7 de mayo de 2012

El Sol Azul

EL SOL AZUL


POR SAMUEL BENITO DE LA FUENTE

El soldado P. estaba en el puesto de vigilancia.  Ese día le tocaba, otra vez más, guardia, y, personalmente, le era una tarea del todo insípida, porque para la vigilancia ni podía poner la televisión para ver un programa vía interestelar.  Estaba de mal humor, la verdad; que te toque guardia el día de tu cumpleaños no agrada a nadie.
Desde la ventana de aquel recinto, vio el despertar del día; se podía ver asomar a uno de los soles, con una profunda luz que desentonaba, porque era algo extremadamente contradictorio, fovista e insoportable como bello y espectacular al ver el albor anaranjado, como la Tierra, y la azulada esencia del sol primero, que se veía en aquel instante. A su lado estaban esas dos lunas, bastante alejadas de éstos, que ya se podían ver: una verde y, otra, amarilla; la primera tenía un cuerpo de Jade congelado, un completo mar de jade, y la segunda era de oropimente, u oro real, un tipo de sulfuro, que estaba muy cotizado, por lo que se planteaba plantar en un futuro una mina.
Por debajo del promontorio, pudo ver un inmenso centenar de árboles de colores rojos y negros. ¿Quién dijo que no había árboles rojos? Que vengan, esos científicos del S.XXI, a ver que existen seres vegetales rojos. Tenían ese componente rojo por el mismo que algunas flores, la Pulquérrima, por los altos componentes de hierro y carbón de ese planeta. El negro era por la misma razón, el carbón. Las plantas, por alguna razón extraña, asimilaban esos materiales para hacer la fotosíntesis.
El planeta tenía una esencia extraña y muy sanguínea. Por lo tanto, hay quienes no tienen dudas de que ha influido en que sea un planeta con bastante agresividad, sobre todo, animal; nada que ver con que el ser humano haya cazado, eliminado y maltratado a miles de especies.
Entonces, vino el compañero a sustituirlo; lo reclamaban en la sala de reunión. Formaba la élite de los soldados del ejército hispano, concretamente de línea europea. Había sido de los primeros en venir allí, de sobrevivir, de haberse quejado a sus más altos cargos por la conducta de los soldados y de ser retirado, poco a poco, de las posiciones de alto mando, aunque era un veterano y éstos tenían ocupaciones altas. La guerra, más bien, el safari, en aquel planeta podía sugerir que se parecía a la Guerra de Marruecos con Abd der-Krim.
Pasó por la muralla, que estaba llena de alambres y un sistema eléctrico, que servía para disuadir a cualquiera, y se adentró, por la zona este, al edificio principal.

Durante las reparticiones y uniones territoriales de la Tierra, se había creado un conflicto, muy parecido al de la Guerra Fría, que había enfrentado a las principales naciones; entre las más problemáticas y la más dudosa, estaba Iberia, un estado de recién creación en una serie de revoluciones globales del S.XXI que había establecido un sistema federal y autonómico, unión del sistema federal y, dentro de los estados, las autonomías, las cuales sólo tenían ciertos poderes administrativos, algunos económicos, pero no legislativos, ya que las cortes se celebraban en el estado Federal. Este estado había sido unos de los primeros países mediterráneos en adaptar el sistema escandinavo y de la socialdemocracia neoKeynista.
El principal problema era a quién apoyar: por una parte, como europeo, deseaba apoyar a países como Francia e Italia en aunar fuerza en torno a Europa, también, quería el sistema anglosajón de un estado global o el de los alemanes de una confederación en que repartirse planetas según los grupos culturales,  con lo que se aunaría con la propia Hispanoamérica, que se acercaba cada vez más a una unificación y veía su espejo en la paternal Iberia, pero que tenía sus dudas, por buen botón que hizo éste mismo padre con su amada madre tierra.
Ante su neutralidad, tuvo un aumento considerable de influencias y de mejoras económicas, pero estaba claro que apoyar a Europa y a un estado Hispanoamericano, o iberoamericano, era imposible; sólo quedó una unión con la América “Ibérica”, y que siguiera Iberia, por otra parte, con una federación bilateral con Europa, al igual que en el Sacro Imperio Romano Germánico. Por tanto, se convirtió en un estado tapón entre Europa y la América “latina”. Los lazos entre Francia e Italia también tenían grandes estrechas influencias coloniales allí  y consiguieron unir al resto de países no anglosajones al grupo, por la confederación cultural, que ganaba peso en Europa. Pronto, como toda naturaleza histórica, se bipolarizó el mundo: el Mundo Anglosajón, antiguo potencia, y los viejos Latinos y otros estados indoeuropeos.
Pero las potencias asiáticas entraron al poder, mientras la India se mostraba favorable a los estados anglosajones, China, que había tenido su propia revolución democrática favorecida desde Taiwán, y  Japón entablaban una alianza junto con la recién unificada Corea. Esto enfrentaba también a Rusia. Un enemigo potencial. Por otro lado, los países árabes también empezaban a despertar, pero con dos posturas, que coincidían en toda África también, la que apostaba la unión África o la árabe (en Asia) y otra musulmana.  Por no hablar de Sudáfrica, que apoyaba al bando anglosajón, o los países de influencia francesa, italiana o hispana, como Argel, Marruecos y el Sahara, Libia o casi todo el Magreb que tenía una triple incógnita : la Unión bereber o magrebí, la musulmana o la africana.
Ya no eran dos frentes sólo, eran cuatro, pero que, excepto los países árabes, apoyaban la confederación por parte de los “latinos-europeos”, aunque tuvieran entre ellos disputas como la de Rusia-Lejano Oriente.  Además de las luchas internas, el nacionalismo unilateral, que no quería unificaciones, el nacionalismo panculturalista y los movimientos panreligiosos. Ese periodo fue oscuro: todo el final del S. XXI fue algo polémico. Pero salió victoriosa la confederación. De ésta, la repartición del planeta Sol Eterno, por alusión al Imperio Español, fue para la confederación hispana.

Allí estaba el Coronel General, Landero, que era de origen gallego y tenía un tono de voz que recordaba a un viejo dictador de mediados del s. XX que se había establecido en la no unificada España. Cuando entró, le vio con cara de Rottweiler. No le debía de gustar lo que le iba a decirle, y eso debía ser bueno para él; le tenía manía, le odiaba y, también, en parte, le envidiaba por su gran cerebro militar. Una vez le indicó una maniobra para un combate, la cual había realizado un tal Rojo Llunch, pero éste se desentendió y le increpó por no obedecer sus órdenes: ir al mismo infierno, al Tártaro sin dudar.
El Coronel General tiene muchas calaveras en la espalda, pegadas a las cavernas, totalmente a oscuras, de su mente y su corazón. Cuando, esporádicamente, sangraba, era culpa de una acumulación, y tenía que excretar unas cuantas. Landero había tenido ciento una derrotas, en frente de una victoria, pero que sólo se le recordaba por esa misma victoria pírrica en la que un ejército extraterrestre, que superaba en número al nuestro y que era casi primitivo, fue derrotado con una maniobra de libro de ataque a distancia  y huida para rematar con un ejercicio de tenaza a lo Aníbal Barca. Y, por ello, había llegado a ese puesto; era el Franco de la época, un hombre de las guerras de Marruecos. Aunque fiel a la Tierra, a Hispania (o España, o Iberia —ya que estos términos le daban igual, ya que era mucho más ambiguo y algo más flexivo que los generales del s. XX reaccionarios, fascistas o totalitarios—).
-          Tenéis misión —Dijo con un tono militar y en segunda persona que denotaba el alejamiento lingüístico-emocional con él—. Hay que cazar a un bicho. —Continuó, ahora, más personal. Como intentando contener su odio contra P. — Es una especie de perro gigante que, creíamos, estaba extinguido y que es muy peligroso.  Mira —Ordenó, como militar que era; sin decir nada más que eso, le señaló una foto ilustrativa.
P. miró la foto. Sí, parecía un perro; pero no lo era, sino más bien era como un perro pantera rojo, o negro —Según la zona, le explico Landero—, que tenía dos mandíbulas y unas patas enormes con garras como garfios. Sus ojos eran de color verde, como la Luna terciaria, ya que en el planeta hay otra más, que en ese momento se escondía. Su cuerpo podía pesar unos 300 kilos a poco y medir de largo unos 3 o 4 metros.
Había sido un animal cazado, cuando el planeta era un lugar donde todo ricachón que se lo permitiera venía por su amplia aventura en ese lugar, punto de los mayores y mejores cazadores, como de los idiotas más integrales, que morían al poco al no aguantar un clima tan cambiante. Porque la zona en la que estaba era la caliente, ya que en la fría había árboles de color verde donde las bajas temperaturas chocaban con el calor del norte-sur. Por alguna razón, el norte y el sur les llegaba la luz solar con más intensidad que en el centro, donde los casquetes de hielo se acumulaban, con un gran lago donde confluían todos los ríos del planeta, los cuales nacían en las zonas calientes.
Al descubrir al animal, se habían sorprendido. No porque no estuviera muerto, sino por su mortandad; cuando llegaron, aunque por su tamaño era un animal terrorífico ,al mirarlo, era más bien  pacífico. Y tenía algo que les encantó a los cazadores “furtivos”, que no eran tan “furtivos”. Éstos animales producían una excelente carne, además de espectáculo, y una sustancia parecida al petróleo, por lo que se podría producir plásticos increíbles, pues el petróleo había sido dejado como combustible hace tiempo. Además, muchos animales habían sido extinguidos, o estaban a punto de serlo.  Menos mal que no había llegado ni la industria ni la urbanización del planeta; de haber sido así, lo que le faltaba para que el planeta cayera en la miseria, siendo un planeta magnífico para los naturalistas como para los amantes de la naturaleza o de la belleza.

La  patrulla encargada de esa caza se preparó para ello. Eran tres hombres, incluido P., y dos mujeres. De los hombres, el más fuerte aparentemente era Jorge Piedra, que era un musculado y estúpido mastodonte que no creía en los planes, además de Carlos, un tipo flojillo, tirillas y que siempre estaba a disposición de Jorge; entre las mujeres, estaban Carla, una feminista que nunca aceptaba ninguna idea o asunto que no fuera suya y menos una opinión masculina, e Irina, la más joven, jovial e inteligente, la que mejor le caía a Jorge. Aunque, a excepción de Irina, no le caía bien el grupo, iba por obligación. No era plato de gusto, eso seguro.

***
Salimos por las puertas del recinto de seguridad Sagasta. Sin más, sin ninguna despedida. Estilo militar. Ni una floritura. Mejor. Pantomimas las justas. Eso para los héroes, o superhéroes de las películas. Nosotros somos de carne y hueso.
Las puertas grandes y chirriantes se cierran con nuestra salida. A sus lados las murallas, decoradas por miles de cables de alambres conectadas a un sistema eléctrico,  con los extremos acabados en atalayas de hormigón y hierro. Estilo funcional, al tipo estoico del s. XX, que todavía se mantiene.
Delante continúa la vista de un inmenso bosque, más bien selva, de árboles exóticos de color rojo, con pigmentos negros e incluso algunos totalmente de ese color. La mayoría tienen formas curvas con hojas redondas del mismo color; sus troncos tienen un color rojizo, aunque también como en la tierra son algo marrones.
Desde allí, no se ven ni los dos soles ni las otras dos lunas. Aquí hay tres días y tres anocheceres, aunque dos son muy cortos: de 9 a 12 de la mañana y 5 a 8 de la tarde. El resto de la noche es normal, dentro de lo que cabe, ya que es algo más corta.  Pero eso es en la época de “lunas”, cuando se pueden ver a las otras dos “menores”; en el periodo de “soles” hay poca noche y las lunas “menores” no son apreciables. Se van turnando cada día.
Es un periodo de lunas, y hay que tener cuidado con los horarios. Pero acaba de anochecer por primera vez.  Hay suficiente tiempo.
Caminamos por la senda.  Jorge dice que tiene que ir a mear; lo esperamos un buen rato, ya que el “Marques” es picha delicáa. Carla se molesta, nos suelta unas tonterías feministas y se pelean “el marques” y “la corta-pollas”. Irina pasa del tema, y Carlos asiente a todo lo que dice Jorge cada vez que argumenta con un “tengo toda la razón, ¿a qué sí?, y el perro-Carlos da la razón—la poca que tiene.  
Llevamos unas ametralladoras Hojarasca 3 Garand. Su nombre viene de la novela de Márquez, ya que su creador era un admirador, lo cual es bastante siniestro; Garand es porque está basada en la famosísima M1 Garand americana de la II Guerra Mundial. Aunque las llevamos, creo que parecemos más unos niños de infantil o de guardería que unos militares profesionales. Lo raro es que ellos estén vivos; menos mal que son muy buenos. La supervivencia. La maldita y evolutiva supervivencia. Todo parásito intenta crear copias idénticas de su propia existencia, hasta el infinito, o hasta que le dejan, claro.

De repente, al caminar, siento un calambre cerebral, y todo se metamorfea: los árboles rojos tornan a verdes pinos, mis compañeros desaparecen y un humo industrial se vislumbrar por entre el manto de árboles. Camino con una cesta de setas. Hacer paseos por los bosques en busca de setas me apasiona. Una afición de toda la vida.
 Al final, se encuentra Penélope con el coche al lado. Me conoce cómo para saber dónde estaba; mi rutina es estar ahí, pues conoce mi gusto a la naturaleza, al paseo sin esas chorradas del futin (footing) y la caza, aunque no el matar por matar. Está muy guapa, muy sexy; el deseo me corroe el cuerpo sólo con verla.
De nuevas, todo vuelve a desaparecer, y mis compañeros reaparecen, los árboles rojos y ese planeta vuelve a ser como era.  
No parece que haya nada; todo es silencio, que a decir verdad es muy incómodo, una neblina, que rodea los árboles, y los nervios. Mantengo el arma en alto; puede haber un enemigo en cualquier sitio, puede intentar atacarnos, puede pillarnos despistados y matarnos sin miramientos, y no sería nada extraño. Los demás están precavidos, pero parece como si todo eso fuera de otro lugar; es como si estuvieran en otro lugar, posiblemente, la tierra. Como antes yo.

Es lo que tiene; a veces, nuestros cuerpos traspasan el espacio-tiempo sin querer. Vuelvo a sentir ese cosquilleo; todo vuelve a cambiar. Estoy montado en el coche con Penélope. La radio está puesta; hay un grupo de esos “modernos” que más que música parece que te van a volar la cabeza. A ella tampoco la gusta, pero es indiferente. Los compases, si es que los tienes, son una imitación barata de un corazón; en él, se repite el mismo “zumbido” grave, que revienta tímpanos, y, luego, sale un estrambótico coro para cantar “la fiesta y la vida”.
Me mira. Sonríe y vuelve a mirar adelante. La lluvia cae fuera, mientras las gotas chocan por el coche, que las hace deslizar por todo el armatoste de engranajes. Es un coche viejo, de los de anticuario, y que echa humo por el tubo de escape. Si no supiera que el coche es seguro, hubiera pensado que esa lluvia iba a establecer la cuenta atrás de un mecanismo que había explotar el coche, con nosotros dentro incluidos. Muertos como sardinas enlatadas.
Quita la radio. Mejor. Me pregunta que qué tal. Y yo digo que no hay casi níscalos ni na` de na`. La contaminación ha destrozado casi todas las áreas de bosques. Hasta la lluvia, que caía por fuera e iba quitando la tapicería del coche, lo estaba; el ácido corroía el vehículo, y, como muchos coches viejos, habría que cambiarles más de la mitad de sus componentes pronto. Llover, en el s. XXII, es una mierda, un chumino inmenso.
Ella asiente con resignación. No queda otra; si es así, habrá que vivir con que la tierra se pudrirá, al igual que envejece una madre por culpa de sus hijos, los cuales ya se van de casa, o, mejor dicho, de fiesta.  No quiere hablar de mucho más. ¿Qué decir? Se me cortan las palabras que querría poderla decir; así son las cosas, van pudriéndote el cuerpo, como ese ácido que caía por la lluvia contaminada.
Hay un silencio profundo. Hace daño a nuestras mentes, y se va estirando, creciendo y expandiendo en nuestros corazones; no sabemos qué decir ni hacer.
La digo que me tengo que ir; ella deja en silencio su respuesta durante un tiempo largo e incómodo. Un rato después me dice: “No quiero que vayas”. “¿Cuándo vas a volver?” Y la digo: “¿Quién sabe?” “Cuándo digan los de arriba…” “Ellos mandan; por mucho que les votemos, hacen lo que se les antoja.”
Ella sigue conduciendo. No dice más. Lo va rumiando. Piensa, más bien, duda. Espera qué sacar, mediante su mente, sobre tal contestación. Minuto tras minuto, se agolpan éstos sin que ella diga nada. De pronto me mira a la cara; su rostro es inexpresivo, pero sé, como la conozco, que está angustiada.

Los árboles rojos vuelven a estar ante mis ojos. Los compañeros están tensos; Jorge ha oído algo y Carlos le ha parecido que se movía algo entre los matorrales. Sea lo que ronda ese lugar es grande. “Es esa cosa”. Seguro.
Todos apuntamos, cada uno a diferente punto. Es una táctica de combate; más bien, una lógica aplastante para discernir de dónde te van a atacar. Aquí, en la jungla, matas o te matan.  Y, encima, hay que tener cuidado con tus compañeros, ya que en la jungla sólo hay anarquía; en un descuido, sin mucha metafísica ni ética, puedes acabar muerto, como una rata para ser catada por la carroña de este planeta.
Esperamos, pero nada. No pasa nada. Carlos se destensa y deja de apuntar. Dice: “Ja. Aquí no hay nada”. De pronto, el bicho sale de su escondite y, al vuelo, lo coge por la boca; lo mata sin más, sin comérselo, pues no es ese su objetivo, no, su objetivo es matarnos. Está claro, ese bicho no desea comida. Estamos invadiendo su hogar, y lo está defendiendo.
Se vuelve a esconder, pero cuando vuelve a asaltar a por Jorge, éste lo esquiva, mientras le clava su cuchillo. Es inútil. Aunque esté descubierto, lo arrolla y se lo lleva sin que ninguno pueda hacer nada, ni disparar. A pocos metros se oye como crujen los huesos de Jorge; para el animal parece como una golosina. Tiene buena mandíbula…
Carla nos cubre las espaldas. Está esperando. Pero, de pronto, se vuelve hacia nosotros y dice: “¿Pero dónde está?” En ese momento, la boca con dos series de dientes, tanto en la parte inferior como superior, aparece en las sombras. Ella se da la vuelta. Casi chilla de terror, y empieza a disparar a su garganta. El animal no parece serle difícil esquivarla. No apunta bien porque está aterrada como nunca. No parece una veterana.
Cojo la mano de Irina y la hago salir corriendo hacia el norte; no vemos que la sucede a Carla. Continuamos corriendo los dos juntos. Estamos aterrados. Aunque había cazado animales de todo tipo, esa cosa, aun habiéndola vista en una imagen, era algo que no habíamos visto jamás.

Parece que damos vueltas sin ningún orden aparente. Paramos en un lugar donde hay un claro de luz; hay poca luz. Va a anochecer, y eso no es bueno. Deberán ser entre las 4:30 y las 4:45.
***
P. e Irina estaban frente al claro. Ha anochecido y se habían cobijado juntos. Estaban echados en un tronco de un árbol, más robusto que el resto, y se habían abrazado.
P. hacía tiempo que no estaba junto a una mujer en mucho tiempo; se le erizaron los pelos del cuerpo, sintió la anomalía de la situación con nerviosismo y, aunque era un momento de riesgo, pudo sentir el deseo. No podía evitarlo. Era muy hermosa. Casi no veían a lo lejos, pero, entre ellos, se miraban. Su melena pelirroja acariciaba su piel. Ella tenía miedo, pero, al paso del tiempo, notó esa sensación que él sentía. No era ni demasiado guapo ni horrible, mas parecía un punto intermedio, pero, si se debía definir, le atraía.
Tragó saliva. Era un momento incómodo. No podía, y no sólo por la situación; sabía que le esperaban en la tierra, y si hacía aquello que deseaba su cuerpo, irrefrenablemente, haría crearle un secreto que no podría ocultar. Era mejor no dejarse llevar. Además, hacer el amor con un ser así pululando por ahí no era buena idea.

De pronto, empezó a llover. Sus cuerpos se mojaron mientras una tormenta “tropical”, o lo que fuera, descargaba por encima de sus cabezas, porque la mayoría del agua, mediante un sistema de riego natural que iba distribuyéndose por los árboles, caía por las copas de los árboles e iban deslizándose hacia abajo. Aunque, aun así, se mojaron; sus cuerpos estaban calados.
P. pensó: “Y encima esto. Calados, con un animal furioso y sanguinario suelto por ahí y con una posible erección en situación de levantar todo su sistema sexual en estado de posible cópula.  Lo mejor para un Sábado por la tarde. Lo tercero no estaría tan mal si él no estuviera casado y no estuvieran en tal situación, pero en el contexto es una putada del copón. Una mierda. Una gran cagada.”
El agua dejo de caer y la tormenta se fue deshaciendo. Además, los soles fueron apareciendo; la luna menor segunda ya había acabado su ciclo, pero quedaban pocas horas de luz. Pensó: “¿Por qué no nos habrán dado linternas?” “Hasta para esto son unos inútiles, unos jilipollas integrales.” Entonces, sintieron el despertar del gigante. Ella le miró a los ojos. Esbozó una sonrisa.
Ella dijo, “No pasa nada”. No sabía que estaba casado, pero era una situación muy… muy extraña —y en un lugar caliente, pero esa tormenta y esa jungla congelaban todo sentimiento.
Siguió sonriéndole. Lo besó. Él no pudo hacer más que aceptar el beso. Negó con la cabeza. No estaba bien; claro que no estaba bien, pues tenía a años luz su hogar, que era muy lejos, pero, aun así, estaba claro que pronto volvería. No podía. “Estoy casado”, dijo.
No podía. Ella dijo: “No pasa nada” Le acarició. No lo amaba, no estaba en ese punto, pero le tenía cariño y hubiera querido hacerle el amor. A él, le pareció algo muy extraño; pensó que las mujeres eran muy raras, por lo menos para él, aunque ella fuera alguien muy cercano. Nunca se llega a conocer a nadie, ni a uno mismo.
Aún con ello, ella lo acarició con las manos. Aparentando no hacer nada malo. Él se levantó. “Vamos”, dijo. “Habrá que hacer algo, ¿no?” Le dio su brazo, y, apoyada en él, se levantó del suelo.

Estuvieron un buen rato a la deriva. Esa selva era inmensa. Kilómetros y kilómetros  de árboles, como antes en la primogénita tierra; como en España, en tiempos de íberos, celtíberos, de los celtas peninsulares, los fenicios y cartaginenses, los griegos y romanos, cuando un conejo podría correr desde un punto a otro sin dejar el bosque.
P. sintió algo moverse. Advirtió a Irina. Los estaba vigilando. Siguieron caminando. Ahora, les tocaba esperar a ellos; había que aprovechar el conocimiento de sus ataques. Debían aprovechar el movimiento del adversario y convertirlo en su propia tumba. Ese principio era el de todo buen general o dirigente militar. Y no había más.
Hicieron como si no hubieran notado su presencia. Aunque no lo veían, sintieron su aliento y sus ojos en la nuca; era más bien en su imaginación, pero, sí, estaba allí, esperando. Esperando el momento. Su momento. Ellos se movían mientras él los seguía.
Sintieron su salto, y lo aprovecharon para dispararle, pero fallaron. Ella se alejó de él, y él tuvo que esquivar sus acometidas. Dejaba que saltara sobre él, lo esquivaba y le disparaba. Pero parecía haber fallado todo los disparos. Ella intentaba hacer algo, pero no podía; todo era tan rápido que sólo le quedó mirar. Hicieron lo mismo durante decenas de veces, aunque parecían para P. que eran horas enteras, el mismo movimiento en un lapso de tiempo breve, de segundos, pero ninguno acertaba. Parecía que ninguno quisiera dañar al otro.
Luego, corrieron de la mano por la selva; mientras el animal saltaba por entre los arbustos y los sitios elevados para intentar cazarlos, pero no acertaba. Ellos eran muy rápidos también. Era muy grande para ser muy veloz como otros animales terráqueos parecidos a él, y tenían esa ventaja. Pero en una de sus embestidas casi alcanzó a Irina y la hirió en la pierna, lo cual P. aprovechó para disparar y casi lastimarlo, y salió corriendo.

Llevándola por la cintura, la arrastró hasta una casa que parecía como un de los refugios típicos de la zona; una antigua edificación de exploración. Tenía botiquines y pudo curar la herida, pero no podía caminar. Había que esperar, otra vez. Iba a ser de noche y parecía que iba a volver a caer una buena tormenta.
***
Estamos en la casa, refugiados. La he curado la herida. Me mira a los ojos, diciendo, con su expresión, que tenía, como yo, la sensación de que nada podíamos hacer. La desasosegada idea del hastío. Un hastío impotente, pero no furioso sino más bien triste, o sin sentimiento, vacuo.
Oigo cómo los relámpagos están cayendo cerca. Una gran tormenta se agita sobre nosotros; es la misma de antes, acabando su festival.  Se oye el repiqueo de las gotas al chocar con el tejado de la casa y las tuberías desalojar el caudal por la tierra, que va encharcando en forma de barrizales. 
Es raro. Durante la tensión no ha caído una sola gota, pero, ahora, cuando la paciencia y la calma nos asfixia, cae el diluvio universal; es una ironía, como la ironía de algún dios que nos quiero gastar una maldita broma macabra. Debe ser un cabrón, o un puto genio, porque parece alejar a “esa cosa”. Pero nos mata, de otro modo; nos está ahogando en este sitio.  Un Cronos del mundo, o mejor dicho, del universo, porque “mundo” sólo se referiría a éste, pero si fuera un Dios, lo sería de TODO, sin excepciones. A no ser que fuera una fuerza, o algo así, que sólo pudiera manifestarse en éste lugar con nosotros. Un sociópata. Clarísimo.

Estoy cansado, pero no puedo dormir. Irina está dormida. Me siento en la colcha de la única cama, donde yace ella, y miró las paredes de la habitación; son como las de época colonial, a un estilo organicista de S. XXII. Ahora se lleva otro, “un novedoso sistema arquitectónico”, que es casi el mismo, pero más embellecido.
Las paredes de esa casa en medio de la selva, en un instante, se reconvirtieron en la de las de mi casa, en la tierra, también, entre las selvas, selvas de hormigón frío con ventanas de cristal opaco. Allí estaba mi mujer, sentada en el sofá de su casa, mientras yo la observaba con las cosas de campo. Estaba absorta. Y parecía dormida.
Estaba levitando en el espacio, por el cual iba irme, y dudando cómo contarme lo que llevaba rumiando todo el viaje a casa. Entre las estrellas, estaba su nave; ella descansaba en una de esas luces azules, que yo podía ver por mi ventana, acunándose y contando nanas en ese lucero.  Una estrella de luz azul, nueva. Una esperanza que se desvanecía a lo lejos; mi nave me lleva a la guerra.

Yo me voy hasta el balcón. Puedo ver cómo vuelan las nubes negras, llenas de ácido. Estamos en un rascacielos que supera todas las medidas impuestas en el s. XXI para edificar, esos cánones de vida, con la frase de Le Corbusier, “Una casa es una máquina de vivir” —a lo mejor es que, como toda máquina de nuestro tiempos, han deshumanizado al hombre y no son más que “eso”, máquinas sin vida—; las 124 plantas se vislumbran desde esa planta 101. Desde la ventana veo las naves comerciales pasar; algunas llevan mensajes publicitarios, otras de propaganda política, otras, simplemente, son de mercancía.

Ella me dice: “Estoy embarazada”. Al principio, no hago nada; estoy como en un shock, en que me alejo de la tierra y habito el mundo de los pensamientos, en uno que no es ni la misma tierra ni en el que voy a ir. Es un mundo caótico, pero ordenado; en él, todas las cosas, los recuerdos, los sentimientos, las ideas y mis seres queridos o conocidos —algunos hasta odiados— van levitando. En él, está mi mujer con una barriga de tres meses; luego, tras ella, otra misma Penélope con seis meses y, otras vez, está, escondida por ésta, mi mujer pariendo a mi hijo; finalmente, sale mi mujer con un bebe que ella va acunando. Detrás, aparecen él y ella, envejeciendo con mí sombra desaparecida de la faz de la tierra, y no es algo literal: estoy en otro planeta.
-          P. —Me dice.
Me grita otra vez, y otra vez más. Se acerca a mí, y me grita al lado.
-          P. estoy embarazada; no sé si te has enterado.
-          Sí. Estaba…
-          Pensando…
-          Pero… me tengo que ir.
-         
-          Y puede que no vuelva en años, muchos años; a lo mejor… ni veo a mi hijo. —Digo con un terror entre el shock que me hace que no pueda hablar; me tiene en una telaraña pegajosa en la que no puede escapar— Estarás sola…
-          Sí. Muy sola. Tendré que criar a nuestro hijos sola, y, encima, con la mierda de paga, con la mierda de subvención…
-          Sí, una mierda de vida; está flotando la mierda —Digo como siguiendo la línea de mi mundo metafórico de los pensamiento. Volando—. Con la mierda flotando. La mierda de hogar que es… Todo. Todo…—Digo desesperado, a punto de un ataque de sicosis entrando en mi mente.
-          Sí.
Me quedo callado. ¿Qué puedo decir? No sé qué… qué. Esa es la respuesta: qué. El qué.  Qué deparará el futuro, su vida, la mía, la de mi futuro vástago lejos de mí. Me giro y miro por la ventana. “Nuevo gobierno.” “Prometemos bajar los impuestos, crear empresas, fomentar a…” Tonterías, pamplinas.  Chumines. Mierda. Puta mierda. Eso, puta. Puta la vida, que es tan proclive a abrirse de piernas como cobrarte bien la noche de lujuria. No es una metáfora de la vida sexual con mi mujer, es una metáfora de cómo se cambia el punto de vista, de la alegría al desgarro, de la comedía a la tragedia.
Ella se apoya en mi hombro. Me acaricia con las manos, y, finalmente, me abraza, con todas sus fuerzas: no quiere abandonarme. Y yo tampoco quiero. Pero, pronto, estaría en una nave para un planeta lleno de peligros, de cosas que no había visto ni vivido; estaba acongojado, por no decir, finamente, acojonado por tal idea. Era un consuelo su calor, un consuelo aliviador, aunque no duraría mucho. Pero era un consuelo. Algo a lo que agarrarme.

He despertado. He estado durmiendo. Estamos abrazados Irina y yo. No hemos hecho nada, pero nos necesitábamos el uno al otro; fue algo que pedíamos a gritos. Éramos unos desarraigado en esa “casi” cabaña, mientras un animal, tenebroso, que nunca habíamos visto en nuestras vidas, entres las selvas de un mundo que no era el nuestro, nos perseguía, sin alguna piedad. Habíamos atacado, y, aunque nosotros, concretamente, no tuviéramos la culpa, íbamos a pagar los pecados de una raza y, más, de una cultura salvaje, la hispana.
***

El planeta Sol Eterno despertaba con sus dos solos soles, sin sus dos lunas; era el periodo de “soles”. Tiempo de luz. Era bello ese lugar, en esos momentos; un haz de luz, como si hubiera dirigido por un espejo, se dejaba ver como un manto que se dirigía hacia aquella casa. Era como una mirilla.  Hasta los soles, como unos portavoces celestiales, marcaban el objetivo del francotirador. P. se sintió como un cadáver que está muerto pero que no lo sabe; que deambula para buscar algo que dejo en "el otro lado”, que era, sin dudar, la tierra.
Esos pájaros insoportables, como una especie de fusión de loro y pavo de real, por la cola, lo único que los unía con tal especie, los Loros Reales tronaban con un grito casi de gallina de guerra, otra semejanza con animales terráqueos, pero que, con todas esas semejanzas y analogía, no dejaba de ser un animal totalmente diferente a los de la tierra. Eran enormes, como las gallinas del norte y los urogallos, y tenía vivos colores de tono naranja, amarillo, rojo y purpura. Les gritó, pero estaban a cortejar hembras. Toda la fauna del lugar debía de estar confabulada, pensó P.
P. creyó ver la señal de que ese dios, de aquel mundo, de Sol Eterno—o Soles Eternos—, estaba haciendo un chiste con su muerte; se estaba riendo de ellos, y los dejaba, más bien, como los juzgados por la inquisición, marcados para ser aniquilados por “ese ser”. Fuera lo que fuera, Dios o Naturaleza, o azar disfrazado de designio fatal, les preparaba el terreno para hacerles acto de presencia el último acto, el último compas que daba por terminada una canción, como la de ese “Loro Real”.
Se fumó un cigarro. Hacía tiempo que no fumaba, pero saber que iba a morir, de eso estaba casi seguro, le hizo volver; iba a disfrutar de sus últimos momentos. Morir como un valiente, vale que sea algo honroso y grandioso, pero, ante todo, uno mismo, y esas cosas que la vida hace que tenga sentido. Con toda la tranquilidad con cada calada, se iba quitando segundos, minutos o horas de vida, que no sabía cómo se lo iban a descontar, quien se lo fuera descontar del reloj de la vida, si ya estaba muerto; que el morir fuera gracioso era algo idiota, algo, también, por cierto, hilarante, pero sin la risa nada sería lo mismo: un tiempo para llorar, otro para reír.
Irina se levantó, cómo pudo pues todavía estaba dolorida y, lo más claro, lo suficiente herida como para no dar más de tres o cuatros pasos seguidos sin tambalearse. Todo el deseo, la sexualidad o lo demás que estuviera relacionado se había extinguido su oportunidad con tal percance; y, para él, le pareció mejor. Así no tendría que esconder, primero, un secreto y, luego, tener que pasar malos ratos por contar que tuvo un delis con una compañera que cualquiera hubiera hecho lo que fuera por tener de amante.
Se acercó, como una tortuga gigante, y le preguntó:
-          ¿Pasa algo?
-          No. Nada. Todo tranquilo. El Loro Real cantando, una luz que nos señala y, por ahora, nada más que señale dónde estamos, nada más que llame la atención de esa cosa; que saliera alguna “marca” más, sólo significaría que “Dios”, el de ese mundo o el del universo, o el Demonio, está queriendo jodernos y reírse de nosotros.
-          Puede ser… Ya ves los dioses griegos, qué juguetones eran. Tenían miles de historias: con guerra, amor, sensualidad, pura maldad, pura bondad, belleza o castidad, y mil cosas. Y, también, solían ser los humanos sus juguetes, unos muñecos que usaban como ellos deseaban por un fin. Un fin que era algo metafísico, el cual ni los propios dioses, a veces, llegaban a comprender, porque eran, en verdad, también, humanos, pero superiores, y sólo en algún momento después se descubría el porqué.
-          Sí, vaya que eran unos sinvergüenza de cuidado; si hubieran existido, habrían destruido el mundo en siete días, lo mismo que tardó Yahvé, Dios o Alá en crearlo.
-          Bueno… O no. No todos eran buenos, o malos; es algo, ¿Cómo decirlo?, relativo.
-          No existe ni el mal y el bien, ¿Me quieres decir, Irina?
-          No. Claro. Digo que es algo conceptual, como las palabras son metáforas del pensamiento, como los sustantivos concretos, lo son de lo que son de los objetos y las sustancia terrenales. El bien es algo que es en sí su busca, el fin es el medio, porque cuando se cree que, sin dudar, lo que se hace es el bien, ya se comete mal.
-          Es decir, el bien puede crear al mal.
-          Sí, e incluso el propio bien ha creado al mal; y el mal ha creado al bien. Los dos son una misma cosa, pero el Bien, o el Supremo Bien, no es más que su incógnita.
-          Es maleable…
-          Sí, como ese ser. No es ni bueno ni malo. Lo consideramos malo, pero no tiene la capacidad de dudar, pero nosotros sí, y, a veces, sabiendo del mal, lo cometemos: eso es el…
-          Mal Supremo.
-          Sí, y no. Incluso el propio equilibrio, que sería el Bien Supremo, por lo que hacemos entender, sería un mal; cuando el equilibrio se queda estancado, el bien llega a ser cualquiera de los lados de la balanza, que consideraríamos malos, porque como todos los seres vivos, las ideas, están en constante movimiento. El Mal Supremo es la inmovilidad.
-          ¿El espacio es acaso el Mal Supremo?
-          Para nosotros sí, hasta nos mata y da miedo.  Pero tampoco. Es algo inerte. Los malos son los que viven y razonan, por tanto. Los que pueden cambiar.
-          ¿Y el tiempo, es un Bien Supremo?
-          Pasa lo mismo, pero tampoco. El movimiento es algo de los vivos, pero, si ves la naturaleza, un movimiento brusco puede estropearla, por tanto, también es un tipo de mal.
-          Vamos, que el bien y el mal es una mierda. No lo sabremos nunca.
-          No sabemos nada, y cuanto más sabemos, más sabemos que desconocemos, hasta lo que creemos, pues es una fe, desconocemos de su existencia.
-          Vamos un Caos…
-          Y un orden.
-          Un caos ordenado, o un Orden caótico. Donde nadie sabe todo, ni nada. Siempre el extremo, chocando con su punta.
-          Pero los extremos se tocan. Y se abrazan.
-          Como los budistas… todo está conectado… Como el globo de este mundo, o de la tierra… —Dice P.
-          Sí. ¿Por cierto, por qué hemos iniciado esto?
-          Ha sido él. Ves, juega con nosotros y nos da señales.  Quiere decirnos, es la hora que acabéis vuestra acción y yo ponga fin a la obra. Puedo daros más vida o menos sin quitar o sumar vida a mi objetivo. ¿Qué cuál será, por cierto? —Dice P.
-          Debe de estar relacionada con ese animal. Algo en él.
-          Como nosotros, está jugando con él.  Debe estar unido a nosotros, aunque a otro nivel.
-          La vida. Puede ser la vida. —Dice Irina— Es por lo que hemos estado corriendo todo este tiempo….
-          Sí, debe ser así. Mira, ves, ya viene —Dice P. mientras la “bestia” se acerca —. Es mi hora. Quédate aquí. Ese animal y yo somos quienes estamos encadenados a encontrarnos. Es la hora. El acto final.
P. se despidió de Irina y salió corriendo por el suelo lleno de barro que le hacía caminar más y más lento; detrás, estaba la bestia que lo perseguía.
***
Estoy corriendo. El barro cubre mis botas y mis pantalones. He salido corriendo, pero es más veloz que yo, y me pillará. Menos mal que he cogido mi arma. Menos mal que me he acorado de llevarla conmigo. Es una cosa que nunca olvido. Es como algo automático.
Lo oigo. Pasea por la espesura, cavilando una estrategia, pero no le quiero dejar; cuanto más corra, más posibilidades hay de que uno falle. En estas condiciones, es así, simplemente, un juego de azar para descubrir quién gana. Él defiende su tierra, yo mi vida. No hay más.  Nada más.
Salta y sobre vuela mi cabeza. Quiere asustarme. Lo vuelve a intentar, pero yo le esquivo. Esta vez quería herirme. No va a poder conmigo tan fácilmente. Voy a luchar con uñas y dientes, con las botas puestas, aunque llenas de barro. Un hombre de acción del S. XXIII en otro planeta.
Siempre tiene el mismo modus operandi. Podría aprovecharme. Siempre fallo, cuando intento darle, después de esquivarlo, es demasiado rápido. ¿Y si le plantará cara? Me puedo arriesgar. Sí. Claro que sí. No me queda otra.
Él salta. Yo aguanto sus dientes con mi arma. Pugnamos por la vida. Entonces, él está frente a mí. Yo le apunto. La verdad, no sé por qué lucho. Pero necesito vivir; lo deseo. Él también. No entiendo el porqué de ello. Nos quedamos mirando. Ahora lo entiendo.  Los dos hemos luchado por lo mismo, nuestra tierra y nuestra vida. Él defendía lo suyo, porque se lo hemos arrebatado, sin más. Esa bestia sólo era un animal más que quería “vivir”.
Dejo el arma. Le doy una patada. Se acerca unos pasos, lentamente. Toca el arma. Lo entiende. Me mira inexpresivamente. Se acerca. Estamos a unos pasos. Él me olfatea.
No me hace nada. Se vuelve. Y, hacia atrás, aparece una manada de su especie. Decían que estaban muertos y extinguidos y, luego, que queda uno; en realidad, estaban escondidos, para que el hombre no pudiera matarlos con su locura. Esos locos animales sólo querían vivir en paz, en su ser, pues todos somos como somos y hay que vivir. Eso eran esos animales. La vida. Y el ser humano se aleja de la vida, poco a poco.
Una cría se acerca correteando a la “bestia” que nos atacó. Es su cría, sin dudar. Es una hembra.  Ahora, aparecen,  a mi espalda mi mujer y mi hijo. Están cerca, apoyándome con sus manos en mis hombros. Quiero volver a mi hogar. Sea donde sea, pero mi hogar.

15 de febrero de 2012

You won`t see me (Tú no me verás) / Gea desde el Caos


You won`t see me (Tú no me verás)


Estoy afilando el cuchillo. Agh… Lo soberanamente jodido que es tener que hacerlo. Molesta. Pero es lo que hay, como decía uno de mis antiguos colegas a todas horas; cuando los tuve, claro; de eso… hace mucho tiempo. Hace mucho, mucho tiempo… (en una galaxia lejana, tanto como la de La Guerra de las Galaxias, esa película del S. XX).

Oigo el murmullo del futuro cadáver. ¿Por qué chillaran tanto estos mierdas? En cuanto les pones algo de horror, ya se cagan los malditos calzones. Ay, cobardes… Ya lo sé: es muy típico de estos ególatras burócratas. Hacia tiempo que no cazaba uno de tanto nivel. Parezco un cazafantasmas, evaluando al “intruso” que ha dañado un hogar de alguna familia buena y bondadosa… (Nótese la fina ironía de cómo defino al mundo). El “fantasma” es un poliquitucho de éstos de la casta informática: sí, una de las grandes clases de empresarios-dueños de las inversiones de todo tipo de productos electrónicos, como ordenadores o, simples pero necesarios, teclados o cedes. Un buen hilvanista.


Como todo el mundo, que tiene buen ojo, sabe que éstos tipos cocieron, a finales del siglo XXI, su último escalón al poder. Al igual que en la República Romana, con sus defectos y demagogos, fue un sistema aparentemente, excluyendo a la esclavitud y toda sus mierdas, justo y demócrata; en que las grandes familias controlaban el poder. Había demasiado poder, y muchos que lo codiciaban, y un señor que llamarían Augusto, que parecía imbécil por ser un crio, se hizo con el poder. ¿Que cómo? Pues sobreviviendo en su ambiente. En nuestro tiempo, ese sería el Señor Jefferson Ford (sí irónicamente, se apellida como el señor inventor de la División del Trabajo). Hoy casi convertido en Dios, a lo Mundo Feliz. Y es que los Augustos se imponen a todos los demás imbéciles que se ponen ante sí, y consiguen el poder. Hacen como que continúa la República aunque se coronan Imperator. O Sapiencial, que es lo mismo, pero con palabra muy docta.

Si la curia de Roma era, principalmente, de los Patricios, ahora los son esos grandes hombres de empresa. Si antes se peleaban, ahora se reparten las obras económicas, aunque siempre sale algún tipo de contratiempo, claro. ¿Cómo no? El señor Sapiencial actual es Ray De Gaulle, un descendiente, según dicen ellos, del gran general francés —que lo de grandioso, podríamos discutirlo—. De Gaulle no era un dictador, al revés, fue bastante demócrata en comparación a un tipo que, durante su gobierno, no ha tenido ni una sola voz discordante. No entiendo por qué. Aún cuento un montón de casos de locos, culpa de todos los experimentos que hacen para tener una población más controlada; por las represiones y las penurias; por todas esas cosas que no se cuentan… En fin...


Chilla como un chino. Parece que va a ir al matadero. Y sí. Joder que sí. Por dios… Me estoy volviendo tan loco como ellos, pero bueno… ¿Quién iba a culparme? ¿Quién puede entenderme, o culparme siquiera, si no hay nadie que pueda decir lo que piensa, algo que no sea lo que sea lo “correcto”? Ah, ¿quién? La Moral, dicen que es para los débiles, pero no, es para los que son libre; ¡qué narices!: si no puedes hacer nada. ¿Es que puedo hacer otra cosa? ¿Quién dijo que si no hay Libertad no puede haber Moral? ¿Kant? Ya da igual… No somos ya más que espantapájaros, que nos movemos según el gusto de un granjero sediento de frutos de una tierra destruida. Una tierra destrozada por el cambio climático, por la polución, por una guerra antigua que hoy todavía resuena en los oídos y la voz de los viejos. De esos a quienes, a día de hoy, sólo les queda ese sabor amargo, casi de resaca, en sus corazones. Las guerras tienen esas cosas.

¿Ah, y mi chinito…? Mi cerdo… Si fuera caníbal le sacaría unas morcillitas, una pena. Afilo otra vez el cuchillo. Me encanta el ruido del metal cuando choca con otro metal… Es increíble, tan relajante como Yesterday de los Beatles. Ay, ya estoy cansado.

La poca luz de la habitación le da en la cara; la luz proviene de un pequeño vano, casi medieval y románico, por el cual se consigue enfocar su faz asustada. Su cuerpo palpita, su corazón parece resonar en mi oído, como si fuera mi propio corazón. Huelo el miedo, el miedo al dolor, el profundo miedo. Es encantador, como esos dibujos de antes, de los de Disney o los Simpson, que ahora se han cambiado por esa basura de comedias, todas imitándose, sin ni siquiera parecerse a las de Cómo conocí a vuestra madre o Friends.
Ay, que me olvido del hombre éste…

Me acerco. Le clavo el cuchillo, lo zarandeo entre su carne, por entre sus costillas; su rostro grita, pero yo no oigo nada, estoy concentrado en mi trabajo, en mi Gran Trabajo; su sangre lo riega absolutamente todo (mi cuerpo, la habitación); mis manos cincelan como un buen pintor mi obra artística. Entonces mi cuchillo se empieza a deslizar más abajo, cada vez más abajo; pero de pronto subo y grita más, lo que sé gracias al movimiento de su boca (como digo, no oigo; estoy concentrado); bajo y vuelvo a subir el cuchillo, su boca hace lo mismo: parece un mimo o un muñequito de esos que se pueden controlar con las manos. Soy un mago con su títere.

¡Qué divertido, joder! Una pena que sea un tío, un tío viejo; yo que no soy marica, me hubiera encantado que fuera una mujer, me encanta verlas sufrir mientras las hago “el amor” (o la muerte). No es machismo. Son todos una panda de hijos de puta, pero las mujeres son mejores; sin dudas, es verdad que las pobres tienen menos fuerza y crían a la siguiente generación de anormales. ¡Pobres chicas! No tengo la culpa (ni ellas) de que me gusten las mujeres. Nací así, como nací en este mundo de locos.


El cuerpo se descuelga de su último halito de vida. Sus ojos están totalmente abiertos, mirándome; le cierro su boca, que está totalmente abierta. ¡Cómo ha chillado el cabrón! Si no fuera que aquí nadie me puede oír… Ja ja… Ay, nunca cambiaré, cada vez es mejor. El problema es que estoy un poco adicto. Lo diré claro: al principio mataba a esos cabrones de las altas esferas, pero no voy a negar que algún que otra vez he matado a… (digámoslo así, porque no hay así) un pobre inocente (y a veces lo de pobre no es metafórico).
Y sí, no estoy satisfecho. Todavía recuerdo cuando… Sí… Cuando raptaron a mi familia, y que nunca he vuelto a ver... ¡Esos putos cabrones!


Pío Calvario se desnudaba frente a la ducha. Un cuerpo raquítico, cansado de sus doce horas de oficinista; sin músculo, resignado por los corruptos; por todas las noticias “corregidas”, por las novelas quemadas o purgadas, que no podía olvidar. Y se decía: “Esto no es 1984”. Pero casi. La informática había hecho que fuera más maravillosamente sencillo. Las castas no eran oficiales, pero casi. Los políticos eran elegidos, pero se sabía, aunque no se decía que eran elegidos por el hijo de Ford, Marc Ford, un Sapiencial que se erigió en el poder gracias a las viejas garras de su padre.

El agua se clavaba en su cuerpo. El agua era una especie de purga, como un látigo de esos hombres antiguos de la Semana Santa, que había sido retirada ya que ahora el Cristianismo no hacía falta; había para eso, Fordismo, o de otro modo: Sapiencialismo. Modismo de época. Una forma de que no se intente comparar con Un Mundo Feliz. Ironías de la vida. Las pequeñas casualidades.

El agua seguía cayendo en cada parte de su cuerpo, mugrienta de cosas, de un rencor creciente, de olvido… No era un asesino como esos que contrata el gobierno para hacer desaparecer gente, ya que la metodología mental para su control, todavía no se ha conseguido. Con sus manos el pasado no existía, la lógica desaparecía, la causa como desaparecía era imposible de curar, de curar el futuro…, el futuro era de esos hombres…
Las manos agotadas no podían cerrarse de rabia. Su mujer no lo entendía, no podía porque ella lo denunciaría, pero… La quería. La amaba. Aunque no lo entendía; sí entendía el sufrimiento, el agotamiento, el dolor… Su familia había sido capturada en una de esas purgas en las que las torturas y los experimentos se iban sucediendo. Ella lo vio todo… Sí, eso debe ser algo impensable, pero él entendía la impotencia; pasiva, sí, pero la conocía. Aunque ella pugnaba en ese limbo, en que su bienestar era “eso”, “esto”.


Su cuerpo se destensó y se dejo levitar fuera de la bañera; en ese instante, su pie se torció y su cuerpo cayó. Despertó a la hora después. No había nadie en la casa, tampoco nadie notó la diferencia. Un golpe puede ser como un martillo sobre una muralla que permitía que no entrasen la guerra y sus demonios.

No se sabe cómo, pero ese momento todo cambió en Pío; ese odio (pasivo) se acrecentó mucho más rápido. En un principio no. Pero a partir de lo descubrió, sí. El Gobierno tenía más poder del que creía. Habían sustituido a su familia. Su hija decía cómo habían estado al campo, uno de esos lugares artificiales para que fueran los pupilos. Él la escuchaba, pero sabía que no era ella. Sus ojos se abrían de par en par; sus venas se tensaban como piedras duras. Su mujer la acariciaba la mano; él la observaba, ella pensaba que la miraba el escote, pero solamente quería saber si era verdad… Si era verdad que…


Le costó decidirse. Debía hacerlo. No podía permitir que esos impostores le hubieran ocupado la casa y residieran en ella como fantasmas de su familia. Lloró cuando sus manos estrangulaban a su hija, que chillaba sin saber que su padre no la reconocía; ella gritaba, con su voz real, pero que su paranoia no lo dejaba ver, ver la realidad. Ella caía en un terrible sueño mientras su mujer veía, atada a una silla, cómo dormitaba su cadáver sobre la moqueta. Lloraba. Él también. No, no… (“No te engañes”, se decía) Y seguía llorando, pero debía seguir. Esos impostores no lo iban a engañar.

Cogió a su mujer. Para esa clon quería alguna cosa nueva. Se sorprendió que incluso tuviera la misma barriguita de preñada que la suya. Se dijo que eran los nuevos avances de la biogenética. Pero, incluso odiando, se vio sorprendido por la calidad, como esos buenos tasadores de arte. La puso sobre la cama. Ella gritó, sin espetar sonido, porque tenía esparadrapo en la boca. Lloraba; él disfrutaba con un buen polvo de una clon. Ay, los disfrutes terrenales; una buena despedida a los impostores. Hasta tenía un bebe gestacional impostor, increíble. No podía dejar de pensar en ello mientras seguía hundiendo su masculinidad en el cuerpo impostor de su mujer.

Luego recogió todo para que fuera un robo fallido, y lloró. Prometió venganza. Todo eso… Era culpa de un maldito mundo loco; de la corporación que dirigía hasta la respiración de cada hombre, de sus futuros trabajos, de sus conocimientos, todo. Absolutamente todo. El horror, el mismo que tenía, el que había hecho a su familia; el horror que ahora deseaba como venganza o como… ¿Disfrute? Sí, algo de disfrute había en todo ello. Se cogía de los pelos y sus ojos se perdían en un abismo; en las tinieblas de la locura, de la desesperación; entre el llanto y los gritos de una conspiración, que él no podía controlar y era parte de ella. Él era ella, esa locura; y no podía hacer nada por poder regirla.

En esos momentos, salía de casa con el mayor y ardiente deseo de Venganza que un hombre puede tener, aunque esté loco y sus ojos estén desconectados de toda emoción. Sus ojos ya no sentían, sólo veían.


Pío dejo su guarida a las 5 PM. En busca de su próxima presa. Era un buen actor y sabía cómo engatusar. Su siguiente presa deseaba que fuera una periodista que conocía; una mujer… una mujer con un cuerpo hermoso. Deseo masturbarse recordándola, pero no. No había tiempo.

Recordó su figura. Una mujer no muy alta; rostro oval, mirada felina; inteligente, pero, aunque era fría, también era muy romántica. Un poco irónica en sí: como todos, se decía. Somos seres bipolares, la habían dicho una vez; no, somos un foco de polos, más bien, se dijo. A veces, tanto que todos ellos luchan y se enredan para enloquecernos. Así se sentía enredado por miles de villanos, llamados sentimientos, que lo tiraban de un lado a otro.


Soraya lo esperaba. Habían sido compañeros de clase hace tiempo, antes de que se casaran los dos y vivieran vidas separadas; ella se separó, él tuvo… Ese incidente terrible. Sentía pena y amor por ese hombre, que parecía muy inteligente, pero algo infantil; a veces, para ella, siendo una mujer fría y calculadora, era un poco sombrío. A veces pensaba que qué había detrás de esa piel, tan llena de un calor indisipable pero que se escondía en un tempano: había algo tenebroso. Algo oscuro. Pero tenía ganas de ser feliz.

Había pasado una vida con gilipollas, luchando por un buen empleo; partiéndose el pecho por algún tonto. Al final los dejaba, pero siempre necesitaba a alguien; alguna vez se acostaba con alguien por simples ganas de follar, pero no era de esas. No se consideraba de esas mujeres. ¿Qué se le va a hacer?

Se había puesto guapa. Le encantaba vestir bien, aunque no era de sus mayores preocupaciones; sí, verdad, no lo era, pero su encanto era ése. Tenía una magia increíble con la manera de emperifollarse, que sin duda sabía que, tiempo atrás, le había gustado y todavía le gustaba a Pío. Lo sabía en la forma de comportarse de él; se ponía nervioso, tonto. Soraya intuía esas cosas. Una vez recordó que le dijo que su nombre era como el de la protagonista de una serie que emitían de pequeños: Digimón. Era una serie muy vieja, pero que volvieron a retrasmitir por ser muy buena en lo relativo a provocar sentimiento; durante los Años Negros eso era sumamente importante con una población llena de miedo y dolor, de desesperación y deseos de esperanza.

Sí, ella siempre con el amor. El problema es que los sentimientos no hacen que se solucionen las cosas; su Tai no aparecía, y Pío era lo único que se parecía, aunque también aparentaba ser valiente, como ella lo hacía respecto al amor. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo un “solo te quiero” o…? Casi tuvo ganas de llorar, y más cuando ya casi estaba borracha. Hacía mucho que no bebía. Los años… Casi treinta y cinco años. Pronto no podría tener hijos, ni marido, y se la pasaría el arroz y lo que no es el arroz…; y como decía alguna vez: “el coño se la cerraría de no usarlo”, como si se lo hubieran cosido, al igual que una muñeca a su sonrisa, después de un acto de vandalismo de un hermano mayor algo cabroncete.

En ese momento lloró, pero intentó evitar que se le corriera el maquillaje. Había visto ya venir a Pío. “No, coño, tonta; deja de llorar”. Parecía una colegiala, sí, tenía miedo de cagarla; parecía que tuviera dieciséis años; parecía que estuvieran en el instituto jugando con la mirada a ver quién accedía a morderle los labios al otro. Se sintió idiota. Pero a veces pasa… Todos somos un poco idiotas, hasta los más listos.


Viene. Corre, venga, sal, maldito esmalte. Que no sepa que has llorado, eso es malo. Sé fuerte. Sé como una piedra, pero seductora como una de esas hermosas piedras de un paisaje espectacular. Hoy viene feliz. Contento. No es muy guapo, la verdad; yo tampoco y él es muy buena persona. Siempre lo fue. Y si… No, las cosas son así. No te pongas tonta con que si no hubieras metido la pata de adolecente estarías casada y con hijos, pero estarías muerta. Ah, mal rollo. Está muy cachas. Pero si era un escuálido. Ahora lo veo, su cuerpo es ahora como de esos maduritos que han cambiado con los años, pero para bien. ¡Qué cabrón, siempre tuvo ganas de luchar! Siempre fue un… (¡¿Cómo se dice?!) Ah, un superhombre. ¿Era de Nietzsche…? ¡¿Qué más da?!

- Hola —Me dice.

- Hola —Le contesto. Su boca no suelta una sola saliva. Tiene barba. Siempre fue un… Sí, un descuidado, pero ahora está más cuidado, excepto la barba. Parece un Cid de las películas. ¿No era que tenía mucha barba por una promesa? Era algo de una promesa. ¿Tendrá algo que ver?

- ¿Qué tal estás? ¿Cómo te fue en el trabajo?

Le cuento todo, lo desquiciada que estoy, lo desagradable que es el ajetreo. Antes no le solía contar nada de mi vida, soy muy cerrada, pero ahora las tornas han cambiado. Es raro. Sabe raro. Es agradable contarle todo tu sufrimiento a alguien, al igual que estar en un confesionario; además que te escuchen y comprendan es muy aliviador.

Es muy guapa. Una pena que sea otra de esas copias baratas que se exhiben por el mundo. Me quiere engañar, quiere que me enamore, y luego matarme. No, caeré, será ella quien caiga... Ella sonríe. Tiene una hermosa sonrisa… No, idiota; sé fuerte, fuerte como una piedra…


Borracha como una cuba, se arrastra de la mano de Pío; Soraya no sabe lo que la espera; no la noche afrodisiaca y de amor que deseaba; eso sí, frenesí, sí. La tonta no puede escuchar el pensamiento de quien la vida le ha vuelto un autómata, un justiciero que acomete, como por acto de dioses que luchan contra unos enemigos demasiado fuertes, que controlan el mundo; él es el Teseo que lucha contra el Minotauro, ella es la Ariadna que se sacrifica, abandonada en una isla por un héroe, más en pos de los designios divinos, que los humanos. Un simple héroe. Siempre alejados de la Realidad.

El tambor de su corazón late fuerte, como las fuerzas que contiene y que desean su cuello; que la ame, que la dé un poco… de calor. Las venas de su linfa se van a desbordar como un río con un caudal de años atesorado en una presa; las murallas van a ceder, y sus ojos casi llenos de furia e ira, se van a asaltar a por él. Como el rayo, se va a partir, muerta de ganas; esas ganas que se habían agotado y parecían defenestradas por tanta lucha. Quería descansar en ese cuerpo, y ella sin enterarse de que sí iba a descansar, y con calorcito…

Él la llevaba por las calles hasta su guarida; ella gritaba enmudecida en su interior, como todas sus presas a las que había torturado, aunque ella enmudecía de amor… De deseo; el deseo que la condenaba, que no la hacía ver la trampa, que no hace mucho, hace no muchos años, el juicio la habría advertido de la locura de ese loco, ceñido a imagen y semejanza de ese cielo negro y plomizo producto de la polución. Pobre estúpida, y creyéndose salvada, va directa al Infierno. Él sonreía en su interior. Iba a ser divertido. Cantaba una canción: “You Won`t see me”. La pareció raro, pero no podía enterarse; el alcohol la había dejado casi en un estado de hipnosis.

Sus uñas ya se clavaban en su mano. Pronto se clavarían de placer, pensaron los dos, casi al unísono, en una complejo e invisible ironía. Ella entró, le pareció raro el sitio, pero no pensó mal; él cerró la puerta. (Nos enseña a nosotros, los espectadores, una sonrisa enorme, de lado a lado). Se relamió. Empezaba su juego.