casado”, dijo.
No podía. Ella dijo: “No pasa nada” Le acarició. No
lo amaba, no estaba en ese punto, pero le tenía cariño y hubiera querido
hacerle el amor. A él, le pareció algo muy extraño; pensó que las mujeres eran
muy raras, por lo menos para él, aunque ella fuera alguien muy cercano. Nunca
se llega a conocer a nadie, ni a uno mismo.
Aún con ello, ella lo acarició con las manos.
Aparentando no hacer nada malo. Él se levantó. “Vamos”, dijo. “Habrá que hacer
algo, ¿no?” Le dio su brazo, y, apoyada en él, se levantó del suelo.
Estuvieron un buen rato a la deriva. Esa selva era
inmensa. Kilómetros y kilómetros de
árboles, como antes en la primogénita tierra; como en España, en tiempos de
íberos, celtíberos, de los celtas peninsulares, los fenicios y cartaginenses,
los griegos y romanos, cuando un conejo podría correr desde un punto a otro sin
dejar el bosque.
P. sintió algo moverse. Advirtió a Irina. Los estaba
vigilando. Siguieron caminando. Ahora, les tocaba esperar a ellos; había que
aprovechar el conocimiento de sus ataques. Debían aprovechar el movimiento del
adversario y convertirlo en su propia tumba. Ese principio era el de todo buen
general o dirigente militar. Y no había más.
Hicieron como si no hubieran notado su presencia.
Aunque no lo veían, sintieron su aliento y sus ojos en la nuca; era más bien en
su imaginación, pero, sí, estaba allí, esperando. Esperando el momento. Su
momento. Ellos se movían mientras él los seguía.
Sintieron su salto, y lo aprovecharon para
dispararle, pero fallaron. Ella se alejó de él, y él tuvo que esquivar sus
acometidas. Dejaba que saltara sobre él, lo esquivaba y le disparaba. Pero
parecía haber fallado todo los disparos. Ella intentaba hacer algo, pero no
podía; todo era tan rápido que sólo le quedó mirar. Hicieron lo mismo durante
decenas de veces, aunque parecían para P. que eran horas enteras, el mismo
movimiento en un lapso de tiempo breve, de segundos, pero ninguno acertaba.
Parecía que ninguno quisiera dañar al otro.
Luego, corrieron de la mano por la selva; mientras
el animal saltaba por entre los arbustos y los sitios elevados para intentar
cazarlos, pero no acertaba. Ellos eran muy rápidos también. Era muy grande para
ser muy veloz como otros animales terráqueos parecidos a él, y tenían esa
ventaja. Pero en una de sus embestidas casi alcanzó a Irina y la hirió en la pierna,
lo cual P. aprovechó para disparar y casi lastimarlo, y salió corriendo.
Llevándola por la cintura, la arrastró hasta una
casa que parecía como un de los refugios típicos de la zona; una antigua
edificación de exploración. Tenía botiquines y pudo curar la herida, pero no
podía caminar. Había que esperar, otra vez. Iba a ser de noche y parecía que
iba a volver a caer una buena tormenta.
***
Estamos en la casa, refugiados. La he
curado la herida. Me mira a los ojos, diciendo, con su expresión, que tenía,
como yo, la sensación de que nada podíamos hacer. La desasosegada idea del
hastío. Un hastío impotente, pero no furioso sino más bien triste, o sin
sentimiento, vacuo.
Oigo cómo los relámpagos están cayendo
cerca. Una gran tormenta se agita sobre nosotros; es la misma de antes,
acabando su festival. Se oye el repiqueo
de las gotas al chocar con el tejado de la casa y las tuberías desalojar el
caudal por la tierra, que va encharcando en forma de barrizales.
Es raro. Durante la tensión no ha caído
una sola gota, pero, ahora, cuando la paciencia y la calma nos asfixia, cae el
diluvio universal; es una ironía, como la ironía de algún dios que nos quiero
gastar una maldita broma macabra. Debe ser un cabrón, o un puto genio, porque
parece alejar a “esa cosa”. Pero nos mata, de otro modo; nos está ahogando en
este sitio. Un Cronos del mundo, o mejor
dicho, del universo, porque “mundo” sólo se referiría a éste, pero si fuera un
Dios, lo sería de TODO, sin excepciones. A no ser que fuera una fuerza, o algo
así, que sólo pudiera manifestarse en éste lugar con nosotros. Un sociópata.
Clarísimo.
Estoy cansado, pero no puedo dormir. Irina
está dormida. Me siento en la colcha de la única cama, donde yace ella, y miró
las paredes de la habitación; son como las de época colonial, a un estilo
organicista de S. XXII. Ahora se lleva otro, “un novedoso sistema
arquitectónico”, que es casi el mismo, pero más embellecido.
Las paredes de esa casa en medio de la
selva, en un instante, se reconvirtieron en la de las de mi casa, en la tierra,
también, entre las selvas, selvas de hormigón frío con ventanas de cristal
opaco. Allí estaba mi mujer, sentada en el sofá de su casa, mientras yo la
observaba con las cosas de campo. Estaba absorta. Y parecía dormida.
Estaba levitando en el espacio, por el
cual iba irme, y dudando cómo contarme lo que llevaba rumiando todo el viaje a
casa. Entre las estrellas, estaba su nave; ella descansaba en una de esas luces
azules, que yo podía ver por mi ventana, acunándose y contando nanas en ese
lucero. Una estrella de luz azul, nueva.
Una esperanza que se desvanecía a lo lejos; mi nave me lleva a la guerra.
Yo me voy hasta el balcón. Puedo ver cómo
vuelan las nubes negras, llenas de ácido. Estamos en un rascacielos que supera
todas las medidas impuestas en el s. XXI para edificar, esos cánones de vida,
con la frase de Le Corbusier, “Una casa es una máquina de vivir” —a lo mejor es
que, como toda máquina de nuestro tiempos, han deshumanizado al hombre y no son
más que “eso”, máquinas sin vida—; las 124 plantas se vislumbran desde esa
planta 101. Desde la ventana veo las naves comerciales pasar; algunas llevan
mensajes publicitarios, otras de propaganda política, otras, simplemente, son
de mercancía.
Ella me dice: “Estoy embarazada”. Al
principio, no hago nada; estoy como en un shock, en que me alejo de la tierra y
habito el mundo de los pensamientos, en uno que no es ni la misma tierra ni en el
que voy a ir. Es un mundo caótico, pero ordenado; en él, todas las cosas, los
recuerdos, los sentimientos, las ideas y mis seres queridos o conocidos
—algunos hasta odiados— van levitando. En él, está mi mujer con una barriga de
tres meses; luego, tras ella, otra misma Penélope con seis meses y, otras vez,
está, escondida por ésta, mi mujer pariendo a mi hijo; finalmente, sale mi
mujer con un bebe que ella va acunando. Detrás, aparecen él y ella,
envejeciendo con mí sombra desaparecida de la faz de la tierra, y no es algo
literal: estoy en otro planeta.
-
P. —Me dice.
Me grita otra vez, y otra vez más. Se
acerca a mí, y me grita al lado.
-
P. estoy embarazada; no sé si
te has enterado.
-
Sí. Estaba…
-
Pensando…
-
Pero… me tengo que ir.
-
Sí
-
Y puede que no vuelva en años,
muchos años; a lo mejor… ni veo a mi hijo. —Digo con un terror entre el shock
que me hace que no pueda hablar; me tiene en una telaraña pegajosa en la que no
puede escapar— Estarás sola…
-
Sí. Muy sola. Tendré que criar
a nuestro hijos sola, y, encima, con la mierda de paga, con la mierda de
subvención…
-
Sí, una mierda de vida; está
flotando la mierda —Digo como siguiendo la línea de mi mundo metafórico de los
pensamiento. Volando—. Con la mierda flotando. La mierda de hogar que es… Todo.
Todo…—Digo desesperado, a punto de un ataque de sicosis entrando en mi mente.
-
Sí.
Me quedo callado. ¿Qué puedo decir? No sé
qué… qué. Esa es la respuesta: qué. El qué.
Qué deparará el futuro, su vida, la mía, la de mi futuro vástago lejos
de mí. Me giro y miro por la ventana. “Nuevo gobierno.” “Prometemos bajar los
impuestos, crear empresas, fomentar a…” Tonterías, pamplinas. Chumines. Mierda. Puta mierda. Eso, puta.
Puta la vida, que es tan proclive a abrirse de piernas como cobrarte bien la
noche de lujuria. No es una metáfora de la vida sexual con mi mujer, es una
metáfora de cómo se cambia el punto de vista, de la alegría al desgarro, de la
comedía a la tragedia.
Ella se apoya en mi hombro. Me acaricia
con las manos, y, finalmente, me abraza, con todas sus fuerzas: no quiere
abandonarme. Y yo tampoco quiero. Pero, pronto, estaría en una nave para un
planeta lleno de peligros, de cosas que no había visto ni vivido; estaba
acongojado, por no decir, finamente, acojonado por tal idea. Era un consuelo su
calor, un consuelo aliviador, aunque no duraría mucho. Pero era un consuelo.
Algo a lo que agarrarme.
He despertado. He estado durmiendo.
Estamos abrazados Irina y yo. No hemos hecho nada, pero nos necesitábamos el
uno al otro; fue algo que pedíamos a gritos. Éramos unos desarraigado en esa
“casi” cabaña, mientras un animal, tenebroso, que nunca habíamos visto en
nuestras vidas, entres las selvas de un mundo que no era el nuestro, nos
perseguía, sin alguna piedad. Habíamos atacado, y, aunque nosotros,
concretamente, no tuviéramos la culpa, íbamos a pagar los pecados de una raza y,
más, de una cultura salvaje, la hispana.
***
El planeta Sol Eterno despertaba con sus dos solos
soles, sin sus dos lunas; era el periodo de “soles”. Tiempo de luz. Era bello
ese lugar, en esos momentos; un haz de luz, como si hubiera dirigido por un
espejo, se dejaba ver como un manto que se dirigía hacia aquella casa. Era como
una mirilla. Hasta los soles, como unos
portavoces celestiales, marcaban el objetivo del francotirador. P. se sintió
como un cadáver que está muerto pero que no lo sabe; que deambula para buscar
algo que dejo en "el otro lado”, que era, sin dudar, la tierra.
Esos pájaros insoportables, como una especie de
fusión de loro y pavo de real, por la cola, lo único que los unía con tal
especie, los Loros Reales tronaban con un grito casi de gallina de guerra, otra
semejanza con animales terráqueos, pero que, con todas esas semejanzas y
analogía, no dejaba de ser un animal totalmente diferente a los de la tierra.
Eran enormes, como las gallinas del norte y los urogallos, y tenía vivos
colores de tono naranja, amarillo, rojo y purpura. Les gritó, pero estaban a
cortejar hembras. Toda la fauna del lugar debía de estar confabulada, pensó P.
P. creyó ver la señal de que ese dios, de aquel
mundo, de Sol Eterno—o Soles Eternos—, estaba haciendo un chiste con su muerte;
se estaba riendo de ellos, y los dejaba, más bien, como los juzgados por la
inquisición, marcados para ser aniquilados por “ese ser”. Fuera lo que fuera,
Dios o Naturaleza, o azar disfrazado de designio fatal, les preparaba el
terreno para hacerles acto de presencia el último acto, el último compas que
daba por terminada una canción, como la de ese “Loro Real”.
Se fumó un cigarro. Hacía tiempo que no fumaba, pero
saber que iba a morir, de eso estaba casi seguro, le hizo volver; iba a
disfrutar de sus últimos momentos. Morir como un valiente, vale que sea algo
honroso y grandioso, pero, ante todo, uno mismo, y esas cosas que la vida hace
que tenga sentido. Con toda la tranquilidad con cada calada, se iba quitando
segundos, minutos o horas de vida, que no sabía cómo se lo iban a descontar,
quien se lo fuera descontar del reloj de la vida, si ya estaba muerto; que el
morir fuera gracioso era algo idiota, algo, también, por cierto, hilarante,
pero sin la risa nada sería lo mismo: un tiempo para llorar, otro para reír.
Irina se levantó, cómo pudo pues todavía estaba
dolorida y, lo más claro, lo suficiente herida como para no dar más de tres o
cuatros pasos seguidos sin tambalearse. Todo el deseo, la sexualidad o lo demás
que estuviera relacionado se había extinguido su oportunidad con tal percance;
y, para él, le pareció mejor. Así no tendría que esconder, primero, un secreto
y, luego, tener que pasar malos ratos por contar que tuvo un delis con una
compañera que cualquiera hubiera hecho lo que fuera por tener de amante.
Se acercó, como una tortuga gigante, y le preguntó:
-
¿Pasa algo?
-
No. Nada. Todo tranquilo. El Loro Real
cantando, una luz que nos señala y, por ahora, nada más que señale dónde
estamos, nada más que llame la atención de esa cosa; que saliera alguna “marca”
más, sólo significaría que “Dios”, el de ese mundo o el del universo, o el Demonio,
está queriendo jodernos y reírse de nosotros.
-
Puede ser… Ya ves los dioses griegos,
qué juguetones eran. Tenían miles de historias: con guerra, amor, sensualidad,
pura maldad, pura bondad, belleza o castidad, y mil cosas. Y, también, solían
ser los humanos sus juguetes, unos muñecos que usaban como ellos deseaban por
un fin. Un fin que era algo metafísico, el cual ni los propios dioses, a veces,
llegaban a comprender, porque eran, en verdad, también, humanos, pero
superiores, y sólo en algún momento después se descubría el porqué.
-
Sí, vaya que eran unos sinvergüenza de
cuidado; si hubieran existido, habrían destruido el mundo en siete días, lo mismo
que tardó Yahvé, Dios o Alá en crearlo.
-
Bueno… O no. No todos eran buenos, o
malos; es algo, ¿Cómo decirlo?, relativo.
-
No existe ni el mal y el bien, ¿Me
quieres decir, Irina?
-
No. Claro. Digo que es algo conceptual,
como las palabras son metáforas del pensamiento, como los sustantivos
concretos, lo son de lo que son de los objetos y las sustancia terrenales. El
bien es algo que es en sí su busca, el fin es el medio, porque cuando se cree
que, sin dudar, lo que se hace es el bien, ya se comete mal.
-
Es decir, el bien puede crear al mal.
-
Sí, e incluso el propio bien ha creado
al mal; y el mal ha creado al bien. Los dos son una misma cosa, pero el Bien, o
el Supremo Bien, no es más que su incógnita.
-
Es maleable…
-
Sí, como ese ser. No es ni bueno ni
malo. Lo consideramos malo, pero no tiene la capacidad de dudar, pero nosotros
sí, y, a veces, sabiendo del mal, lo cometemos: eso es el…
-
Mal Supremo.
-
Sí, y no. Incluso el propio equilibrio,
que sería el Bien Supremo, por lo que hacemos entender, sería un mal; cuando el
equilibrio se queda estancado, el bien llega a ser cualquiera de los lados de
la balanza, que consideraríamos malos, porque como todos los seres vivos, las
ideas, están en constante movimiento. El Mal Supremo es la inmovilidad.
-
¿El espacio es acaso el Mal Supremo?
-
Para nosotros sí, hasta nos mata y da
miedo. Pero tampoco. Es algo inerte. Los
malos son los que viven y razonan, por tanto. Los que pueden cambiar.
-
¿Y el tiempo, es un Bien Supremo?
-
Pasa lo mismo, pero tampoco. El
movimiento es algo de los vivos, pero, si ves la naturaleza, un movimiento
brusco puede estropearla, por tanto, también es un tipo de mal.
-
Vamos, que el bien y el mal es una
mierda. No lo sabremos nunca.
-
No sabemos nada, y cuanto más sabemos,
más sabemos que desconocemos, hasta lo que creemos, pues es una fe,
desconocemos de su existencia.
-
Vamos un Caos…
-
Y un orden.
-
Un caos ordenado, o un Orden caótico.
Donde nadie sabe todo, ni nada. Siempre el extremo, chocando con su punta.
-
Pero los extremos se tocan. Y se
abrazan.
-
Como los budistas… todo está conectado…
Como el globo de este mundo, o de la tierra… —Dice P.
-
Sí. ¿Por cierto, por qué hemos iniciado
esto?
-
Ha sido él. Ves, juega con nosotros y
nos da señales. Quiere decirnos, es la
hora que acabéis vuestra acción y yo ponga fin a la obra. Puedo daros más vida
o menos sin quitar o sumar vida a mi objetivo. ¿Qué cuál será, por cierto?
—Dice P.
-
Debe de estar relacionada con ese
animal. Algo en él.
-
Como nosotros, está jugando con él. Debe estar unido a nosotros, aunque a otro
nivel.
-
La vida. Puede ser la vida. —Dice Irina—
Es por lo que hemos estado corriendo todo este tiempo….
-
Sí, debe ser así. Mira, ves, ya viene
—Dice P. mientras la “bestia” se acerca —. Es mi hora. Quédate aquí. Ese animal
y yo somos quienes estamos encadenados a encontrarnos. Es la hora. El acto
final.
P. se despidió de Irina y salió corriendo por el
suelo lleno de barro que le hacía caminar más y más lento; detrás, estaba la
bestia que lo perseguía.
***
Estoy corriendo. El barro cubre mis botas
y mis pantalones. He salido corriendo, pero es más veloz que yo, y me pillará.
Menos mal que he cogido mi arma. Menos mal que me he acorado de llevarla
conmigo. Es una cosa que nunca olvido. Es como algo automático.
Lo oigo. Pasea por la espesura, cavilando
una estrategia, pero no le quiero dejar; cuanto más corra, más posibilidades
hay de que uno falle. En estas condiciones, es así, simplemente, un juego de
azar para descubrir quién gana. Él defiende su tierra, yo mi vida. No hay
más. Nada más.
Salta y sobre vuela mi cabeza. Quiere
asustarme. Lo vuelve a intentar, pero yo le esquivo. Esta vez quería herirme.
No va a poder conmigo tan fácilmente. Voy a luchar con uñas y dientes, con las
botas puestas, aunque llenas de barro. Un hombre de acción del S. XXIII en otro
planeta.
Siempre tiene el mismo modus operandi.
Podría aprovecharme. Siempre fallo, cuando intento darle, después de
esquivarlo, es demasiado rápido. ¿Y si le plantará cara? Me puedo arriesgar.
Sí. Claro que sí. No me queda otra.
Él salta. Yo aguanto sus dientes con mi
arma. Pugnamos por la vida. Entonces, él está frente a mí. Yo le apunto. La
verdad, no sé por qué lucho. Pero necesito vivir; lo deseo. Él también. No
entiendo el porqué de ello. Nos quedamos mirando. Ahora lo entiendo. Los dos hemos luchado por lo mismo, nuestra
tierra y nuestra vida. Él defendía lo suyo, porque se lo hemos arrebatado, sin
más. Esa bestia sólo era un animal más que quería “vivir”.
Dejo el arma. Le doy una patada. Se acerca
unos pasos, lentamente. Toca el arma. Lo entiende. Me mira inexpresivamente. Se
acerca. Estamos a unos pasos. Él me olfatea.
No me hace nada. Se vuelve. Y, hacia
atrás, aparece una manada de su especie. Decían que estaban muertos y extinguidos
y, luego, que queda uno; en realidad, estaban escondidos, para que el hombre no
pudiera matarlos con su locura. Esos locos animales sólo querían vivir en paz,
en su ser, pues todos somos como somos y hay que vivir. Eso eran esos animales.
La vida. Y el ser humano se aleja de la vida, poco a poco.
Una cría se acerca correteando a la
“bestia” que nos atacó. Es su cría, sin dudar. Es una hembra. Ahora, aparecen, a mi espalda mi mujer y mi hijo. Están cerca,
apoyándome con sus manos en mis hombros. Quiero volver a mi hogar. Sea donde
sea, pero mi hogar.