13 de agosto de 2015

Libros de Cabecera, por Samuel Benito de la Fuente, IV:


Libros de Cabecera:

4.El Gatopardo, una novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa.

Novela para un autor:

El autor, Lampedusa.

Esta vez voy a hablar más de la novela que del autor; y es que por primera vez, cobra más importancia su obra —que no deja de ser su legado, para mí—. Y por otro lado, también de la película. Sé que algunos han tomado de referencia la novela; tienen motivos; aun así, creo que yo tengo otros; más que una frase y el cinismo, me quedo más con el fondo y lo que han, más bien, creído leer de fondo, no del todo acertadamente. Quizás pudiera coincidir con las líneas principales, pero no del todo. 

Sinceramente, a diferencia de otros “personajes” —alguno del panorama actual político—, casi no sé nada de él: que era noble y tenía una vida cínica y básicamente apartada (de la que me han hablado muy de refilón). Y de eso he podido sacar alguna conclusión; pero, por eso mismo, creo que es muy superficial; también, que me ha hecho leer la novela como representación que como creación, que tienen sentidos diferentes, y que quieren decir dos cosas totalmente diferentes: en la primera, uno se recrea en lo que cree ver; en la segunda, ve cómo el autor fijó el pincel y realizó las pinceladas. Lo bueno de lo primero es que permite llegar al sentido; lo segundo, a la razón del todo. Uno podría hacer un recorrido por ella, como haría algún “sabiondo” erudito, para llegar al fondo de todo: yo hago algo a medias de eso… —¿Qué se le va a hacer?

La novela:

Yo denominaría al Gatopardo de dos maneras: como la muerte (sentimental) en «la tristeza del orgullo», y por tal, también, la de la familia y ende la nobleza dos-siciliana o simplemente siciliana; y por otra parte, una doble muerte, la física del protagonista central, el verdadero Gatopardo, que con la suya, muere simbólicamente el verdadero linaje de los Salinas, en el que se extingue su patrimonio, con unas últimas páginas con una Concetta infeliz y amargada en el pasado representado por el perro disecado de «Bendicó». Este decaer de la familia noble siciliana hace desaparecer, o va haciendo desaparecer, el residuo feudal, y sus restos imbricándose, pero, a su vez, retirando poco a poco todo ese pasado, de un mundo, donde el simbolismo de ser el príncipe Salina es algo más que un título y que tierras: aquí hay que recordar la mentalidad nobiliaria del recuerdo a los antepasados. Va muriéndose en el aire de sopor siciliano que representó igualmente Pirandello; en el que la esencia del Gatopardo y por tanto la gatopardesca, se diluye en el propio sueño de la muerte. El mundo de la nobleza, del amor cortés (es decir, a través del “travieso” Tancredi), y la del poder envuelto en cinismo y fórmulas, de hipócrita elegancia y superioridad intelectual (como se muestra en la Angélica plebeya, que adapta estas “sutilezas”), se disipa en ese mismo arenal siciliano donde continuará el Progreso (el mostrado con más profundidad por Pirandello, con sus obreros y los conflictos eclesiásticos, entre el pasado y el presente). —No; Sicilia continúa con las grandes líneas de su ser, esencia, pero cambia (¿para seguir igual?).

La novela
Todo cambiará para seguir igual: sí, pero no. Es verdad; las familias sicilianas conseguirán mantener poder, pero no de la misma forma, mantenido hasta ahora por los hilos del absolutismo en un nebuloso aire feudal; seguirá su desmoronamiento, ya convertida en «burguesía» (palabra para su desprecio noble, desaparecido el «linaje»). La frase usada con cinismo por algunos en base a la novela muestra que no han leído bien del todo, al menos entrelíneas, ésta: no es un cambio para mantener el poder sin más; es una pequeña victoria en la derrota. Hay que entenderlo así. Es una estocada en la base de la esencia napolitana, de la nobleza (élite de su momento) y del territorio isleño. Lo trastoca. Así, el mal siciliano de cambiar nada, de la desidia, muy castellano también, se rompe no a gusto del ideal del Salina, del Gatopardo intelectual y residuo de una ilustración nobiliaria rancia pero inteligente, la que es despreciada en el fondo y sólo es amada desde lejos; y lo odiado en el idealismo respirado en la novela de una decadente nobleza no es sustituido por otra, sino por lo que parece otro decadente mundo: no hay que olvidar que el final de la novela está casi tocando 1914, punto de inflexión del mundo burgués, liberal y decimonónico. En un tiempo en el que, más en el mundo mediterráneo del idealismo católico y aristocrático, resurgen los idealismos revividos del Antiguo Régimen. Tras la caída del fascismo cuando se realiza la novela —el que tenía, se había nutrido, mucho del ideal creado por ella (en Italia, España o Francia por ejemplo)—, parece que se derrumbara definitivamente, para siempre, y sólo es un espejismo del recuerdo; y la incertidumbre es enorme para aquéllos que, continuando el escepticismo de Entreguerras, no caminan hacia adelante. La decadencia dos-siciliana parece manar junto a todos unos ideales fósiles.

El Gatopardo es una novela con estilo claramente decimonónico. Usa la escritura como si fuera un Pirandello mucho más arcaico, muy apegado al mundo nobiliario; mas, aunque fuera un noble de «rancio abolengo» (que se diría), sorprende al escribir casi cien años después de esa manera todavía;  pero, también, uno comprende, al fin, que todo ello se debe al legado con su pasado, una cárcel y un oasis lleno de espejismos cínicos y a la vez hermosos, que lo envuelve igual de dulcemente que Concetta a «Bendicó» hasta que decide tirarlo a la calle. Un personaje educado en un ambiente como ése no podría ser menos: la tradición para con nunca olvidar, ornándolo, apegado al pasado con cierta “morriña”. —Eso me recuerda mucho a Valle-Inclán, aunque el personaje me parece sicológicamente más cercano a alguno de Baroja en el que se autorretratara…—.  Es una descripción que funde la tradición de Balzac con retratos de una clase como la noble, la denigración zoliana, las pasiones de Stendhal; podría hacerse igual que con ellos, un análisis social de la clase nobiliaria, desde sus muestras de poder, su ostentación artística, su simbolismo, sus vestidos, su riqueza, etc., como también sus lazos de poder: su administración, sus lazos de dependencias con miembros con los que tiene absoluto poder, su ya precaria y disoluta economía, etc. 


Pero es más: es simbolismo. El gatopardo es un leopardo jaspeado, un animal exótico, extraño incluso entre los suyos; fiero y a la vez inteligente; es decir, como su personaje. Éste, central en la obra, nos muestra cómo es ser un príncipe territorial en una Corona absolutista y ya anacrónica (como la del Felón en España a principios del siglo). Es un ser cínico y que, a pesar de su enorme poder y su egolatría, se nos hace simpático; empatizamos con él, nos gusta, le cogemos cariño como a un gatito… Es más, ese matiz “compuesto” nos conquista si nos descuidamos, cuando observamos que se acerca la ruina, su muerte, y eso tiene algo de romántico, una hermosura como la que dicen tienen las flores marchitas; pero no deja de ser todo un señor, con todo lo que conlleva; mas, es como esa fiera que representa, que lleva dentro, y que oculta; y no deja de ser ese parásito que ha llegado al poder vía seminal, es decir, por los fluidos de diferentes familias nobiliarias, de la herencia, del «linaje» y la «Casa», con el que ostenta el poder y lo protege bajo ese vínculo con los otros de los suyos, encerrados como lapas, como dioses. («Soy un exponente de la vieja clase, inevitablemente comprometido con el régimen borbónico, y ligado a él por vínculos de decencia a falta de los de afecto. Pertenezco a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, y que se encuentra a disgusto con unos y con otros.») 

«Il Gattopardo no es una novela histórica pero permite hacer una reflexión sobre el Risorgimento, porque expresa una posición polémica respecto a los resultados del proceso de unificación nacional. Desde el nacimiento de una Italia unida, en el  Sur y, en particular, en Sicilia, diversos autores como Federico De RobertoGiovanni Verga Luigi Pirandello denunciaron los límites del proceso de unificación, expresando su decepción frente a la incapacidad del nuevo estado para  resolver los problemas del Sur, y demuestran que fue un proceso político sólo aparente.»[1]
Aunque, por un momento, olvidemos esto. Pues, tampoco no deja de ser un ser humano, y un personaje: es decir, una construcción humana bajo la sombra de la realidad, la cual no crea seres horriblemente destinados por un papel social, histórico, como hubiera apuntado el materialismo histórico. Y esa sombra humana, que habría despreciado Platón por encubrir la realidad, a pesar de ella, recubierta en la literatura, es muy hermosa: una verdadera sombra de un Gatopardo y del declive de la nobleza palerminiana. Un barro que recrea una feria de una nobleza que no sabe, idiota, incompetente, que debe adaptarse o morir; y que si lo hace, a pesar de ello, perderá ganando (ante la Iglesia, ante su gleba, pero no con los noritalianos —casi, o no, una potencia imperialista— y la burguesía naciente), lo que contempla sin remedio el astuto y último y verdadero Gatopardo, aprovechando el momento aunque no sirva para mucho lamentablemente, mientras los otros “bailan” sus “cantares”. —Como si estuvieran cantando sus propias egos como sirenas, engatusándolas como Narcisos, sobre su ser divino de clase social aristócrata. 

No es sólo el retrato de una clase social, o de un ser en relación a ésta. Es la muestra del declive del poder mismo y también de la vida: el cambio generacional, en concreto dos generaciones —como se podía ver en el propio Gatopardo en la cita anterior, aunque es sobre todo con las referencias de éste sobre la joven pareja Angélica-Tancredi, en la que expende todas sus deseos e imaginaciones (a costa de su hija, véase la crueldad de la indiferencia, del ego del propio Gatopardo): el poder de expandirse en los placeres y el ser de otros—. Y en él, en este proceso, la transformación de una Sicilia adormitada: dice el Gatopardo que es el ambiente y Sicilia —como lo hubiera dicho un Zola naturalista o un determinista Baroja—. De una juventud que no duerme, que se adapta como Tancredi, o que se revuelve sólo con palabras como el hijo del Gatopardo; de unas niñas que juegan a ser princesas (que lo son, y seguirán siendo —lo que las hará no cambiar convirtiéndose en eternas princesitas, en medio de la nebulosa y decrépita nobleza, de forma peripatética—), y a veces en medio de amores pícaros pero corteses como el de Concetta, que será la figura sacrificada para cumplir la “gracia” del pater familias. Aquí vemos algunos tópicos de la juventud y de los efectos de la Revolución, visto de una forma cínica, sí, pero realista, desde la forma de verla de un noble que cambia todo para no cambiar nada, y que con ello se ve, también, transformar su propia forma de vida: la destrucción de su ser, sacrificando a hijas y hasta la hacienda. 

Es cómo un hombre es más que su clase, su poder, e incluso sus vicios (como las mujeres, yendo de «picos pardos»); un personaje, que observa a las estrellas, averiguando qué mecanismo, como en la vida, tienen; y a pesar de no dudar, siente cómo su mundano ser va a ir perdiendo su/esa esencia (noble, gatopardesca): esa esencia sempiterna del Medievo, iluminada por la Divinidad, en contacto con lo pasajero haciéndolo de su onírica eternidad, pero que incluso la eternidad corpórea no lo es tanto para poder destruirse en la propia empírica materialidad que él estudia. Ese ser que envidia a los jóvenes y, a una forma nietzscheana, vive la vida alegremente. Que también empieza a temer, y fríamente desprecia a los inútiles que danzan alegremente cuando les persigue la miseria. Y es que el desosiego y la sensación de muerte, de cárcel que se cierra sobre sí para destruirse, que es el cuerpo moribundo, así como un agujero negro sobre la luz, es igual de espectral. 

Una de las mejores partes de la novela es la que, realmente, representa su final, aunque no la de la narración: su muerte. Es el cierre anticipado, aunque el último capítulo es como un epílogo. Con el final del Príncipe Gatopardo, acaba algo más: es toda una forma de vida. Y es esa nostalgia, belleza, cinismo, a partes iguales, las que engalana Lampedusa con su novela; la de «Bendicó» con la anciana Concetta, que ha perdido su oportunidad de ser feliz en la vida (pues posiblemente no haya más vida), y por ello se despide sin tapujos del perro disecado y lo tira a la calle y vuela de una forma que narra el autor de forma espléndida. La nostalgia de un mundo que levita en sueños, pero que a pesar de todo, a pesar de lo que se diga, la vida cambia en él, quizás, el paisaje no (como desearía el emisario del norte), pero sí los terrenos hombres que la habitan. Al menos, eso creo. 

La película:

Una película historicista. En este caso, también al director lo pasaré por alto: no soy muy cinéfilo, y menos del cine italiano; sea para bien como para mal… He de afirmar que sea una película histórica permite que la película se represente con cierta fidelidad —salvo detalles, debido a la propia circunstancia de la filmación; actriz de Angélica morena, un tanto desmesurada incluso físicamente; diálogos que fueron en la obra monólogos…; no hay remedio y se hace de forma correcta salvo esto— y que la hace fidedigna. Otros elementos sí que me disgustan.  

Cartel de la película
La verdad es que la película se inicia exactamente como en la obra, de una forma bastante cogida como en la obra, aunque mi mente le hubiera dado un carácter mucho más solemne, más crudo; pero, la verdad, es una escena perfecta, exacta, como hubiera gustado a un lector de la obra. Quizás luego se acelera, pero en lo narrativo es exacto; no tanto, eso sí, visualmente como yo creo que se hubiera representado. Como he dicho, es una película historicista, y como tal tiene ese aire de éstas (al menos de la época), seria y “dramática”; un tono con algunos tópicos para alimentos de sus espectadores: unos protagonistas con sensualidad, dramáticos, heroicos, o malignos a partes iguales… Con tópicos: un escenario del sur europeo. Nacionalismo italiano… Eso no me cuadra con la obra. Tópicos, tópicos, que como hombre de otro tiempo, quizás me parece pasado, a pesar de historiador, por gustos que no comparto con ese pasado, una estética y no un pensamiento como es la Historia —y que me hace extrapolar, el sentido histórico y literario, a la obra y no a la película—. Quizás lo que sé leer en el Gatopardo como obra histórica, que son palabras, representaciones, lo cual deja a interpretación por mi imaginación, no lo sé hacer con ésta. —Quizás, ya digo, no tengo la misma forma de ver cine que leer una obra. 

Posiblemente, lo mejor es ver, repetida como lo hubiera hecho Víctor Hugo, la escena de los garibaldianos, a imagen del carácter de los que vieron las revoluciones decimonónicas —no como los hoy actuales, cínicos, hombres que las despreciamos—, que no estaba en la obra, lo que aparece en los diálogos: la rabia y, aun en batallas un tanto edulcoradas, la desesperación de una guerra que parece y es de verdad pero que para los señores no lo es y, de fondo, sí que lo es (en la obra)… Un escenario de guerra. Un escenario de desesperación. Eso me gusta. Va a cambiarlo todo para seguir igual: al menos ellos, creo, toman a pies juntillas el tema y así se ve en cómo lo representan en la propia película. Pero, además de tener una interpretación de la obra diferente, es que el haberla leído me ha influido mucho más que eso: ver a un padre de Angélica tan torpe y estúpido; una Angélica casi secundariamente sin carácter, pura cara bonita, a veces malvada como una arpía —que era, pero no de esa forma patética—; más lo anterior, me hicieron poco a poco aburrirme e ir pasando de la película. Fui perdiendo matices, y lo que mejor me parece es el diálogo privado del hombre traído a Villa Salina para hablar del (no) posible cargo de senador del Gatopardo; el discurso es increíblemente calcado a como me lo hubiera imaginado, e incluso mejor, porque la verdad es que el discurso determinista, naturalista, tan barojiano, me cansó un poco en la obra, aunque pueda compartirlo. 

Escena en la que Angélica y Tancreti se conocen en la película
El final es inconexo con relación con la obra, y así me parece la película, cuando dura casi tres horas. Creo que, con sinceridad, no por ser novela ésta, la película no le llega a la altura. La narración, la potencia narrativa, que posiblemente no era posible en la película, es mucho más poderosa, atrapante, gustosa, al menos personalmente, que un film como éste. Quizás sea yo, que no sepa de cine…, pero, ¿qué se le va a hacer?, la película me aburrió y no el libro: para quienes desprecian los libros, o dicen que ya verán la película con estupidez…, pues nunca disfrutarán de poder saborear el Gatopardo; quizás, porque no sepan de literatura, y demasiado de Cine (o no). —Cierta es una máxima: cada cosa en su sitio. Y aquí, el Cine no ha podido con una literatura de estilo decimonónico (aunque del siglo pasado, es decir, el suyo) que tiene una capacidad descriptiva, filosófica, histórica, etc., etc., la cual no podría captarse fácilmente y no pudo tenerse acá. Será una buena película de su tiempo, no lo sé; pero la novela es una perlita con la que Lampedusa nos adornó a la humanidad para siempre, a pesar de los tópicos de esta afirmación tan cacareada de ser un hombre de una sola novela y todas esas cosas que dicen los críticos… —que no me van, pero ¡por eso son tópicos!
El Gatopardo y uno de sus hombres cazando.

[1] http://www.cine-de-literatura.com/2014/04/el-gatopardo-il-gattopardo-de-giuseppe.html. Aunque quizás sí que tenga de novela histórica, recomiendo leer este análisis con el que me he informado para escribir esto.