15 de febrero de 2012

You won`t see me (Tú no me verás) / Gea desde el Caos


You won`t see me (Tú no me verás)


Estoy afilando el cuchillo. Agh… Lo soberanamente jodido que es tener que hacerlo. Molesta. Pero es lo que hay, como decía uno de mis antiguos colegas a todas horas; cuando los tuve, claro; de eso… hace mucho tiempo. Hace mucho, mucho tiempo… (en una galaxia lejana, tanto como la de La Guerra de las Galaxias, esa película del S. XX).

Oigo el murmullo del futuro cadáver. ¿Por qué chillaran tanto estos mierdas? En cuanto les pones algo de horror, ya se cagan los malditos calzones. Ay, cobardes… Ya lo sé: es muy típico de estos ególatras burócratas. Hacia tiempo que no cazaba uno de tanto nivel. Parezco un cazafantasmas, evaluando al “intruso” que ha dañado un hogar de alguna familia buena y bondadosa… (Nótese la fina ironía de cómo defino al mundo). El “fantasma” es un poliquitucho de éstos de la casta informática: sí, una de las grandes clases de empresarios-dueños de las inversiones de todo tipo de productos electrónicos, como ordenadores o, simples pero necesarios, teclados o cedes. Un buen hilvanista.


Como todo el mundo, que tiene buen ojo, sabe que éstos tipos cocieron, a finales del siglo XXI, su último escalón al poder. Al igual que en la República Romana, con sus defectos y demagogos, fue un sistema aparentemente, excluyendo a la esclavitud y toda sus mierdas, justo y demócrata; en que las grandes familias controlaban el poder. Había demasiado poder, y muchos que lo codiciaban, y un señor que llamarían Augusto, que parecía imbécil por ser un crio, se hizo con el poder. ¿Que cómo? Pues sobreviviendo en su ambiente. En nuestro tiempo, ese sería el Señor Jefferson Ford (sí irónicamente, se apellida como el señor inventor de la División del Trabajo). Hoy casi convertido en Dios, a lo Mundo Feliz. Y es que los Augustos se imponen a todos los demás imbéciles que se ponen ante sí, y consiguen el poder. Hacen como que continúa la República aunque se coronan Imperator. O Sapiencial, que es lo mismo, pero con palabra muy docta.

Si la curia de Roma era, principalmente, de los Patricios, ahora los son esos grandes hombres de empresa. Si antes se peleaban, ahora se reparten las obras económicas, aunque siempre sale algún tipo de contratiempo, claro. ¿Cómo no? El señor Sapiencial actual es Ray De Gaulle, un descendiente, según dicen ellos, del gran general francés —que lo de grandioso, podríamos discutirlo—. De Gaulle no era un dictador, al revés, fue bastante demócrata en comparación a un tipo que, durante su gobierno, no ha tenido ni una sola voz discordante. No entiendo por qué. Aún cuento un montón de casos de locos, culpa de todos los experimentos que hacen para tener una población más controlada; por las represiones y las penurias; por todas esas cosas que no se cuentan… En fin...


Chilla como un chino. Parece que va a ir al matadero. Y sí. Joder que sí. Por dios… Me estoy volviendo tan loco como ellos, pero bueno… ¿Quién iba a culparme? ¿Quién puede entenderme, o culparme siquiera, si no hay nadie que pueda decir lo que piensa, algo que no sea lo que sea lo “correcto”? Ah, ¿quién? La Moral, dicen que es para los débiles, pero no, es para los que son libre; ¡qué narices!: si no puedes hacer nada. ¿Es que puedo hacer otra cosa? ¿Quién dijo que si no hay Libertad no puede haber Moral? ¿Kant? Ya da igual… No somos ya más que espantapájaros, que nos movemos según el gusto de un granjero sediento de frutos de una tierra destruida. Una tierra destrozada por el cambio climático, por la polución, por una guerra antigua que hoy todavía resuena en los oídos y la voz de los viejos. De esos a quienes, a día de hoy, sólo les queda ese sabor amargo, casi de resaca, en sus corazones. Las guerras tienen esas cosas.

¿Ah, y mi chinito…? Mi cerdo… Si fuera caníbal le sacaría unas morcillitas, una pena. Afilo otra vez el cuchillo. Me encanta el ruido del metal cuando choca con otro metal… Es increíble, tan relajante como Yesterday de los Beatles. Ay, ya estoy cansado.

La poca luz de la habitación le da en la cara; la luz proviene de un pequeño vano, casi medieval y románico, por el cual se consigue enfocar su faz asustada. Su cuerpo palpita, su corazón parece resonar en mi oído, como si fuera mi propio corazón. Huelo el miedo, el miedo al dolor, el profundo miedo. Es encantador, como esos dibujos de antes, de los de Disney o los Simpson, que ahora se han cambiado por esa basura de comedias, todas imitándose, sin ni siquiera parecerse a las de Cómo conocí a vuestra madre o Friends.
Ay, que me olvido del hombre éste…

Me acerco. Le clavo el cuchillo, lo zarandeo entre su carne, por entre sus costillas; su rostro grita, pero yo no oigo nada, estoy concentrado en mi trabajo, en mi Gran Trabajo; su sangre lo riega absolutamente todo (mi cuerpo, la habitación); mis manos cincelan como un buen pintor mi obra artística. Entonces mi cuchillo se empieza a deslizar más abajo, cada vez más abajo; pero de pronto subo y grita más, lo que sé gracias al movimiento de su boca (como digo, no oigo; estoy concentrado); bajo y vuelvo a subir el cuchillo, su boca hace lo mismo: parece un mimo o un muñequito de esos que se pueden controlar con las manos. Soy un mago con su títere.

¡Qué divertido, joder! Una pena que sea un tío, un tío viejo; yo que no soy marica, me hubiera encantado que fuera una mujer, me encanta verlas sufrir mientras las hago “el amor” (o la muerte). No es machismo. Son todos una panda de hijos de puta, pero las mujeres son mejores; sin dudas, es verdad que las pobres tienen menos fuerza y crían a la siguiente generación de anormales. ¡Pobres chicas! No tengo la culpa (ni ellas) de que me gusten las mujeres. Nací así, como nací en este mundo de locos.


El cuerpo se descuelga de su último halito de vida. Sus ojos están totalmente abiertos, mirándome; le cierro su boca, que está totalmente abierta. ¡Cómo ha chillado el cabrón! Si no fuera que aquí nadie me puede oír… Ja ja… Ay, nunca cambiaré, cada vez es mejor. El problema es que estoy un poco adicto. Lo diré claro: al principio mataba a esos cabrones de las altas esferas, pero no voy a negar que algún que otra vez he matado a… (digámoslo así, porque no hay así) un pobre inocente (y a veces lo de pobre no es metafórico).
Y sí, no estoy satisfecho. Todavía recuerdo cuando… Sí… Cuando raptaron a mi familia, y que nunca he vuelto a ver... ¡Esos putos cabrones!


Pío Calvario se desnudaba frente a la ducha. Un cuerpo raquítico, cansado de sus doce horas de oficinista; sin músculo, resignado por los corruptos; por todas las noticias “corregidas”, por las novelas quemadas o purgadas, que no podía olvidar. Y se decía: “Esto no es 1984”. Pero casi. La informática había hecho que fuera más maravillosamente sencillo. Las castas no eran oficiales, pero casi. Los políticos eran elegidos, pero se sabía, aunque no se decía que eran elegidos por el hijo de Ford, Marc Ford, un Sapiencial que se erigió en el poder gracias a las viejas garras de su padre.

El agua se clavaba en su cuerpo. El agua era una especie de purga, como un látigo de esos hombres antiguos de la Semana Santa, que había sido retirada ya que ahora el Cristianismo no hacía falta; había para eso, Fordismo, o de otro modo: Sapiencialismo. Modismo de época. Una forma de que no se intente comparar con Un Mundo Feliz. Ironías de la vida. Las pequeñas casualidades.

El agua seguía cayendo en cada parte de su cuerpo, mugrienta de cosas, de un rencor creciente, de olvido… No era un asesino como esos que contrata el gobierno para hacer desaparecer gente, ya que la metodología mental para su control, todavía no se ha conseguido. Con sus manos el pasado no existía, la lógica desaparecía, la causa como desaparecía era imposible de curar, de curar el futuro…, el futuro era de esos hombres…
Las manos agotadas no podían cerrarse de rabia. Su mujer no lo entendía, no podía porque ella lo denunciaría, pero… La quería. La amaba. Aunque no lo entendía; sí entendía el sufrimiento, el agotamiento, el dolor… Su familia había sido capturada en una de esas purgas en las que las torturas y los experimentos se iban sucediendo. Ella lo vio todo… Sí, eso debe ser algo impensable, pero él entendía la impotencia; pasiva, sí, pero la conocía. Aunque ella pugnaba en ese limbo, en que su bienestar era “eso”, “esto”.


Su cuerpo se destensó y se dejo levitar fuera de la bañera; en ese instante, su pie se torció y su cuerpo cayó. Despertó a la hora después. No había nadie en la casa, tampoco nadie notó la diferencia. Un golpe puede ser como un martillo sobre una muralla que permitía que no entrasen la guerra y sus demonios.

No se sabe cómo, pero ese momento todo cambió en Pío; ese odio (pasivo) se acrecentó mucho más rápido. En un principio no. Pero a partir de lo descubrió, sí. El Gobierno tenía más poder del que creía. Habían sustituido a su familia. Su hija decía cómo habían estado al campo, uno de esos lugares artificiales para que fueran los pupilos. Él la escuchaba, pero sabía que no era ella. Sus ojos se abrían de par en par; sus venas se tensaban como piedras duras. Su mujer la acariciaba la mano; él la observaba, ella pensaba que la miraba el escote, pero solamente quería saber si era verdad… Si era verdad que…


Le costó decidirse. Debía hacerlo. No podía permitir que esos impostores le hubieran ocupado la casa y residieran en ella como fantasmas de su familia. Lloró cuando sus manos estrangulaban a su hija, que chillaba sin saber que su padre no la reconocía; ella gritaba, con su voz real, pero que su paranoia no lo dejaba ver, ver la realidad. Ella caía en un terrible sueño mientras su mujer veía, atada a una silla, cómo dormitaba su cadáver sobre la moqueta. Lloraba. Él también. No, no… (“No te engañes”, se decía) Y seguía llorando, pero debía seguir. Esos impostores no lo iban a engañar.

Cogió a su mujer. Para esa clon quería alguna cosa nueva. Se sorprendió que incluso tuviera la misma barriguita de preñada que la suya. Se dijo que eran los nuevos avances de la biogenética. Pero, incluso odiando, se vio sorprendido por la calidad, como esos buenos tasadores de arte. La puso sobre la cama. Ella gritó, sin espetar sonido, porque tenía esparadrapo en la boca. Lloraba; él disfrutaba con un buen polvo de una clon. Ay, los disfrutes terrenales; una buena despedida a los impostores. Hasta tenía un bebe gestacional impostor, increíble. No podía dejar de pensar en ello mientras seguía hundiendo su masculinidad en el cuerpo impostor de su mujer.

Luego recogió todo para que fuera un robo fallido, y lloró. Prometió venganza. Todo eso… Era culpa de un maldito mundo loco; de la corporación que dirigía hasta la respiración de cada hombre, de sus futuros trabajos, de sus conocimientos, todo. Absolutamente todo. El horror, el mismo que tenía, el que había hecho a su familia; el horror que ahora deseaba como venganza o como… ¿Disfrute? Sí, algo de disfrute había en todo ello. Se cogía de los pelos y sus ojos se perdían en un abismo; en las tinieblas de la locura, de la desesperación; entre el llanto y los gritos de una conspiración, que él no podía controlar y era parte de ella. Él era ella, esa locura; y no podía hacer nada por poder regirla.

En esos momentos, salía de casa con el mayor y ardiente deseo de Venganza que un hombre puede tener, aunque esté loco y sus ojos estén desconectados de toda emoción. Sus ojos ya no sentían, sólo veían.


Pío dejo su guarida a las 5 PM. En busca de su próxima presa. Era un buen actor y sabía cómo engatusar. Su siguiente presa deseaba que fuera una periodista que conocía; una mujer… una mujer con un cuerpo hermoso. Deseo masturbarse recordándola, pero no. No había tiempo.

Recordó su figura. Una mujer no muy alta; rostro oval, mirada felina; inteligente, pero, aunque era fría, también era muy romántica. Un poco irónica en sí: como todos, se decía. Somos seres bipolares, la habían dicho una vez; no, somos un foco de polos, más bien, se dijo. A veces, tanto que todos ellos luchan y se enredan para enloquecernos. Así se sentía enredado por miles de villanos, llamados sentimientos, que lo tiraban de un lado a otro.


Soraya lo esperaba. Habían sido compañeros de clase hace tiempo, antes de que se casaran los dos y vivieran vidas separadas; ella se separó, él tuvo… Ese incidente terrible. Sentía pena y amor por ese hombre, que parecía muy inteligente, pero algo infantil; a veces, para ella, siendo una mujer fría y calculadora, era un poco sombrío. A veces pensaba que qué había detrás de esa piel, tan llena de un calor indisipable pero que se escondía en un tempano: había algo tenebroso. Algo oscuro. Pero tenía ganas de ser feliz.

Había pasado una vida con gilipollas, luchando por un buen empleo; partiéndose el pecho por algún tonto. Al final los dejaba, pero siempre necesitaba a alguien; alguna vez se acostaba con alguien por simples ganas de follar, pero no era de esas. No se consideraba de esas mujeres. ¿Qué se le va a hacer?

Se había puesto guapa. Le encantaba vestir bien, aunque no era de sus mayores preocupaciones; sí, verdad, no lo era, pero su encanto era ése. Tenía una magia increíble con la manera de emperifollarse, que sin duda sabía que, tiempo atrás, le había gustado y todavía le gustaba a Pío. Lo sabía en la forma de comportarse de él; se ponía nervioso, tonto. Soraya intuía esas cosas. Una vez recordó que le dijo que su nombre era como el de la protagonista de una serie que emitían de pequeños: Digimón. Era una serie muy vieja, pero que volvieron a retrasmitir por ser muy buena en lo relativo a provocar sentimiento; durante los Años Negros eso era sumamente importante con una población llena de miedo y dolor, de desesperación y deseos de esperanza.

Sí, ella siempre con el amor. El problema es que los sentimientos no hacen que se solucionen las cosas; su Tai no aparecía, y Pío era lo único que se parecía, aunque también aparentaba ser valiente, como ella lo hacía respecto al amor. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo un “solo te quiero” o…? Casi tuvo ganas de llorar, y más cuando ya casi estaba borracha. Hacía mucho que no bebía. Los años… Casi treinta y cinco años. Pronto no podría tener hijos, ni marido, y se la pasaría el arroz y lo que no es el arroz…; y como decía alguna vez: “el coño se la cerraría de no usarlo”, como si se lo hubieran cosido, al igual que una muñeca a su sonrisa, después de un acto de vandalismo de un hermano mayor algo cabroncete.

En ese momento lloró, pero intentó evitar que se le corriera el maquillaje. Había visto ya venir a Pío. “No, coño, tonta; deja de llorar”. Parecía una colegiala, sí, tenía miedo de cagarla; parecía que tuviera dieciséis años; parecía que estuvieran en el instituto jugando con la mirada a ver quién accedía a morderle los labios al otro. Se sintió idiota. Pero a veces pasa… Todos somos un poco idiotas, hasta los más listos.


Viene. Corre, venga, sal, maldito esmalte. Que no sepa que has llorado, eso es malo. Sé fuerte. Sé como una piedra, pero seductora como una de esas hermosas piedras de un paisaje espectacular. Hoy viene feliz. Contento. No es muy guapo, la verdad; yo tampoco y él es muy buena persona. Siempre lo fue. Y si… No, las cosas son así. No te pongas tonta con que si no hubieras metido la pata de adolecente estarías casada y con hijos, pero estarías muerta. Ah, mal rollo. Está muy cachas. Pero si era un escuálido. Ahora lo veo, su cuerpo es ahora como de esos maduritos que han cambiado con los años, pero para bien. ¡Qué cabrón, siempre tuvo ganas de luchar! Siempre fue un… (¡¿Cómo se dice?!) Ah, un superhombre. ¿Era de Nietzsche…? ¡¿Qué más da?!

- Hola —Me dice.

- Hola —Le contesto. Su boca no suelta una sola saliva. Tiene barba. Siempre fue un… Sí, un descuidado, pero ahora está más cuidado, excepto la barba. Parece un Cid de las películas. ¿No era que tenía mucha barba por una promesa? Era algo de una promesa. ¿Tendrá algo que ver?

- ¿Qué tal estás? ¿Cómo te fue en el trabajo?

Le cuento todo, lo desquiciada que estoy, lo desagradable que es el ajetreo. Antes no le solía contar nada de mi vida, soy muy cerrada, pero ahora las tornas han cambiado. Es raro. Sabe raro. Es agradable contarle todo tu sufrimiento a alguien, al igual que estar en un confesionario; además que te escuchen y comprendan es muy aliviador.

Es muy guapa. Una pena que sea otra de esas copias baratas que se exhiben por el mundo. Me quiere engañar, quiere que me enamore, y luego matarme. No, caeré, será ella quien caiga... Ella sonríe. Tiene una hermosa sonrisa… No, idiota; sé fuerte, fuerte como una piedra…


Borracha como una cuba, se arrastra de la mano de Pío; Soraya no sabe lo que la espera; no la noche afrodisiaca y de amor que deseaba; eso sí, frenesí, sí. La tonta no puede escuchar el pensamiento de quien la vida le ha vuelto un autómata, un justiciero que acomete, como por acto de dioses que luchan contra unos enemigos demasiado fuertes, que controlan el mundo; él es el Teseo que lucha contra el Minotauro, ella es la Ariadna que se sacrifica, abandonada en una isla por un héroe, más en pos de los designios divinos, que los humanos. Un simple héroe. Siempre alejados de la Realidad.

El tambor de su corazón late fuerte, como las fuerzas que contiene y que desean su cuello; que la ame, que la dé un poco… de calor. Las venas de su linfa se van a desbordar como un río con un caudal de años atesorado en una presa; las murallas van a ceder, y sus ojos casi llenos de furia e ira, se van a asaltar a por él. Como el rayo, se va a partir, muerta de ganas; esas ganas que se habían agotado y parecían defenestradas por tanta lucha. Quería descansar en ese cuerpo, y ella sin enterarse de que sí iba a descansar, y con calorcito…

Él la llevaba por las calles hasta su guarida; ella gritaba enmudecida en su interior, como todas sus presas a las que había torturado, aunque ella enmudecía de amor… De deseo; el deseo que la condenaba, que no la hacía ver la trampa, que no hace mucho, hace no muchos años, el juicio la habría advertido de la locura de ese loco, ceñido a imagen y semejanza de ese cielo negro y plomizo producto de la polución. Pobre estúpida, y creyéndose salvada, va directa al Infierno. Él sonreía en su interior. Iba a ser divertido. Cantaba una canción: “You Won`t see me”. La pareció raro, pero no podía enterarse; el alcohol la había dejado casi en un estado de hipnosis.

Sus uñas ya se clavaban en su mano. Pronto se clavarían de placer, pensaron los dos, casi al unísono, en una complejo e invisible ironía. Ella entró, le pareció raro el sitio, pero no pensó mal; él cerró la puerta. (Nos enseña a nosotros, los espectadores, una sonrisa enorme, de lado a lado). Se relamió. Empezaba su juego.