9 de julio de 2012

Fantasmas en las estrellas (Barcos contra corriente)



Fantasmas en las estrellas

Los niños jugaban en la oscuridad de la noche estelar. Los sonidos no tenían eco ni volumen: lo único que podía tener una representación, era el compás de las reacciones y movimientos, casi de mimos, de los pequeñuelos. Los que brillaban, vibraban y bailaban en torno a la nada. El fuego invisible y eterno de la imaginación, resonaba en cada centella de luz de las estrellas, que pequeñas y olvidadas, les cobijaban. Su color brillante, fantasmal, se parecía al mismo que el de las estrellas. Y se podría decir, que soñaban, igual que les hizo soñar, algún día, a los hombres terrestres que miraron al cielo. Ésos que ya no las miraban. Aunque los niños, jugueteando, como ánimas locas, quizás, por un tipo de hechizo, regalaban sus sonrisas, a lo mejor, igual de increíblemente brillantes. Entonces, todo se oscureció y las estrellas quedaron solas, rodeadas en la noche del Cosmos: como niños tiritando de miedo.
Mientras, los radioestereoscopios dejaban de funcionar y los niños bajaban de las estrellas. Les obligaban, les cogían de la mano, como malos infantes, y quedaban casi llorosos, aunque sin poder llorar. Porque no querían, no podían ceder al llanto así, pareciendo débiles; y un tipo de rabia primogénita, que quizás casi nadie recordaba en ese planeta, les recorría el alma, la cual ya ni existía, más que en conceptos antiguos de la conciencia humana. Posiblemente, porque los niños sólo les quedaba imaginar bailar en torno a las estrellas, con esos aparatos, como habían hecho sus antepasados hace miles de años, quizás más (¿quién sabe?); y pensar que hacían tal cosa. Ya que sus mentes, no eran más que masa y materia, de horarios, de actividades o de las "gafas" (la interfaz gráfica del cósmonet), en donde existía todo, quizás, excepto estrellas que brillaran como por las que pasaban ellos por los estereoscopios, emitiendo su luz al igual que las mismísimas estrellas, donde danzaban como si de libélulas o de las ninfas en las historias antiguas se trataran. Quizás fuera así. Pero los niños sustraídos, sólo podían más que, quedar a merced de los que les obligaban a irse de ese pequeño, falso pero necesario para ellos, paraíso; el que alguna vez, se asemejo a uno de verdad.
Y sus mentes aún caminaban, como viejos caminantes (aunque no lo eran, siendo sólo unos niños) semejantes a anteriores inquilinos imaginarios de otros tiempos; y el pasado tenía un tono nostálgico que aullaba en los recovecos de la nebulosa aunque oscura noche cósmica, que podía llegar a ser igual de bella que un aurora; y en donde se moldeaban, se transparentaban seres, que a veces tenían forma humana, de gigante, de animal…; y que aun sin ser un mundo lleno de color para el resto, un agujero negro, en vez de tragar la luz, arrojaba luz por medio de sus mentes, en el barro del cosmos, como la Biblia decía que hizo Dios: dando del barro el indecoroso aspecto homínido, y regalándolos también, la imaginación, para quizás, creer que no eran igual de barro, que los seres que iban inundando el Cosmos en esos mismísimos instantes. Y lo único indecoroso en ese momento de alegría incierta y falsa, de espejismo infantil, de fantasía pura y, lo único, únicamente banal, era no poder creer y pensar (porque era exactamente igual) que todo era falso. Puesto que todo era tan real como lo que hacían, a miles de años luz de allí, los miles de hombres, que habitaban planetas y olvidaban a las estrellas y al silencioso espacio cósmico, por donde transitaban casi caminando como esos hombrecillos...
Por Samuel Benito de la Fuente