10 de mayo de 2017

A Andrea. (Y después de todo)

Éste es un poema muy especial, para una persona muy especial en mi vida ahora mismo...


22 de marzo de 2017

13 de enero de 2016

17 de agosto de 2015

Libros de Cabecera, por Samuel Benito de la Fuente, V:

Libros de Cabecera:

5. Las Aventuras de Tom Sawyer:

Atemporal e intertemporalidad:


«Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo.»

Así afirmaba el autor después de que Tom engañase en el episodio, archiconocido por la cultura popular —véase los Simpsons, en los que pensaba en todo momento cuando lo leía (y también las risas que me echaría viéndolo, igual que hacía con la obra)—, en el que convence a “to` quisqui” (que diría alguno) a pintarle la cerca “por el forro”. Así creo que lo veo también cuando leo un libro como éste; desde que empecé con estas críticas, y quizás desde mucho más atrás…, no me reía tanto, e incluso, me emocionaba sobrecogido; y no digo que las que precedan sean peores: para nada que Berlín Alexanderplatz deja de ser una maravilla o Confesiones de una máscara, obras geniales, magistrales… Es que Tom, y Finn, y sus aventuras, y sus travesuras, y el genio de mi compadre Samuel, alias Mark, a pesar de su sencillez, es una divina sencillez: como él dice, los niños también padecen como los adultos, e incluso disfrutan más, me da mí, aunque no sé si leyéndolas (las travesuras) disfrutarán —más hoy, en que incluso yo no las leía cuando era un niño…— como las disfrutaba yo el otro día. 


Bart como Tom y Nelson como Huck, pintando la cerca.
Y es que la obra de Samuel (y hay que ver que me cuesta escribir este nombre —que es el mío y, como le debía pasar a él, me cuesta pronunciar—), lo merece. Cuando pienso en ese mundo sureño me acuerdo de Mientras agonizo de Faulkner, aunque con el dramatismo shakesperiano que quizás a mi tocayo no le gustaría, pero cuyo universo es de una forma casi idéntica; así como compare El Gatopardo con Pirandello, cuando veo ambas obras es inescrutable la “magia” de la representación, de la literatura, pudiendo volver, o recreando, o creando directamente, el mundo del oeste; y cada uno, a su manera… Como historiador, o más bien intentado querer serlo, desde que alguien, un profesor, me dijo eso de pensar como historiador —cosa que me sorprendió— y que luego me repitió otro profesor de contemporánea para La Busca de Baroja, me cuesta no pensar en ello; pero no sólo como acontecimientos históricos (como la política, la economía, o incluso la cultura…, que tanto repetimos), sino la forma de ver, vivir, sentir, como la de un niño, el cual es o parece y sería más frágil de lo que hoy vemos: en la obra podemos observar que los niños enferman en cuanto les pasa algo para su sique (el asesinato que ven) o por efectos de una larga estancia sin comer y beber (cuando Tom y Becky se quedan en la cueva), lo cual último sería muy normal pero no tanto… —En nuestra época tenemos grandes hospitales, una Sanidad, un Estado del Bienestar; ellos, no—. Aun trastos, aun fuertes, siguen siendo niños que ya no como en el Antiguo Régimen, pero sí todavía en un s. XIX lejos de las ciudades como el Oeste, la Muerte se acerca como a los frágiles infantes que morían o al nacer o al poco de ello hace un siglo o dos o tres; sin poder, en fin, disfrutar de la vida como éstos; pero, no por ello, el resto podía decir que pudieran no morir tanto en ése como en el anterior: la muerte está siempre presente, en la obra también, aun de una forma u otra, heredada de la memoria colectiva de un tiempo de muerte. —La propia religión cristiana es el baluarte de ese recuerdo; y eso es ya primordial: el autor, cuando hace a su pequeño Tom reírse de la misa jugando con la mosca está marcando otra pauta, que llamarían los religiosos como «cínica», y seguramente sería verdad…, una pauta de vida más alegre, más vital, más animada, enérgica, la que haría convertirse a T. Roosevelt en un modelo de masculinidad de un s. XX de «superhombres», no tanto como Nietzsche, pero cercano al futuro «modelo Marvel», seguramente para desgracia del ya difunto y para mí en ese aspecto “banal” de la literatura de los «superhéroes». .
 
Y es que Tom Sawyer, más que una crítica social, es una novela de aventuras que intenta enseñar el deseo de felicidad de los niños: de un niño como Tom, con sus defectos, con una gran inteligencia, con sus pesares, y con sus “amores”. Niños, sí. Pero casi como adultos. No tienen algunas de las “complicaciones” de los adultos: padecen el amor y algunas aflicciones, aunque tampoco piensan en que es imposible que un chico “pobre” quizás pueda casarse con la hija de un abogado… Aún el deseo sexual no pasa por su mente. Piensan, en cambio, por influencia adulta, en secuestrar señoritas: no dejan de ser “chicas”, y aunque no sientan pulsiones sexuales, ¿por qué no otras? Es un mundo en el que la imaginación, tradiciones que los adultos no creerían, como los viernes funestos, y los anhelos, están tan cerca como las fiebres mortales… Y también la pobreza: Finn. Una pobreza que, como niños, no evita que se acerquen algunos como Tom o Joe o la pandilla, o que compartan aventuras como bajar río abajo y hacer pensar, sin quererlo, que están muertos. —Qué triste e hilarante la escena en que Tom pide lloros y consuelo por Finn en la iglesia…—. Un lugar de la vida que ya no poseemos, y un tiempo diferente pero cercano en su, como lo llamamos habitualmente, como si no hubiera de eso alguna vez…, humanidad: esas cosas que, aun pasen tiempos, eones, tierras, y demás y demás…, se repiten aunque con otra forma; o eso dicen, y a veces es cierto. —No todo es igual, como buscando un espejo, como no lo es en el día de hoy; pero, en el fondo, los clásicos tienen algo de razón: siempre, como Tom con su madre, andamos peleándonos con quienes vivieron por delante de nosotros. A este otro Samuel, yo al menos, no puedo tratarlo así; mas, todo lo contrario: desobedeceríamos uno del otro. De vez en cuando de pequeño quería ser Tom Sawyer sin conocerlo. 

Sí, algo de Tempus Fugit hay, tanto en lo que escribo como en lo que escribió mi tocayo norteamericano. Quizás el anhelo de buscar un tiempo que fue lejano pero en el que tenemos aún, por atesorar, los recuerdos de quiénes fuimos, sentimos, padecimos, y fuimos (en medio de un limbo de la memoria, a veces frágil); un tiempo que ya es abstracto, no volverá y que no sabemos, a veces, si es que fue verdad. Una memoria frágil que retorna en otra vida, otro cuerpo, con el pequeño Tom. Y por eso es que me/nos puede conducir a nostalgia, a divertirnos, a hacernos pensar en aventuras, alocadas o no, como en ella. 

La novela de un niño o para los niños, o de un niño para adultos:

Frontispicio de la primera edición
Tom Sawyer busca literalmente la aventura, y la encuentra. Pero la gran parte se la encuentra y después le encuentra solución: como en la pintada de la cerca, cuya enseñanza está justo en las líneas de la cita inicial. Ahí descubre la vida que dirían de la «vagancia» en una mentalidad «burguesa», o no tan «burguesa», con la filosofía y la ciencia de cómo hacer que los demás trabajen para uno como uno quiere: un principio que, en contra, encantaría a algún «empresario», «capitalista»… Es el juego del humor: vagancia y principios en constante crisis. Por eso debería Nietzsche ver en los niños la manera de ver la realidad como «superhombres»: algo de razón debía de tener, al menos como ejemplo con el pequeño Tom. 

A veces lo bueno y lo correcto es tan flexible como el chicle de mascar que a Tom le hubiera encantado tener en la boca. Puede que la razón esté en que los niños empiezan a encontrarse con la vida y como tal se enfrentan a ella con una casi tabula rasa; al menos, la tienen para tabús, conveniencias, etc., no tanto instintos, necesidades y anhelos; y, aunque la gente adore a los buenos, los malos también tienen un punto de bondad y de razones para no ser tan malos. O así lo vería Tom cuando se glorifica oyendo su propio funeral, lleno de lamentaciones y un poco de falsedades…, seamos sinceros: el deseo de muchas personas. La vida está entre la frágil tesitura del ego profundo cuyos deseos ocultamos y el colectivo que dice, finge o representa (como la obra). Posiblemente muchas cosas de aquí, no las harían los niños; pero sí muchas; y otras, las imaginarían. Por eso, juntando todo, en mezcolanza, es un retrato demasiado humano, demasiado humano… —con perdón del filósofo alemán. 

Será por eso que la novela atraiga tanto, incluso al personaje que, incluido yo, tanto despotricamos como es César Vidal, y el que escribe un pequeño análisis final en mi edición Nautilus que compré hace ni recuerdo tiempo ha, quizás adolescente. Es tal el poder de la literatura y de «esas cosas universales, humanas» que no puedo despotricar de él…, al menos hoy; que tengo que darle la razón sobre el disfrute de un Tom que quizás hemos sido; que lo disfrutamos de mayores, y volvemos un poco a ser niños. Los niños… Ese inicio de ser humano: maligno y benigno; retraído o listo como un rayo, así Tom, otrora como el niño perfecto de todas las madres… Hay un fino hilo en los acontecimientos que hacen a un niño ser o no ser una persona u otra bastante sorprendente y oscuro que, también, cautiva y asusta a los hombres, como antes a mí me cautivaba en mis líneas anteriores… 


Una oda a la aventura:

Es posible que las críticas sociales, como dirían esos ilustrados cacareando, hagan mucho bien a la humanidad, sí, ésa que he dicho antes… Pero en la vida no sólo hay bien y bienes… Una buena hamaca y un libro pueden hacerte pensarte que no estás en un verano aburrido sino leyendo, viviendo, un mundo que cuando era crío disfrutaba, a pesar de resultarme a veces pesado —es ésa una impresión que creo que tengo de cómo era mi lectura hace ya media vida mía—. Yo no leía a Verne —al menos no tanto; quizás alguna vez; posiblemente algún cuento; poca cosa— o La Isla del Tesoro —que disfrute como un niño con 18 años— como tampoco leía los libros que ahora, algo erudito y por tanto tonto a la vez, pienso disfrutar intelectualmente. Pero es cierto: de niño, como niño, inexperto, no podía leer lo que hoy leo, y que a veces disfruto como era niño y la gente ni yo de niño podrían disfrutar. Claro que, otros, hay que todavía no pudieron ni siquiera volver a retomar la lectura con Tom, ni mucho menos otras de mayor bagaje “intelectual”… Seguro que alguno lee sólo para contestar con tono erudito… —Posiblemente yo y otros tengamos, también, algo de eso, como de niños y hoy disfrutamos de otras novelas en las que disfrutamos de las “puras” palabras de una aventura, sin florituras, sin técnicas narrativas innovadoras, ni vanguardistas… Y también de las otras.

En este mundo, y sé que suena a tópico, pero lo digo con sinceridad y, creo, con verdad, el mundo ha de tener de todo y el eclecticismo de la literatura es un mero símbolo de que la vida, como ella intenta con su literatura, es igual y diferente en una constante relación entre ambas. Y es por eso que amo la literatura. Puede que no haya tantas…, al menos ahora, o que nos gustasen, o que creamos que podamos vivir, aventuras; pero es ese deseo del hombre, tan atrevido, desde el renacentista, intelectual o no, por ir más allḠlema hispano cambiado por el tan cínico y encumbrado Colón, el que nos ha hecho cambiar, desear, y ser un poco Tom Sawyer. Quizás la mejora de la salud pública ilustrada también sería buena para hoy, incluso con esta obra, con la literatura. También necesitamos disfrutar entre la modorra de la cotidianidad. El disfrute de aprender disfrutando. Una oda a la aventura, una oda a la vida que se vive —mientras leemos, irónicamente; una contradicción fría y que debería “acojonarnos” a los que estamos leyendo, como vosotros ahora. 

Sello alemán con Tom y Huck