13 de julio de 2015

Libros de Cabecera, por Samuel Benito de la Fuente, III:

Libros de Cabecera:

3. Yukio Mishima y Confesiones de una Máscara:

Sobre el autor:

Yukio Mishima, abajo.
Mishima… ¿Qué decir, de un personaje —quizás, mejor, como él dice, una máscara—, que puede provocar impulsos contrarios y contradictorios —que son, aun así, «naturales», que diría Mishima, al menos el que escribió esta novela, si hubiera reflexionado un poquito sobre los sentimientos y pudiera compartirlo con nosotros—?

Nacido en plena Entreguerras, que vivió la guerra, y cuya novela es prácticamente el joven Mishima. Más que un personaje que hace sombra al autor, quizás para saber de él, como en casi todos los autores, pero me da a mí, especialmente en éste, sin conocer mucho de él, ya que es mi primera novela que leo de él, es mejor conocerlo leyéndolo directamente: ¡leerlo, para comprender esto y comprenderlo a él mismo! —os grito como el sapere aude de Kant—. En su contradicción, y ¿en su hipocresía? ¿En su contradicción estúpida —no ya la contradicción como «mala», «errónea», etc., de forma marxiana[1], en un sicoanálisis de bajo estofa—? Homosexual, fascista, nacionalista, rompe-tabúes… No es raro que Murakami le critique de forma tan mordaz, a pesar de que, después de leer a Mishima, tan sincero, quizás también cierto autor, que ha tenido que beber de su literatura, debería mirarse en su propio espejo de cristales deformados y diversos (como decía Valle-Inclán). 

La verdad, de Mishima ya sabía algo, y me parecía un tipo interesante; pero no leí nada de él en su momento, al menos directamente. Después supe de él por Murakami, autor que a pesar de mi inicial entusiasmo, como con las novelas y los autores adolescentes —no tanto como con la narrativa de Baroja; de eso se salvó ésta, no tanto como él—, ya no tengo esa cierta adoración (en mi sempiescepticismo —usando un neologismo—) debido a su gran escritura, como ahora descubro en Mishima, y es que fue ahí donde empezaron mis prejuicios que, por otro lado, entre la negación de éstos, propio de los ilustrados empiristas, como en la aprobación de Nietzsche de los instintos, ni estaban del todo acertados ni tampoco mal dirigidos. Pero, también, dentro de ir aceptando que escribía genialmente (no siempre, eso sí) cuanto más avanzaba en la lectura de esta semana: esa genialidad de su escritura. —Siempre está antes ese principio «objetivo», empírico, más allá de los «subjetivo»; pero, lo segundo, nietzscheanamente, me mantiene «humano» como no lo hacía al protagonista de la mascarada—. Mis sentimientos contrarios, han ido acercándose; pero, no por eso, no continúa mi escepticismo. La «empatía» no significa que eso sea «aceptación», o mucho menos «devoción».



La primera sensación que tuve, incluso leyéndolo, fue la extrañeza; en algunos momentos de una lectura impresionantemente sincera, limpia; en otros, de locura, como en la escena de “masturbación” —la que aparece encubierta por un lenguaje metafórico u obscurecido…— viendo un cuadro de San Sebastián muriendo. Desde ese momento, lo etiqueté como un «loco», o al menos: un «perturbado». Pero uno, curioso. Esa alabanza a la muerte y al código caballeresco, típico del fascismo, romántico pero que en ese sentido creo que idiota en no pocas ocasiones, aun cuando sé que al fin y al cabo también conservo algo de romanticismo —sea dicho de paso, sin mascaradas— y que es ese romanticismo de lo que bebe y da consistencia también a la novela… Pero… Su limpidez te va conquistando. Pero mucho más: su sinceridad, su introspección, su sensibilidad… Y dejas al irreverente Mishima, para conocer al joven y al difícil Mishima; al encarcelado japonés, al travestido incluso, un no occidental pero igual de reprimido en el Japón de principios del s. XX, frente al Japón que se inicia al final de la obra… 

Buscando cosas sobre Mishima, he encontrado un artículo de Filosofía interesante que gustara a quien le interese Mishima y la Filosofía: http://www.filosofia.net/materiales/num/num17/Res-Mishima.htm. Quizás no sea la mejor crítica a su obra, pero es lo que he ido leyendo, y ahí os lo dejo. 

Sobre la obra:

Creo que hablando sobre el autor casi me he comido un poco de la novela. Pero creo que la ficción se confunde con la realidad, no que se coman, se fundan; mas, la máscara hace más real lo que es, a priori, irreal. Más que confesiones, que lo son, es un diario de confesiones, de vivencia con las que hace confesión; da cabida a los más ulteriores problemas de una vida contradictoria; y es en ese mundo nebulosamente oscuro, entre la frialdad, la máscara, los sentimientos, y una personalidad turbada por esto, más bien «corrompida» como habría dicho él, es de donde saldrá el futuro Mishima. Creo que he hecho bien en leerla: todo lo que fue él, nace de esta raíz, de esta «mascarada» en donde salen a flote las mayores malas espinas de un campo mal cuidado, alrededor de una “filosofía samurái, zen”, de estúpida virilidad y fanatismo (véase el Japón imperialista de influencia fascista, aunque no del todo fascista, al que luego acusará Mishima de esas falsedades, las cuales aun así anidan como algodón, pero, dentro, como con una simiente podrida en él).

La obra del País.
La novela comienza, como una novela «de aprendizaje» o como quiera llamársela —tipo El Camino de Delibes, o a la que más vinculo, El Guardián entre el Centeno, ambas novelas cuyo estilo creo que se asemejan a ésta, aun cuando es clara la influencia oriental—, cuando es un niño y afirma con una rareza extrema pero «natural» y muy, hilarantemente, inocente, en la que el autor acomete como si desde el primer momento hubiera sido excluido de la sociedad rechazando su rara personalidad, que había visto su nacimiento, y nadie se creía esa “mistificación”: parece como si así pudiera decirse que conociendo su propia génesis sabría de dónde era y adónde iba. Pero no lo sabía: y la pregunta va más allá, si uno lee. El Destino… Va pasando por su mente, y nunca es conocido y ni se hace realidad. ¿Qué va a pasar? Como el final: está abierto, así como la vida. Se desconoce el nacimiento, y la muerte… La puedes elegir a la última, como Mishima, pero aparte de que no sabemos nada del Más Allá (o Más Acá o Más Para Nada), no solemos conocer qué propósito, siquiera, tiene la Vida y la Muerte (como una sola cosa), y a veces ninguna de las dos cosas sabemos. ¿Qué nos place, qué vamos a hacer…? Y eso en medio de todos los ojos de los demás: que esperan, que piden, a los que esperas, pides… Pero tampoco sabes realmente qué piensan éstos, sobre esto mismo... —El hombre sólo se conoce a sí mismo, tiene que haber dicho alguno de estos sabios de la época clásica que sirven para nuestras citas y refranes. 

Nuestro protagonista, al igual que Mishima, es en principio de una constitución débil, al que apartan de su madre para vivir con una hipocondriaca e hipócrita abuela. Vive dentro de una primera cárcel anti-tóxica, que es en verdad lo que envenena la salud mental del protagonista. Vive incluso un poco apartado de su familia, la cual se expande con sus dos hermanos nuevos. Está claro que esto es muy importante en ese temor y en esa máscara, en esa debilidad y falsedad que preside todo el “sistema” mental —en todo su valor: él ha creado un sistema según parece decirnos— cuyo espejo es un ser ambivalente y que actúa bajo la norma de la «normalidad», es decir, no más que el canon de lo «normal», si es que alguna vez ha existido más que en lo «social», lo «antropológico». Este ser así, se forja de la lectura en ese templo antiséptico, entre las ilustraciones de caballeros y de cuadros que perturban, como digo, su mente con imágenes aún más oscuras. Allí aparece el deseo de muerte, el Thanatos. Junto al deseo: la masturbación “mental”. En su mente siempre está acariciándole como a esos efebos que tanto tiene miedo de tocar. Desea, pero no lo hace; y se oprime a intentar tocar el ideal belleza —que va a mostrar su poder con la cita inicial de Dostoievski— de la que será su propia némesis (si es que se la puede definir así, con una personaje como ésta que luego presentaré). E incluso repudia, dice, la intelectualidad en sus amados, aunque pasa de largo con su “amada” (o falsa amada, da igual, puesto que amor —¿en qué sentido?, ¿en qué valor?— sí que podría sentir, aunque no desea). Esa extraña búsqueda… ¿del amor? —¿sólo?


La muerte de San Sebastián que provoca la masturbación del protagonista.
Este personaje, cuyo nombre podría ser el del propio Mishima, por poner uno ya que creo que no aparece en ningún momento, crece y empieza a percatarse, en algunos momentos con una perspicacia de adulto, quizás confundida la del niño con la del propio adulto, de su «pecado» y éste va atormentándole, comiéndole su ser verdadero. Hay algunas citas propias de su creación infantil —del protagonista-autor— que no quiero ni reseñar porque no me gustaron demasiado: sí que tienen ese toque infantil, pero no del todo, y son algo absurdas, en comparación a la matriz de la lectura del relato. En un momento, se enamora de uno de los “gamberros”, un solitario y rebelde como si se tratase de El Guardián entre el Centeno, Omi. Así, éste se convierte en su «modelo»: antintelectual, fuerte, rebelde… Va creciendo y es educado en un ambiente militarista que, aun conociendo al futuro Mishima, a este joven Mishima no le parece ilusionar demasiado. Él, Mishima o el protagonista, tiene un origen aristocrático y se nota; pero, también, se nota que ese «pecado» lo vuelve fuera de aquellas esferas. No obstante, el ambiente aristocrático, de clase “alta”, es claro: no esperes crítica social, puesto que la novela es más bien pura introspección y sicología (y en eso, Mishima es un grande en ella):


 «Cuando un muchacho de catorce o quince años descubre que es más dado a la introspección y a la conciencia de sí mismo que la mayoría de los chicos de su misma edad, incurre fácilmente en el error de creer que ello se debe a que ha alcanzado una madurez superior a la de sus compañeros. Ciertamente, yo cometí ese error. En realidad, aquella tendencia a la introspección se debía, en mi caso, a que yo tenía mayor necesidad que los demás de comprenderme a mí mismo. Ellos podían comportarse de acuerdo con su natural manera de ser, mientras que yo debía interpretar un papel, lo que exigía notable compresión y estudio de mí mismo. En consecuencia, no se debía a madurez, sino a una sensación de incertidumbre, de incomodidad, que era lo que me obligaba a tener pleno conocimiento de mí. Esa conciencia era un puente que me llevaba a la aberración, y entonces mi manera de pensar tenía que limitarse a la incertidumbre, a la formulación de hipótesis.» (Pag. 110, El País, Madrid.)

Un párrafo que comprendo tremendamente, a pesar de que yo no cometía aquel «pecado». Yo, para bien o para mal, tengo como primer imagen “romántica”, como él sus idílicas muertes de samuráis, a una muchachita vallisoletana, S., que me mira, en una etérea Valladolid, en las Moreras, y a la que deseo pero tengo un miedo terrible. Como al autor: esas imágenes de la infancia, que vienen entremezcladas con el idealismo, hablan mucho, sicoanalíticamente, simbólicamente, de sus autores. Ese vacío que da no sentir cosas que hacen «los normales», en mi caso por mi “enfemerdad”-síndrome, es un ejemplo. Es claro que ha influido mi primera infancia católica, aunque también mi “enfermedad” —yo tampoco tengo “ese” miedo de llamarla como tal, se llama Asperger, pero que algunos no quieren llamar como tal porque realmente tampoco es «enfermedad» en un sentido médico pero yo creo que es tal…—, y si extrapoló eso con él la empatía es enorme; no tanto, con la homosexualidad: me lo han dicho mucho por ser como soy, pero igual que él con las mujeres no tengo los mismos deseos, ni con hombres, ni con figuraciones tales... La duda ofende, dicen; yo, en cambio, no tengo problema: aunque esa imagen-deseo que tengo fuera falsa, no como Mishima, la aceptaría. Mentirse a cierta edad, al menos para mí, resultaría fatal. —Hay mentiras o mistificaciones creadas por mí que realmente me afectan, y no son ésas—. Como Mishima, llega ese momento de la vida, la reflexión, sobre los porqués de tu vida y qué has hecho con ella. En este caso, con las mujeres. En general, con el amor. —Cosa que no son solamente puros sentimientos, lo que te provoca, sino cómo se actúa con respecto a él… 

Igual que yo a esa edad, frente a la amenaza lupina, tenemos, todos los que padecemos algún tipo de trance parecido, que construir algo que se erija como una fortaleza. —En mi caso, no fue fuerte: fue, como le hice describir a Cristóbal de mi «Silva Infinita», un castillo de arena—. Es entre esas 110 y pico páginas cuando se nos va enseñando la construcción de una personalidad, de una máscara, cuyo difícil pegamento no deja ver la ficción y la realidad: «mistificaciones de la vida» como me hubiera gustado decir yo, usando una jerga medio barojiana. Yo, en cambio, es verdad que siempre he sido una persona muy sincera; pero, también, que le cuesta hablar de su más íntima sique y de los valores profundos que esconde, su filosofía, su forma de amar; sólo, quizás, no como Mishima, la conocen ciertas personas de mi más cercano entorno, amigos a los que no se les puede esconder la máscara como ellos a mí tampoco: éstos podrían, al menos, reconstruir ese espejo difícil de pegar, aunque quedara no muy entero ni como yo creo que sería… —Quizás mi propia introspección me haga mistificar de mi vida sobre una ficción, una mistificación: la vida no se puede explicar sin más vida, como la muerte no se puede explicar sin muertes—. En mi caso, mi mente es más una clara conciencia que no sabe explicarse al mundo que encuentro caótico, y lo intenta en sus letras; Mishima es un caos incognoscible por entre su ficción y su vida (o el contacto con la vida). 

Cruzamos pendientes paralelas que en este momento se han tocado. Hasta aquí el parecido, la empatía; luego, las decisiones que desea tomar no son las mismas que yo. Mismamente, yo hubiera elegido a la ideal chiquita que se enamora de él intentando ser un patán libertino. Eso, y su homosexualidad, son sentimientos ajenos a mí, junto a su(s) objeto(s) de deseo como he ido diciendo. Quizás eso sea la raíz de «lo raro», aunque no lo perturbado, no soy para nada homofobo, sino sus deseos flagelantes en un poco el camino tortuoso de La soledad de los números primos (Paolo Giordano) y su adolescente protagonista —que toca, quizás lo es, el Asperger como yo—, en una novela igual, creo, de personal como la de Mishima. La sicología es lo mejor en estos puntos: explican el porqué, junto al ambiente. —Hay gente que el ambiente no le gusta: bueno…, da esencia a toda la novela y a un personaje.

A pesar de todo, es la evolución posadolescente lo que da mejor sentido y remata la obra: es decir, las últimas cien, cincuenta páginas. Donde se desarrolla el «romanticismo» (si es que se le puede llamar así) y la gran complejidad síquica del protagonista. Donde llega a su apogeo. Y toca a su némesis-ideal: Sonoko, a la que parece perder en una misma espiral de oscuridad como en la ya citada de Paolo Giordano o la de Kokoro con el amigo del protagonista que finalmente se suicida. —El suicidio… Japón y el suicidio es algo impresionantemente interrelacionado por alguna extraña y lúgubre amistad que no encuentro su porqué—. Es allí, parafraseando a Mishima, donde encuentra finalmente que la puerta del armario —y no es ninguna alusión a la homosexualidad— de la adultez se ha abierto, esa frialdad y ese marcado dolor de la realidad adulta donde ambos, el Mishima de 24 y este lector, se encuentran, como la pobre Sonoko. Esa mujer ya casada que no sabe el porqué de toda esa escena final, donde mana su deseo de estar con él, mientras él lo sabe aunque tampoco sabe adónde dirigirse, entre el cinismo salvaje y la crispación de que todo se va a romperse —en el momento en el que un lector, como yo, espera que se sincere con una protagonista que no se merece caer sobre un abismo que parece que va a caer a cambio de nada—. El Destino, pero no como uno espera, desea, cree. Pero el Destino juega con nosotros, batalla. Un mundo de máscaras no es el mejor mundo, salvo cuando uno se sube al escenario: cuando ha de bajarse, debe quitársela… Una pena que es cuando se la quita cuando sube a escena a sus protagonistas de su propio teatro. —Ahí, ambos somos Confesiones de una Máscara



[1] El artículo que expongo abajo creo que intenta orientarlo de esa manera, así que estas líneas no van por esos lares.